Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 2 ¿Qué puede ser peor que la muerte…? Casarte con un Volkov. #2
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Capítulo 2 ¿Qué puede ser peor que la muerte…? Casarte con un Volkov. #2

No voy a engañarme del todo: espero disfrutarlo.

Espero que se sienta como en esos libros que Jessica me presta de vez en cuando, a escondidas de mí tío.

Si se enterase de las cosas que he leído, ya estaría muerta.

Pero el caso es que espero que se parezca, aunque sea un poco, a lo que relatan esas páginas.

Que ofrecer mi cabeza en bandeja de plata merezca la pena.

Miro a través de la ventana, observando cómo va vestida la gente. Los hombres llevan disfraces de cualquier cosa terrorífica, y las chicas… las chicas van disfrazadas de cualquier cosa que implique enseñar piel.

Bajo la vista hacia mi propio cuerpo, aún sentado en el coche, y mis mejillas se encienden con fuerza.

Mierda .

Sigo llevando el pomposo vestido azul celeste que Enzo me compró. Solo le he añadido una tiara de plata, pensando que sería suficiente, pero vestida así es imposible perder esta noche la virginidad.

—¿Y ahora qué hago? —mascullo en voz baja—. ¿Me quito el vestido y entro en ropa interior?

Visto lo visto, desentonaría mucho menos así.

Tomo una bocanada de aire y empiezo a rebuscar en la guantera del coche algo con lo que arreglar esta situación, hasta que mis manos dan con algo afilado que me corta la yema.

Me llevo el dedo a la boca, sintiendo de inmediato el sabor metálico extenderse entre mis labios. Los flashes regresan como una punzada certera, pero intento ignorarlos para no perder de vista mi objetivo.

Agarro la pequeña navaja y, sin cuestionarme demasiado si es buena idea, me desabrocho el cinturón, deslizo el asiento hacia atrás y me pongo de rodillas, clavando la hoja en la tela del vestido.

El tejido caro se desgarra con facilidad, y tiro de él hasta que, en lugar de caer varios centímetros por debajo de la rodilla, queda a ras del muslo. Dos centímetros más arriba y estaría enseñando todo el trasero.

Salgo del coche y observo mi reflejo en la puerta encerada. Mis piernas se ven largas y esbeltas, y los tacones parecen mucho más altos ahora que quedan más expuestas.

Mi piel pálida está llena de moratones provocados por los golpes de Enzo, siempre en lugares donde nadie debería verlos… pero, siendo una fiesta de Halloween, dudo que alguien vaya a fijarse en eso.

Me doy una última mirada, llenando mis pulmones de aire… y de valor.

—Tú puedes, Lili —me digo, con una determinación que roza lo patético.

Mi reflejo me devuelve la mirada: maquillaje corrido, vestido destrozado y una tiara torcida.

Tendrá que bastar.

Mi plan parece ir sobre ruedas. Creo que nadie me conoce aquí, o al menos eso he deducido cuando el camarero me ha invitado a un chupito de tequila. No me ha gustado el sabor, pero podría ser un candidato para ayudarme con mi problema  esta noche…

Lástima que su turno no termine hasta las siete de la mañana, y necesito estar en casa mucho antes. Tengo que estar cuando llegue el médico y descubra que estoy recién desvirgada.

Espero que mi supuesto futuro esposo también esté allí. Quiero ver cómo degüella a mi tío. Y después, a mí. Pero bueno, no vamos a adelantarnos a los acontecimientos.

Me muevo hacia la pista. El alcohol ya ha hecho mella en mi sistema: me siento eufórica, desinhibida… más libre de lo que me he sentido jamás.

Mis ojos recorren la sala y, al fondo del contenedor, distingo a unos universitarios apartados de la música, jugando con una botella y varios vasos de chupitos.

Por algo hay que empezar, ¿no?

Camino hacia ellos sintiendo una presencia detrás de mi espalda, pero no le doy importancia ya que el lugar está abarrotado de personas y puede que quien va detrás de mí esté yendo hacia el mismo sitio.

A medida que avanzo, la música tecno ensordecedora se va apagando hasta convertirse en un murmullo lejano, lo suficiente como para distinguir las voces del grupo.

—¡Mary, te toca!

La aludida hace girar la botella y esta se detiene señalando a otra persona.

—¿Verdad o siete minutos en el paraíso con Tom?

— Puaj , verdad, obviamente —responde la tal Mary, poniendo los ojos en blanco.

—¿Es verdad que el novio de Stacy te pegó la sífilis?

Todo el círculo estalla en carcajadas, excepto la chica, que se pone roja como un tomate.

—¡No, no es verdad!

Antes de que alguno pueda replicar, me aclaro la garganta y doy un paso al frente.

