Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 10 El infierno personal de un Volkov. #3
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Capítulo 10 El infierno personal de un Volkov. #3

—¿Ves? Sigues siendo la misma niña insolente y mentirosa que recordaba.

Muevo la rodilla intentando golpearle, pero me sujeta con tanta firmeza que soy incapaz de hacerlo. Estoy atrapada por alguien que parece conocerme mejor que yo misma.

—Vete al infierno, Volkov .

Sus ojos se cierran y echa la cabeza hacia atrás, dejando expuesta su garganta, esa con la que traga con dificultad mientras lucha por mantener el control.

—Oh, preciosa, créeme que llevo años ardiendo en mi propio infierno personal por tu culpa.

La confesión queda suspendida en el aire. Pero, antes de que pueda responder, el sonido de unos pasos firmes y el eco de una voz familiar rompen la burbuja, recordándome lo que estamos haciendo.

Que lo estamos haciendo en una casa llena de hombres armados.

Mierda.

—¡Aleksei! —el grito resuena en el pasillo antes de que pueda ver su rostro—. ¿Qué cojones haces?

Él lo ve, pero no me suelta de inmediato. Sus dedos se clavan un segundo más en mis muñecas, como si le costara romper el contacto.

Finalmente, se aparta lo justo para dejarme respirar, aunque su sombra sigue envolviéndome, como si intentara protegerme de lo que sea que esté a punto de suceder.

Me giro, tratando de recomponer mi dignidad, y el aire regresa a mis pulmones cuando reconozco al hombre rubio con el que Aleksei se marchó antes. El de los tatuajes que trepan por su cuello hasta la mandíbula.

Asumo que son amigos …  o como sea que los gánsteres llamen a eso en la mafia.

El susodicho se queda quieto al final del pasillo, con los brazos cruzados y una expresión que nos delata. Sus ojos se detienen en el labio partido de Aleksei y luego descienden hasta los míos, como si buscara el origen del desastre.

—¿Sabes que pensábamos que tu padre te había enterrado en una zanja? —ironiza, sin apartar la mirada—. Pero ya veo que no falta mucho para que eso se haga realidad.

—Nikolai… —su tono se endurece, poniéndome la piel de gallina—. Fuera.

El tal Nikolai suspira, como si prefiriera ahorcarse con los cordones de sus zapatos antes que quedarse aquí un segundo más, soportando la tensión que desprende Aleksei.

Quizá no son tan amigos como pensaba…

— Petro está en el salón hecho una furia porque no está —continúa—, y Dios me perdone si estoy a punto de ganarme un tiro en los cojones por tu parte, pero, si ella no viene conmigo ahora… la van a descuartizar. Tiene a todos sus monos de feria buscándola. Si otra persona os hubiera encontrado…

Aleksei se queda inmóvil. La mención de que podrían descuartizarme  parece afectarle más que mi propio desprecio.

Sus dedos se clavan un segundo más en mis muñecas, como si estuviera librando una guerra interna.

El rubio da un paso cauteloso, midiendo cada movimiento. Hay un miedo genuino en sus ojos, como si el hombre que acaba de besarme fuera mucho más letal de lo que yo jamás imaginé.

—Aleksei... —el tono de Nikolai es ahora un susurro urgente—. Sabes cuáles son las reglas . Si Iván se entera de que has puesto un dedo sobre ella después de lo que ordenó, estáis muertos. Déjala ir.

No entiendo de qué prohibición habla, pero la mención del nombre de su padre hace que la mandíbula de Aleksei se tense hasta el extremo.

Gruñe. Un sonido bajo, profundo, que nace desde lo más hondo de su pecho, antes de girarse hacia el del cuello tatuado con una templanza que me eriza la piel.

—Llévatela, Nikolai. Porque, si lo hago yo… te juro que esta noche no va a quedar un solo hombre con vida.

Nikolai me escolta sin pronunciar una maldita palabra, moviéndose con una eficacia que me obliga a casi trotar para seguirle el ritmo.

