CAPÍTULO 13
La votación del comité llegó dos semanas después, y Marlowe obtuvo la plaza de titular por unanimidad, algo que ni siquiera Donovan Price, con toda su animadversión filosófica hacia ella, se atrevió a discutir en público.
Celebraron la noticia con una cena en casa de Persimmon, que insistió en abrir, cómo no, una botella de tempranillo español, aunque esta vez Marlowe la rechazó con una sonrisa cómplice a favor de la sidra de manzana que Asa había llevado especialmente para la ocasión.
—Sigues con la sidra —dijo Persimmon, observando la escena con evidente curiosidad.
—Es mejor que el vino, según mi asesor de bebidas oficial.
—Su asesor de bebidas oficial tiene toda la razón —confirmó Asa, levantando la copa.
Persimmon, que llevaba meses sin conocer en persona al hombre del que tanto había oído hablar, se lo llevó aparte en algún momento de la noche, mientras Marlowe conversaba con el marido de Persimmon sobre un cuadro que este acababa de comprar.
—Así que tú eres el famoso taxista.
—El mismo.
—Marlowe no había sonreído así en años, para que lo sepas. Ni siquiera con Graham, y eso que entonces estaba convencida de que era feliz.
—Intento no cagarla, para serte sincero.
—Se nota que lo intentas. Sigue así.
La primavera trajo consigo un ritmo distinto para ambos: Marlowe empezó a preparar un nuevo seminario sobre ética aplicada que llevaba años queriendo impartir, y Asa, animado por ella, retomó un viejo proyecto que había abandonado hacía más de una década: terminar los créditos que le faltaban para su título de ingeniería civil, cursándolos por las noches en un programa a distancia mientras seguía conduciendo el taxi de día.
—No tienes que hacerlo por mí —le dijo Marlowe una noche, encontrándolo dormido sobre los libros de cálculo estructural en la mesa de la cocina.
—No lo hago por ti. Lo hago porque tú me hiciste ver que dejarlo a medias no fue una elección, fue solo el camino más fácil en un momento en que no tenía otro. Ahora sí tengo otro camino, y quiero ver adónde lleva.
—¿Y si al final decides seguir conduciendo el taxi de todos modos?
—Entonces conduciré el taxi sabiendo que podría no hacerlo, que es distinto a conducirlo porque no me queda otra.
Marlowe se sentó a su lado, apartando los libros con cuidado, y le besó la frente con una ternura que no necesitaba palabras.