Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 1 Pide un deseo. #2
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Capítulo 1 Pide un deseo. #2

Acaba de perder a un ser querido y ahora tiene que convivir con un hombre de sesenta y cinco años que apesta a whisky y a puros, y que ni siquiera respeta sus recuerdos.

Yo ya he pasado por eso. Solo que ella tiene un plus : ver cómo su madre es maltratada mientras aparenta devoción hacia un hombre al que detesta y que, probablemente, acabará matándola.

En fin, no sé ni por qué lo pienso tanto. Solo quiero irme a la cama y desconectar del mundo. Quiero que este día —que acaba de empezar— termine de una vez y volver a la rutina en la que voy por mi lado, procurando no hacer ruido.

Así que, cuando veo que el tío Enzo va a levantarse para ir tras ella, lleno mis pulmones de aire y soplo las velas con fuerza, sumiendo casi por completo el salón en una oscuridad densa y un silencio absoluto.

Intento no pensarlo demasiado. Incluso me obligo a no desear nada. Pero un ruido blanco invade mis tímpanos y su mirada gélida se abre paso en mi mente, seguida de su sonrisa. Y, por primera vez en toda la noche, escucho su voz taladrándome los oídos:

«Solnyshko».

Se me encogen los pulmones y me maldigo por lo que acabo de desear. Ni siquiera sé qué significa, nunca se dignó a traducírmelo. Además...

Él también me abandonó. Justo cuando murieron. Ni siquiera apareció en el entierro.

Niego, sacudiendo los largos mechones de mi cabello castaño, y me pongo de pie, demasiado afectada por mis propios pensamientos.

—Con permiso… —Dejo la servilleta doblada sobre el plato vacío—. Me duele un poco la cabeza. Voy a dormir. Que disfrutéis de la tarta.

Me acerco al tío Enzo y depósito un beso en su mejilla, conteniendo a duras penas una arcada.

— Buonanotte, zio —pronuncio en italiano, tal y como sé que espera.

Fue lo primero que aprendí al llegar aquí, y sé que, si no lo hago antes de retirarme de una estancia, es posible que vuelva a intentar barrer el suelo conmigo, como la noche en que llegué.

Me alejo unos pasos y, cuando creo que por fin podré descansar tranquila, escucho el crujido del respaldo de la silla y cómo esta cae con un golpe seco al suelo.

La temperatura desciende bruscamente cuando oigo su voz:

—Liliana, espera.

Me quedo rígida en el sitio y desvío la mirada hacia él, solo para comprobar que me observa como si estuviera a punto de marcharme en la mejor parte.

Una sensación desagradable se arremolina en mis costillas, haciendo que mi corazón lata con fuerza, como si quisiera escapar de mi pecho.

Debería huir, salir corriendo como Annie, pero la verdad es que ella es más valiente que yo. Porque cuando él se detiene a mi lado, mi garganta se seca y empiezo a temblar como si hubiera perdido todos los huesos y mi cuerpo solo fuera un amasijo de músculos y piel, sin ninguna fuerza.

No me gusta cómo sonríe. Cómo le brillan los ojos. Cómo se relame los labios, como si estuviera a punto de decir mucho más que un simple « Feliz cumpleaños, sobrina».

—Liliana, hay algo de lo que debemos hablar… —advierte—. Tengo un increíble regalo para ti. Uno con el que siempre has soñado.

—¿Un regalo? —mi voz suena incrédula, porque en los años que llevo aquí es la primera vez que sucede.

—Es más que eso, niña. Hay algo que todos debemos celebrar esta noche. Un gran cambio .

Odio la forma en que mi cuerpo responde al miedo. Quiero que desaparezca. Tener la fortaleza de hacerlo desaparecer.

Nada de esto puede ser bueno.

—¿Que me hago mayor? —susurro.

Maldición. Sé que todo este show no se debe solo a eso, no soy tan ingenua. Pero no puedo evitar aferrarme a la poca esperanza que me queda.

—¡Claro que no, niña tonta! —carcajea, y mis pulmones se vacían de golpe—. Eso pasa todos los años. Esto es más especial. Algo que, con suerte, solo ocurre una vez en la vida… con el indicado.

Trago saliva, sintiendo cómo mi garganta arde, como si me hubiera tragado las aristas de un cristal. Aun así, asiento, dándole pie a continuar, como si no me importara que esté a punto de hacer añicos mi futuro.

—Sigues siendo virgen, ¿verdad, Liliana?

Mis piernas tiemblan y el sabor amargo de la bilis se instala de inmediato en mis labios.

Mi mano derecha cosquillea, ansiosa por alzarse y estamparse contra su rostro ante semejante atrevimiento. Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano por contenerme.

Sus hijos —que antes miraban sus teléfonos con desinterés— me observan con expectación, como si estuvieran a punto de enterarse de un chisme mucho más jugoso que cualquier cosa que han oído jamás.

Son dos críos de dieciséis años, pero aun así no puedo evitar notar la vergüenza subiéndome hasta la lengua.

