Capítulo 2 ¿Qué puede ser peor que la muerte…? Casarte con un Volkov.
Lili
Hace varias horas que el salón quedó vacío, pero sigo de rodillas en el suelo, con las palabras de mi tío demasiado presentes como para dejar espacio a cualquier otro pensamiento .
Aún noto en la lengua el sabor amargo del champán que Enzo me obligó a beber, celebrando que en tres meses voy a estar unida en sagrado matrimonio con un hombre al que no conozco. Uno que, por lo poco que ha dicho, promete ser sádico y cruel conmigo.
« Volkov ».
Durante un segundo, al escuchar ese apellido, algo incendió de esperanza mi maltrecho corazón, haciéndome sentir más viva de lo que me he sentido en los últimos años.
Ha vuelto a por mí , pensé, con la ridícula ilusión de una colegiala.
Cuando dijeron que acababa de regresar de ese enorme país para ejercer su rol como pakhan , y que llevaba años sin pisar Saint Virell, fue inevitable pensar en él, en esos ojos gélidos… pero no. No era su nombre el que acompañaba ese apellido, que ahora sé que es demasiado común en la jodida Rusia.
Petro Volkov . Ese es mi futuro marido y próximo líder de la mafia rusa.
Esa que, ahora sé, gobierna cada rincón lucrativo del condado, y que, al parecer, está a punto de quedarse sin jefe.
Una enfermedad terminal o algo así, ha dicho mi tío.
También ha mencionado que las cosas en la Bratva no funcionan como en la Cosa Nostra, como si yo tuviera la más mínima idea de cómo opera la puta mafia.
Aun así, me ha quedado claro que Petro es el hijo del pakhan, y que el título no se hereda: se gana. Y, al parecer, él lo ha conseguido.
Ni siquiera quiero saber cómo .
Cierro los ojos con fuerza. Podría tirarme ahora mismo desde el segundo piso, pero mucho me temo que solo conseguiría quedarme inválida de cintura para abajo. Y lo cierto es que eso se lo pondría más fácil.
Y el tiempo que me queda con vida quiero ser una jodida molestia.
¿Total, qué importa?
Quieren despojarme, una a una, de cada cosa que me pertenece hasta dejarme sin nada. Ya han empezado.
Diablos, ni siquiera mi intimidad es mía. Mañana vendrá un médico de los Volkov a comprobar si realmente soy pura y casta, porque eso es lo que soy para ellos: una mujer de veintitrés años sin tocar. El tío Enzo se ha encargado de recordármelo.
¿Cómo lo ha dicho? Una cara angelical y un coño nuevo a estrenar.
Esas palabras encienden una chispa de rebeldía en mi interior.
¿ Qué pasaría si mañana, cuando me examinen, no fuera virgen? ¿Me mataría ese tal Petro al enterarse? ¿Mataría a Enzo por engañarlo?
La idea baila en mi mente de forma provocadora. No sé si es por mi inexperiencia con el alcohol, pero esa pequeña copa de champán parece darme la fuerza suficiente para apoyar las palmas en el suelo y levantarme del mármol.
Tengo las piernas entumecidas y el peligro rezuma bajo mi piel.
Sé que hay una fiesta universitaria a veinticinco minutos en coche, una de disfraces de esas que organizan antes de Halloween. Una de esas a las que el tío Enzo jamás me deja ir por « miedo » a lo que pueda pasar.
« Liliana, el puerto es un lugar peligroso. No puedes ir allí, no hay más que hablar », solía decir.
Pero ahora sé que el único peligro que hay ahí fuera es la posibilidad de que mis piernas se abran, rompiendo así su precioso acuerdo nupcial.
¿ Qué es lo peor que puede pasarme? ¿Que el pakhan me encuentre y me mate? Eso ya ocurrirá tarde o temprano. No me importa tanto mi vida, Dios sabe que no. Lo que sí me importa es mi orgullo.
Si voy a abandonar este plano, prefiero hacerlo en mis propios términos. Y la posibilidad de que cometer una locura esta noche pueda desatar una guerra, hace que un extraño calor se instale en mis entrañas.
Joder, quizá sí estoy borracha, pero que se jodan todos.
Truncar sus planes es la mierda que más viva me ha hecho sentir en años.
No me importa que me corten la cabeza; lo único que me importa es dejar de ser una moneda, algo que puedan usar y tirar a su antojo.
Prefiero poder elegir con quién acostarme, aunque eso me mate, antes que dejar que me utilicen para acabar matándome igual.
Si mi pureza es tan importante para ellos, a la mierda. No la quiero. Nunca la quise.
Durante un par de años la guardé estúpidamente para él . Para un hombre que jamás ha rozado mis labios ni acariciado mi piel de ese modo; para alguien que nunca mostró interés romántico en mí, ni siquiera cuando tuvo oportunidad de besarme.
Sin embargo, después de años sin saber de él, decidí que era absurdo seguir esperando a alguien para quien yo no fui más que una amistad pasajera. Pero, claro… apareció la maldición , y no he conseguido quitármela de encima.
Avanzo hasta el mueble donde Enzo guarda el alcohol y agarro la botella de whisky, dejando que el líquido me queme la garganta.
Una tos seca pugna por escapar de mis pulmones, pero la contengo, igual que hago con el dolor. Segundos después, el mareo me envuelve y un recuerdo traicionero se abre paso en mi mente.
Saint Virell, 2009
El sol brilla con intensidad sobre el cielo de los suburbios. Puedo sentirlo quemándome el cuero cabelludo.