—¿Puedo jugar con vosotros, chicos?

Todas las miradas se clavan en mí, como si acabara de interrumpir algo.

—¿Tu amigo también quiere jugar?

—¿Qué amigo? — frunzo  el ceño, pero antes de poder añadir nada, una voz suena a mi espalda.

—Sí, yo también juego.

Me giro lentamente, con un mal presentimiento latiéndome en las costillas. La voz es demasiado grave, demasiado áspera. Pero lo que realmente me sorprende al darme la vuelta no es eso, sino lo cerca que está.

Apenas a unos centímetros de mí.

No sé cómo no lo he visto antes, teniendo en cuenta que mide casi dos metros y tiene la anchura de un armario empotrado.

Alzo la vista hacia su rostro y el estómago se me contrae al ver la máscara que lleva puesta. No debería sorprenderme —muchos de los chicos aquí van disfrazados—, pero hay algo en él que resulta… distinto. Peligroso de verdad. No parece un disfraz, aunque lo sea.

—Bueno, ¿vuestros nombres?

—Lilia… —empiezo, pero me detengo al pensar que podrían conocer los rumores. Me aclaro la garganta—. Lilith. Me llamo Lilith.

—¿Y tú? —pregunta la chica, mirando al hombre tamaño 4x4.

—Alex —responde seco.

No puedo evitar fruncir el ceño. No le pega nada un nombre así. Esperaba algo más imponente, como El destructor de mundos  o algo por el estilo. A estas alturas estoy demasiado borracha para darle más vueltas.

Avanzo alrededor del círculo y me siento en el primer hueco libre, justo al lado de un chico moreno con trenzas que me dedica una cálida sonrisa.

—¿Vas de princesa? Porque no creo que te haga falta el disfraz.

—Gracias —respondo, sin sentirme realmente impresionada por el piropo. Es guapo, sí, pero sus palabras no despiertan nada en mí.

El hombre que estaba detrás de mí se sienta enfrente. Mis mejillas adquieren un leve rubor al darme cuenta de que no deja de observarme. Ni siquiera puedo distinguir bien sus ojos detrás del pasamontañas, pero en algún extraño recoveco de mi interior lo siento.

Siento su atención fija en mí.

Casi de una forma retorcida y enfermiza.

—¡Bien! —exclama la anfitriona—. ¿Quieres empezar tú, Lilith?

Asiento y tomo la botella. La giro con avidez hasta que se detiene, señalando al chico que tengo a mi derecha.

Cierro los ojos un segundo, notando cómo mi corazón se acelera.

—¿Verdad o siete minutos en el paraíso con Carter?

Veo su sonrisa ensancharse y cómo me tiende la mano para levantarnos. Tengo lo que venía a buscar al alcance de los dedos… pero, por algún motivo, no me siento decidida.

Aun así, tomo aire y, tras un instante de duda, respondo:

—Elijo los siete minutos.

Un «¡uuuh!»  unánime estalla a mi alrededor, resonando contra las paredes de metal. Todos celebran, todos… excepto el tal Alex, que parece respirar con dificultad. Su pecho sube y baja de forma errática, como si el aire le faltara o el corazón estuviera a punto de traicionarlo.

No me importa, la verdad.

Me pongo de pie de un salto, sacudiéndome el vestido con nerviosismo, y busco la mirada del chico de piel chocolate.

—¿Vamos? —aventuro, con un hilo de voz.

Él se relame los labios con lentitud, recorriéndome con la mirada antes de señalar hacia el fondo.

—Ve yendo, princesa. Necesito coger algo primero. Te alcanzo en un segundo.

Asiento, aunque mis piernas amenazan con fallarme. Cada paso hacia la oscuridad es una pregunta que golpea mis sienes:

¿Son siete minutos suficientes para dejar de ser virgen? ¿De verdad voy a hacerlo en un armario escondido dentro de un contenedor de carga marítima?

No tengo mucho más tiempo, así que mi respuesta es la misma que ha sido durante toda la noche: no hay espacio para dudas. Necesito deshacerme de esa castidad que insisten en colgarme como una etiqueta que incrementa mi valor.

Quiero hacer lo que me dé la gana, cuando me dé la gana. Y ahora lo único que quiero es acercar a mi tío Enzo un poco más a la tumba.

Cruzo el marco del armario, armada de valor. El espacio es sorprendentemente amplio y el silencio casi absoluto. Las paredes parecen devorar el estruendo de la fiesta, dejando solo el eco de mi respiración.

Apenas unos instantes después, la puerta cruje y una silueta se recorta contra la luz antes de sumirme de nuevo en la más absoluta penumbra. Parpadeo con desesperación, pero mis ojos no logran adaptarse a la oscuridad.