—Sí —mascullo, apretando tanto la mandíbula que siento mis dientes rechinar.

No es mentira. Y, aun así, los ojos de Enzo me recorren de arriba abajo de una forma que hace que mi instinto de supervivencia grite con todas sus fuerzas que debo acabar con él.

Todo mi cuerpo tiembla y me suplica que coja el cuchillo más cercano y se lo clave en la yugular, apagando esos ojos lascivos con los que a veces me mira.

Voy a ir directa al infierno, pero si él viene conmigo, quizá merezca un poco la pena.

—Espero que ni se te ocurra estar mintiendo, porque si lo haces… mio Dio, bambina…

Cierro los ojos con fuerza, conteniendo el impulso de acercarme a la mesa y sucumbir a mis deseos más oscuros. Pero la voz de Leonardo irrumpe en la estancia, salvando —de forma involuntaria— la vida de su padre:

—Claro que es virgen, papá —proclama el adolescente, sin atisbo duda—. Ningún tío se atreve a acercarse a ella. ¿O la has visto con alguno en estos siete años que lleva aquí? Después de lo de su último amigo… ¿quién querría intentarlo?

—¿Qué quieres decir? —Mi tío frunce el ceño, confundido.

—El que era su vecino desapareció, y el otro…

—¿Qué? ¿Qué le pasó? —insiste Isobel, interesada también.

—¿No oísteis que McCought apareció desollado en las afueras de Saint Virell Coast después de estar con ella? Nadie sabe si Liliana está loca o qué, pero todos acaban muertos poco después. Desde entonces, la llaman « el coño maldito» , porque quien intenta hundírsela acaba en el cementerio.

Su hermano gemelo, Alberto, suelta una carcajada y mis mejillas arden al instante. No sé qué pinta él en este relato, ni McCought —que ni siquiera fue mi amigo—. Jamás estuvimos juntos; solo me pidió ir al baile de invierno hace dos años y me tomó de la mano. No hicimos nada más.

Le dije que sí porque parecía buena persona. Y, aunque es cierto que pienso demasiado en la muerte, yo no tengo nada que ver con esto. Lo juro.

Es solo una macabra casualidad.

—¿Y oíste lo del tío que la metió en la lista de mejores tetas en el instituto? ¡Se tiró desde un quinto el día después de que se publicara!

Contengo la respiración. Eso ocurrió hace más de ocho años. ¿Y por qué demonios iba a tener ese suicidio algo que ver conmigo?

—¿Pero eso cuenta?

—¡Claro! Está bajo tierra. ¿Y te acuerdas de aquel otro?

—¿Del que cosieron a tiros aquí mismo, en los suburbios, después de que le escribiera una declaración por San Valentín?

Leonardo asiente con vehemencia.

—¿Y el cajero del súper que le tocó el culo y apareció hecho pedazos, esparcidos por todo el condado? ¡Dicen que aún están intentando reconstruirle el nabo para entregarle el cuerpo a su madre!

Ambos se miran, cómplices, entre carcajadas, y luego dirigen la vista hacia Enzo, como si acabaran de llegar a una conclusión irrefutable:

—Sí, tranqui, papá. Nadie se acercaría a ella ni con un palo. Lo más probable es que ni siquiera haya dado su primer beso o que le hayan tocado una teta.

Alberto asiente antes de decir:

—Es más, es tan chungo lo suyo que no sé cómo nosotros seguimos vivos, teniendo en cuenta lo que le pasa a todo el que se le acerca. Mira a sus padres… Tiene que estar maldita, como dicen los rumores.

Sus palabras se clavan como alfileres en mi pecho. ¿Estoy maldita?

¿Esa es la razón por la que él se fue?

¿Para no acabar muerto…?

¿Para no terminar como mis padres?

Un destello del accidente atraviesa mi mente y, con él, regresa el sabor a sangre y ese olor. Es la única constante en mi vida: ese aroma, ese regusto impregnado en mis sentidos.

No recuerdo nada más de aquel día. Ni siquiera por qué sigo viva, ni cómo aparecí a treinta minutos del accidente, completamente ilesa y seca, cuando caía una tormenta digna del apocalipsis…

Ni por qué sus cuerpos putrefactos aparecieron una semana después, a doce kilómetros del coche estrellado.

—Bueno, por suerte o por desgracia para él, hay alguien muy interesado en vuestra prima Liliana. Uno que no conoce esa maldición o que, al menos, no parece importarle en absoluto gracias a nuestro apellido.

Mi corazón se salta un latido y, por alguna estúpida razón, un resquicio de esperanza ciega me llena el pecho.

No puedo ser tan ingenua.

—¿Cómo dices? —espeto, notando que el aire apenas logra atravesar mis fosas nasales.

Su sonrisa se oscurece antes de soltar la bomba que lleva toda la noche reservándose:

—El próximo jefe de la Bratva ha pedido tu mano y, en tres meses, será la ceremonia, bambina . He firmado el contrato antes de la cena. Está todo cerrado. Pronto te convertirás en una mujer de verdad.