Rutas cruzadas (Amores dulces 6) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

De vuelta en Seattle, con el verano avanzado, Asa terminó los créditos que le faltaban para su título de ingeniería civil, y aunque decidió no dejar el taxi de inmediato, empezó a colaborar los fines de semana con un pequeño estudio de ingeniería que un antiguo compañero de universidad había montado en Ballard, revisando proyectos de reforma de puentes menores por la zona del condado.

—No pienso dejar el taxi todavía —le explicó a Marlowe una noche, mientras cenaban en la terraza del apartamento de Fremont—. Me gusta demasiado la ciudad vista desde el volante. Pero me gusta también volver a usar la cabeza para calcular cargas y tensiones, aunque sea los sábados.

—Puedes hacer las dos cosas. No hay ninguna ley que lo prohíba.

—¿Ni siquiera una ley filosófica?

—Ni siquiera esa.

A finales de agosto, Deirdre sufrió una caída en su casa de West Seattle que, aunque no fue grave, la dejó con la cadera resentida durante varias semanas.

Asa y Marlowe se turnaron para acompañarla a las citas médicas y ayudarla con la compra, y fue durante una de esas tardes, mientras Marlowe le preparaba a Deirdre una infusión en la cocina de la casa llena de gnomos de cerámica, cuando la anciana la miró con una seriedad que Marlowe no le había visto hasta entonces.

—Cuídalo bien —dijo Deirdre, sin más preámbulo—. Es un buen hombre, aunque cabezón como su padre.

—Lo cuido, Deirdre. Se lo prometo.

—Lo sé. Se le ve en la cara desde hace meses que está bien cuidado. No lo digo por ti, lo digo porque quiero que sepas que lo veo, y que me alegra.

Marlowe sintió que se le encogía el pecho de una manera cálida y agradable, distinta a cualquier otra emoción que hubiera sentido con la familia de Graham durante los siete años de matrimonio, donde siempre se había sentido evaluada, nunca del todo aceptada.

Esa misma noche, mientras recogían la cocina de Deirdre antes de volver a Fremont, Asa la observó en silencio desde la puerta.

—¿Qué pasa? —preguntó Marlowe, notando su mirada.

—Nada. Solo estaba pensando que llevo toda la vida viendo a mi madre desconfiar de casi todo el mundo, y contigo se comportó desde el primer día como si te conociera de toda la vida.

—Tu madre tiene buen ojo.

—Tiene el mismo ojo que yo, seguramente. Por eso confío en su criterio.

Se abrazaron en la cocina, con el olor a infusión de manzanilla todavía flotando en el aire, y Marlowe pensó, no por primera vez esos meses, que aquella vida sencilla que estaba construyendo con Asa valía más que cualquier columna de prestigio académico que hubiera perseguido antes.