Diablos… ¿es que todos los rusos son tamaño dos por dos o qué?

Mis piernas, aún débiles por lo que Aleksei me ha hecho sentir, amenazan con fallarme a cada paso. Nunca he sido tan consciente de las dimensiones tan absurdas de esta mansión como ahora.

Cuando por fin alcanzamos las puertas dobles del salón, sin habernos detenido ni un segundo, Nikolai no se molesta en comprobar si estoy lista.

Simplemente las abre de par en par y me empuja de vuelta al foso de los leones.

Será hijo de puta.

—¡La he encontrado! —anuncia, como quien acaba de cazar una paloma—.

Estaba sentada en la escalera, borracha y riéndose sola —continúa, proyectando una voz jovial y despreocupada que no se parece en nada al tono que ha usado hace unos minutos—.

Tienes que cuidar mejor de tu chica, Petro.

Un chupito más de Stolichnaya  y habríamos tenido que sacarla en camilla.

El rubor me quema las mejillas al instante. Siento la humillación trepar por mi cuello como hiedra venenosa, y, por un segundo, tengo ganas de reventarle la tráquea con las manos por retratarme como una borracha desvalida que se descojona sola frente a toda la maldita Bratva.

Sin embargo, cuando mi mirada se cruza con la de Petro, la rabia se transforma en un alivio que me trago con amargura.

Vale. Su versión es una bendición comparada con la realidad. Ha sido astuto.

¿ Te imaginas que cuenta lo que de verdad ha pasado ? «La he encontrado, Petro. Estaba a punto de ser follada por tu hermano contra un muro mientras ella le clavaba las uñas en el cuello, sin oponer resistencia» .

Definitivamente, la excusa de Nikolai es mejor que cualquier otra versión.

¿Gracias, supongo?

Agacho la cabeza, fingiendo la confusión típica de quien ha bebido de más, mientras el sabor a sangre y tabaco de Aleksei sigue ardiendo, pecaminoso, en el fondo de mi lengua.

Maldita sea. Creo que ya estoy sobria. He mejorado mi tolerancia.

Intento recomponerme, pero en cuanto mis ojos enfocan la figura de mi futuro marido, me quedo paralizada.

Tiene la nariz hinchada y desviada hacia la derecha, con una marca violácea que le cruza el tabique y le desfigura aún más el rostro. Su cara, antes arrogante, es ahora una colección de hematomas esculpidos a base de puñetazos.

Joder.

Me pregunto quién ha tenido el valor de destrozarle la cara al futuro heredero en su propia casa… y, sobre todo, por qué nadie está hablando de ello.

Este sitio es muy extraño.

Pero antes de que pueda procesar la magnitud de sus heridas —o de la ausencia de reacción—, Petro me rodea la cintura con un brazo, con una posesividad que me obliga a removerme incómoda.

Su agarre es firme, casi doloroso, una advertencia silenciosa de que, a pesar de su aspecto, sigue siendo el dueño de mi vida.

Me arrastra hacia el centro del salón, donde la música se apaga con nuestra presencia y las conversaciones mueren para dar paso a un silencio sepulcral.

—¡Caballeros! —la voz de Petro resuena, cargada de una autoridad que intenta ocultar su respiración dificultosa—. Como ven, mi futura esposa tiene debilidad por el vodka de calidad, pero no la culpo… Celebrar nuestra unión requiere un brindis a la altura.

Busco una salida entre la multitud, un punto de fuga donde esconder mi pánico, pero mis ojos terminan estrellándose contra una esquina.

Esa en la que está él.

Aleksei está apoyado contra la pared, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un vaso de cristal. Se ha limpiado la sangre del labio, pero la marca de mi golpe sigue ahí, oscura, casi triunfante sobre su piel.

Sus ojos, dos orbes azules, me queman desde la distancia, observando cómo su hermano me exhibe como un trofeo. Aleksei me estudia, analiza cada reacción, y me recuerda con cada segundo lo que acabamos de hacer en ese pasillo.