Pero nada de eso importa. Corro y salto mientras canto una estúpida canción que he escuchado demasiadas veces en la radio del coche de papá, despreocupada, jugando con una pelota de fútbol más grande que mi cabeza, una que le he robado a unos niños tres años mayores que yo.
Estoy convencida de que me he salido con la mía cuando, en medio de mi carrera, mi cabeza choca contra algo y la pelota sale disparada de mis manos.
—¡Auch! —chillo, llevándome las manos a la cabeza y luchando por no tambalearme—. Mira por dónde vas, jope…
Ni siquiera puedo alzar la vista, porque mis ojos se han llenado involuntariamente de lágrimas por el dolor. No voy a dejar que nadie me vea llorar. Ya soy mayor. Ayer cumplí seis años. No puedo derrumbarme por esto y salir corriendo a casa buscando a mamá.
«Eso es algo que haría una niña de cinco años, no de seis», me digo, intentando calmarme.
—Lo se… sento.
Un acento extraño llega hasta mis oídos.
Alzo la mirada, aún empañada, y me encuentro con un niño de más o menos mi edad, rojo como un tomate, mirándome. Es más alto que yo, tiene el pelo oscuro y unos ojos claros que no suelen verse por aquí.
—Se dice lo siento —corrijo, sin apartar la vista de él—. Además, no te perdono. Mi padre me ha dicho que no se puede perdonar a un hombre que hace daño a una mujer.
Sus manos se mueven con nerviosismo hasta posarse en mi hombro, sujetándome, impidiéndome marcharme.
—No era mi entención . Yo no quería dañarte a ti.
Frunzo el ceño. Es mayor para hablar tan mal. Viéndolo bien, debe de tener tres o cuatro años más que yo.
—Oye, eres mayor. ¿Por qué no sabes hablar? —pregunto sin rodeos, agachándome para recoger la pelota.
Su cara se vuelve aún más roja, y me hace cierta gracia que tenga tanta vergüenza. Pero también siento un poco de pena al ver cómo agacha la cabeza, así que mis palabras salen deprisa:
—Oye, amigo, no quiero decir que eso sea malo. Yo confundía palabras hace poco, todo el rato… Es normal. Además puedo enseñarte. Ya soy mayor y voy al cole.
Le dedico una amplia sonrisa y él se queda mirándome durante un segundo.
Ahora son mis mejillas las que se tornan carmesí. Es muy rara la forma que tiene de mirarme, como si fuera la primera vez que ve a una niña de su edad.
—¿Enseñarme? ¿Eres mi amigo?
—Se dice amiga. Y sí, oficialmente, yo, Lili Moretti, me declaro tu amiga. Vivo en esa casa de ahí —señalo la más cercana a la colina—. ¿Tú también eres de aquí? No te había visto antes.
Él niega con la cabeza.
—Soy de Moscú, pero ahora vivir aquí.
—¡Hala! ¿Dónde está eso? No lo he oído nunca.
—En Rusia —responde, como si fuera obvio.
Nunca he escuchado ese lugar en mi vida. Debe de estar muy lejos, quizá a dos o tres horas en coche o, quién sabe, tal vez cerca del puerto. De todos modos, no le doy mucha importancia, porque escucho cómo las voces del grupo de niños se acercan.
—¡Chicos! ¡Es ella, está por ahí!
Me giro y veo cómo una horda de niños furiosos dobla la esquina y nos descubre de inmediato, fijándose en la pelota que sostengo. Están a solo unos pasos.
—Ay, no —mascullo en voz baja—. Niño de Rusia, tenemos que huir.
Su ceño se frunce, como si estuviera esforzándose por entenderme, así que no me lo pienso demasiado. Le agarro la mano con fuerza y tiro de él, echando a correr colina arriba. No puedo evitar soltar una carcajada cuando casi tropieza con una piedra casi tan grande como su zapato.
Soy rápida, la más rápida de mi colegio, pero él consigue seguirme el ritmo sin agotarse como suele ocurrir con el resto de mis amigos.
—¡Vamos, niño!
—No me llamo así —su voz llega hasta mí, arrastrada por el viento.
—¿Y cómo te llamas entonces?
Me giro para mirarlo, y sus ojos brillan, hipnóticos, bajo un destello de sol.
—Aleksei. Aleksei Volkov.
Mis manos se aferran al volante del Aston Martin de Enzo, y mis ojos luchan para no entrecerrarse ante la embriaguez que me invade.
Llevo veinte minutos conduciendo en un estado casi disociativo; ni siquiera recuerdo en qué momento me he puesto esta tiara ni cuándo he salido a hurtadillas de casa, decidiendo que iría disfrazada de princesa.
No lo recuerdo porque mi mente ha estado todo el tiempo anclada en épocas más felices. Hace diecisiete años.
Una sonrisa tenue se dibuja en mis labios.
Reduzco la velocidad cuando la música comienza a hacerse más intensa. Estoy en el muelle, donde alguno de esos universitarios ricos ha acondicionado un contenedor de carga abandonado para montar una macro fiesta para los estudiantes de la ciudad.
Ni siquiera es la universidad a la que asisto, pero, sabiendo lo que piensan de mí allí, sería casi imposible llevar a cabo mi plan.
Con suerte, los rumores no habrán llegado hasta la costa. O quizá encuentre a algún estudiante de intercambio tan borracho como yo.
Ni siquiera me paro a pensar cómo será. Más bien lo veo como un simple trámite para librarme de esta carga que me persigue.