Ruthless Obsession (Despiadados 1)
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Capítulo 1 Pide un deseo.
Lili
La luz anaranjada y tenue de las velas calienta mis mejillas cuando me inclino frente al ostentoso pastel rosa que reposa sobre la mesa. Ni siquiera me gusta ese color, pero cierro los ojos, deleitándome con el calor residual.
Puedo sentirlo: veintitrés pequeñas llamas ardiendo, lo bastante diminutas para caber en una tarta de dos pisos, pero también lo suficientemente peligrosas como para desatar un incendio si caen sobre el fino mantel de lino.
¿Qué pasaría si lo hago? ¿Qué pasaría si le doy un golpe y…?
El chisporroteo resuena en el fondo de mis pensamientos, y un eco lejano se acopla a mis oídos.
Casi puedo oír los gritos de quienes ahora me observan con expectación, deseando que haga el siguiente movimiento, completamente ajenos a que acabo de matarlos en alguna realidad paralela donde soy más valiente.
Abro los ojos.
El tío Enzo y su mujer, Isobel, no apartan la mirada de mí y, por un segundo, se me encoge el estómago, como si pudieran leerme la mente, como si vieran dentro de mí, como si fuese transparen te, de cristal.
Pero no. Eso es imposible. Ellos jamás imaginarían las cosas retorcidas que pueden llegar a cruzar mi cabeza.
En realidad, sé lo que esperan. Esperan que mis labios tiemblen y mis ojos se humedezcan; que, mientras un par de lágrimas resbalan por mis mejillas, mi garganta se cierre y de mi boca salga algo patético de lo que poder reírse a mis espaldas.
«Eres tan inocente, Liliana», dirían con fingida empatía, mientras una sonrisa cálida iluminaría —con falsedad— mi rostro.
No soy como creen. O al menos ya no. Vivir con ellos me ha enseñado que no puedo serlo, así que, me limito a mantener las apariencias.
—¿Qué vas a pedir? Espero que no sea alguna de tus fantasías —espeta mi tío, encendiéndose un puro que desearía apagarle en la tráquea—. Ya sabes que hay cosas imposibles, bambina .
Sacudo la cabeza.
—No. —Me relamo los labios, resecos por mi silencio sepulcral durante la cena—. Esto no es imposible en absoluto. —Quiero sonreír con cinismo, pero aprieto los puños sobre mi regazo, conteniendo el impulso—. Pero si te lo digo, no se cumplirá, así que, si no te importa… voy a guardármelo.
Durante un segundo, el silencio inunda el salón. Pienso que va a levantarse y pegarme un bofetón, pero entonces una carcajada estruendosa brota de los labios de Isobel, seguida por su hija y, después, por el resto de los hijos de Enzo.
Sé lo que creen. No lo dudan ni un instante.
Creen que sigo siendo la niña que llegó entonces, la que lloraba con los truenos; una inocente que aún cree en algo tan infantil como que los muertos pueden volver a la vida gracias a un deseo de cumpleaños.
Obviamente, sé que no es así. Sé que no es posible.
He saboreado la muerte en mis papilas. La he sentido golpeando mi nariz más de cerca que ellos. He visto lo que el tiempo hace con un cadáver, lo que hace con el de tus progenitores: cómo se vuelven irreconocibles.
Sé perfectamente que es imposible volver a vivir cuando tu piel se desprende del hueso y tu corazón deja de latir para descomponerse en tu pecho.
No. No deseo que regresen aquí. No así.
Lo único que visualizo es el olor fugaz de la pólvora, el chirrido de las llantas, el sabor amargo y metálico de la sangre arañando de nuevo mi garganta… y esa presencia justo antes de perder el conocimiento.
Siento el hielo fluyendo por mis venas, esta vez de forma definitiva, y mi alma viajando hacia algún lugar muy lejos de los suburbios de Saint Virell, muy lejos de esta mesa llena de hipocresía.
Lo que realmente imagino —y deseo— es dejar de vivir la vida que llevo. O, en su defecto, acabar con la persona que me dejó en esta situación al matarlos.
El conductor huyó del accidente y, además de dejarme huérfana, me encerró en un lugar al que no pertenezco, obligándome a actuar de una forma que no me representa, renunciando a cada resquicio de mi yo anterior por un mero —y absurdo— instinto de supervivencia.
Si tan solo pudiera recordar lo que sucedió aquella noche… Si lograra encajar las piezas de ese puzle, ya no estaría aquí. Habría acabado con mi vida con tal de no seguir soportando estas estúpidas cenas de mierda. Ya me habría suicidado.
Total, no me queda nada.
—Liliana, sopla ya. La tarta se está llenando de cera y nadie va a querer comerse esa mierda —farfulla Annie, dándome una pequeña patada por debajo de la mesa.
Me miro la espinilla, enrojecida por el golpe, y el leve dolor disipa esas ideas, devolviéndome al mundo real. Ese en el que tengo que soportar que la hija de Isobel sea una mocosa de once años, maleducada hasta la médula.
De todos modos, no es la peor de aquí. Además, se ha ganado una pequeña parte de mi afecto, ya que el tío Enzo no la soporta; y si algo lo hace desdichado, automáticamente se convierte en mi pasatiempo favorito.
