CAPÍTULO 14
En junio, aprovechando las vacaciones de verano de Marlowe y unas semanas de descanso que Asa se había ganado a pulso tras meses compaginando el taxi con los estudios, viajaron juntos a Irlanda, al pueblo de Cork del que había salido la familia de Deirdre generaciones atrás.
Se alojaron en una casa rural pequeña, con vistas a un campo verde salpicado de ovejas y un mar cercano que se adivinaba por el olor a sal que entraba por la ventana abierta.
La primera noche, después de una cena en el pub del pueblo con un cordero asado que Asa declaró "casi tan bueno como el de mi madre, aunque nunca se lo diré a ella", volvieron caminando bajo un cielo que en Irlanda, en pleno junio, apenas llegaba a oscurecerse del todo.
—Es raro estar aquí —dijo Asa, mirando el paisaje mientras caminaban—. Toda mi vida he oído hablar de este sitio como si fuera un cuento, y ahora resulta que es real, con ovejas y todo.
—¿Sientes algo especial, estando aquí?
—Siento que entiendo un poco mejor de dónde viene la cabezonería de mi madre. Aquí todo el mundo parece cabezón de nacimiento.
Marlowe se rio, entrelazando los dedos con los suyos mientras caminaban por el sendero de tierra que llevaba hasta la casa.
Esa noche, con las ventanas abiertas y el sonido lejano del mar colándose en la habitación, se desnudaron el uno al otro con una calma distinta a la de los primeros meses, sin la urgencia de antes pero con la misma intensidad, quizás mayor, alimentada por meses de conocerse cada vez más a fondo.
Asa la tumbó sobre las sábanas frescas y recorrió su cuerpo entero con una dedicación pausada, deteniéndose en cada punto donde ella respondía con más fuerza, aprendiendo, una vez más, los detalles de un cuerpo que ya conocía bien pero que nunca dejaba de sorprenderle.
—Te quiero —murmuró él, contra su piel, en algún momento entre caricias.
—Y yo a ti. Muchísimo.
Se unieron despacio, mirándose el uno al otro en la penumbra de la habitación, dejando que el placer creciera con la misma paciencia con la que habían construido todo lo demás entre ellos, sin prisa, sin necesidad de demostrarse nada, solo de sentirse.
Cuando el clímax llegó, arrastró a ambos casi al mismo tiempo, en una oleada de calor que les dejó sin aliento, aferrados el uno al otro entre las sábanas revueltas, con la respiración entrecortada y las risas bajitas que solían seguir a esos momentos entre ellos.
Después, tumbados boca arriba, mirando el techo de vigas de madera de la vieja casa rural, Asa le cogió la mano por debajo de las sábanas.
—¿Sabes qué pienso, ahora que estamos aquí, en el otro lado del mundo?
—¿Qué piensas?
—Pienso que da igual el sitio. Podríamos estar en Seattle, en Cork, en la luna. Lo único que necesito es que estés a mi lado.
—Eso, otra vez, suena a poesía de un hombre que dice no leer nada.
—Será que me sale solo, contigo.
Se quedaron dormidos así, entrelazados, con el sonido del mar entrando por la ventana y la promesa silenciosa de que aquello, fuera lo que fuera exactamente, iba a durar.