Rutas cruzadas (Amores dulces 6) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El día en que Asa decidió pedirle matrimonio no fue especial en apariencia: un martes cualquiera de octubre, un año casi exacto después de aquella primera noche de lluvia en que Marlowe se había subido a su taxi por error.

No hubo restaurante elegante ni globos ni música de fondo, porque, según explicó él después, quería que el momento se pareciera a la relación misma: sin adornos innecesarios, con la verdad por delante.

Marlowe llegaba tarde esa tarde, después de una reunión del departamento que se había alargado, y al llegar a la parada de Uber que había pedido, se encontró, una vez más, con un mensaje de cancelación en la pantalla del móvil.

—Genial —murmuró, exactamente igual que un año antes.

Levantó la vista, resignada a esperar otro coche, y entonces lo vio: el mismo sedán azul oscuro, parado en el mismo sitio exacto donde se habían conocido, con Asa apoyado contra la puerta del conductor, vestido con la misma chaqueta vaquera forrada que llevaba aquella primera noche.

—¿Va a algún sitio o solo va a mirarme desde ahí? —preguntó él, repitiendo casi palabra por palabra la frase de un año atrás.

Marlowe se quedó parada un segundo, con el corazón acelerado, entendiendo poco a poco lo que estaba pasando.

—Asa, ¿qué...?

—Suba, profesora.

Se acercó despacio, con una sonrisa que no conseguía controlar, y cuando llegó junto a él, Asa se apartó del coche y se puso de rodillas sobre el asfalto mojado, sin importarle el charco que había justo debajo, sacando del bolsillo de la chaqueta una cajita pequeña de terciopelo azul oscuro.

—Marlowe Whitfield. Hace un año exacto, en este mismo sitio, cancelaron tu Uber y tuviste que subirte a mi taxi de mala gana. Ha sido la mejor casualidad de mi vida, aunque tú digas que las casualidades no existen del todo.

—Asa...

—Déjame terminar, que me lo he preparado durante semanas y no pienso perder la única frase bonita que se me ha ocurrido en la vida.

Marlowe se rio, con los ojos ya llenos de lágrimas, tapándose la boca con una mano.

—No sé leer a Kant, ni sé nada de ética aplicada, ni voy a entender nunca del todo a qué te refieres cuando hablas de imperativos categóricos.

Pero sé que quiero pasar contigo el resto de los días que me queden, sea donde sea, conduciendo taxis o calculando puentes o las dos cosas a la vez. ¿Quieres casarte conmigo?

—Sí. Claro que sí, Asa.

Él se levantó, la abrazó y la besó bajo la llovizna fina que había empezado a caer sin que ninguno de los dos se hubiera dado cuenta, con la misma torpeza feliz de la primera vez, mientras un par de transeúntes que pasaban por la acera se detuvieron a aplaudir, algo que en Seattle, ciudad poco dada a las efusiones públicas, era casi un milagro en sí mismo.

—Te has arrodillado en un charco —dijo Marlowe, cuando por fin se separaron, riendo entre lágrimas.

—Por ti me arrodillaría en cualquier cosa. Hasta en un examen de filosofía, si hiciera falta.

—Eso sí que sería un sacrificio de verdad.

Se subieron al coche, empapados y felices, y Asa condujo hacia Wallingford por última vez como algo parecido a un ritual de despedida, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta, sabiendo que aquel trayecto, el mismo de siempre, ya no volvería a ser exactamente igual.