Quizá sea porque es joven, o tal vez porque es demasiado nueva en la familia, pero es la única en esta mesa que tiene el valor de alzarle la voz.
—Ese vocabulario, Ana. Nadie va a querer casarse contigo si sigues teniendo la boca tan sucia. Vas a obligarme a limpiártela con lejía.
Hay algo en su tono que suena más oscuro de lo que debería, y me encojo en mi asiento al recordar la forma en que, durante estos siete años, he sido «educada» por su mano. Nadie se merece algo así, y realmente espero que Isobel no permita que su hija corra el mismo destino que yo.
Mis ojos se deslizan hacia ella y, durante un microsegundo, veo cómo lo mira: con una repulsión y un odio capaces de partir la sala en dos.
Pero, como siempre, esa mueca se transforma tan rápido en una sonrisa tórrida que, si no fuera porque lo hace doscientas veces al día, pensaría que lo he imaginado.
No me importa. No se aman, todo el mundo lo sabe. Ella sabe que se casó para ser un trofeo, y mi tío sabe que ella lo hizo por el tamaño de su cuenta bancaria.
—Me llamo Annie, viejo estúpido —replica la niña con evidente fastidio.
—¡Cariño, no le digas así! Ya sabes que a Enzo le cuesta… —empieza Isobel, pero mi tío da un manotazo en la mesa antes de que pueda continuar.
Las velas se agitan y amenazan con apagarse, pero nadie se fija en ello. Todas están demasiado ocupadas poniéndose rígidas para evitar que el tío Enzo descargue su furia sobre ellas. Desde la tía Isobel hasta la abuela Belén, todas parecen muñecas de porcelana.
El contraste es abismal: sus dos hijos ni se inmutan ante el gesto; continúan mirando el móvil como si esto fuese un viernes cualquiera. Y, en cierto modo, para ellos lo es.
En esta familia, las mujeres debemos ser perfectas, casi salidas de un anuncio de los años cincuenta.
Nuestras faldas deben quedar por debajo de la rodilla hasta casarnos; no podemos usar escote; debemos sentarnos erguidas a la mesa, pedir permiso para hablar, jamás decir palabrotas, no mirar a los ojos cuando ellos hablan…
y una interminable lista de normas que cumplir.
Mientras tanto, los hombres pueden hacer lo que deseen. Sin restricciones. Sin reglas. Sin compromiso alguno.
Mi vida, hasta hace siete años, no era así en absoluto. Y me costó —a base de golpes— entender que esta sería mi rutina, y que debía estar agradecida porque, con diecisiete años, cuando « la tragedia » sucedió, nadie salvo él estaba dispuesto a hacerse cargo de mí.
Las familias de acogida no quieren un parásito como tú, a punto de alcanzar la mayoría de edad . Eso es lo que él me repetía una y otra vez después del entierro.
Tus padres estaban arruinados, niña tonta. Así que emanciparme nunca fue una opción.
Solo esto. Esto era mi único destino. Y, pese a que debería sentir agradecimiento por tener comida y techo, lo único que deseo es volver al pasado y haber muerto en el momento de la colisión.
—No es que me cueste, mio cuore . —La mandíbula de mi tío se tensa en una sonrisa forzada—. ¿O es que crees que soy un viejo estúpido, como dice tu hija, Isobel?
Bajo la mesa, veo cómo su mano se hunde en su muslo, magullando la piel. Sin embargo, la expresión de ella permanece imperturbable en todo momento.
—Claro que no, amor mío —responde, con los ojos verdes brillando con extrema calidez—. Has construido un imperio y sacado a una familia entera a flote. Eres todo menos eso. Eres un hombre increíble, todos lo sabemos… ¿cierto?
Todas las cabezas asienten apenas un milímetro, y el agarre de Enzo se afloja, satisfecho ante la sumisión de su mujer.
—Eso es. Os he sacado adelante, por eso me parece apropiado que, a partir de hoy, su nombre sea el que a mí me salga de los huevos.
¿Qué es eso de Annie? ¿Quién eligió ese nombre?
¿El fiambre de tu papá? —se burla con saña, mirando a la niña—.
Ana es mucho más apropiado para una hija de la familia Moretti… para una señorita italiana.
—¡Yo no soy italiana! ¡Y mucho menos seré nunca una Moretti, ni tu hija! —chilla, poniéndose de pie, con los ojos castaños empañados en lágrimas—. Nunca sustituirás a mi padre, y estoy harta de fingir lo contrario. Ojalá te mueras de un infarto.
Tira la silla con toda la fuerza que puede reunir una niña de once años.
Le espera una buena paliza si no se detiene ya.
Agarro su mano con firmeza, y sus enormes ojos descienden hasta la mía, llenos de confusión.
Es demasiado joven para entender lo que va a ocurrir.
Apenas lleva un mes viviendo con nosotros, desde que Enzo la sacó del internado al que asistía.
No sabe lo imposible que puede volverse su vida si sigue actuando sin medir las consecuencias.
Admiro su valentía, pero…
—No —articulo con los labios, mirándola fijamente.
Pero ella retira la mano como si mi contacto la quemara y corre escaleras arriba, sollozando.
Siento una punzada aguda en la sien, el aviso de una migraña a punto de estallar. No es que deba importarme tanto esta niña repelente —me pega chicle en el pelo y suele ser bastante desagradable conmigo—, pero la entiendo.