Rutas cruzadas (Amores dulces 6) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

La reconciliación trajo consigo una decisión que llevaban semanas rondando sin nombrar: Asa le propuso, un domingo cualquiera de febrero, que se planteara mudarse con él, o que él se mudara con ella, sin que le importara demasiado cuál de las dos opciones se llevara a cabo.

—Mi apartamento tiene el tren pasando cada hora —advirtió él—. El tuyo tiene a Donovan Price viviendo a dos manzanas. Ninguno de los dos sitios es perfecto.

—Podríamos buscar uno nuevo. Empezar de cero, sin trenes ni Donovan Price.

—¿Eso es una proposición formal, profesora?

—Es una proposición filosófica. La formal ya la haremos con papeleo, si llega el caso.

Encontraron un apartamento en Fremont, no muy lejos de donde se habían reencontrado aquel viernes de noviembre, con una ventana grande orientada al canal y una cocina lo bastante amplia para que Asa pudiera cocinar sin que Marlowe le estorbara, según sus propias palabras, "con la mala costumbre de opinar sobre el punto de la sal".

La mudanza coincidió con el final del semestre, y con ella llegó también la noticia de que Marlowe había sido propuesta para la plaza de titular, un ascenso que llevaba años persiguiendo y que ahora, con la vida instalándose en un ritmo nuevo junto a Asa, sentía con menos urgencia que antes, aunque no por eso menos importante.

—Tenemos que celebrarlo —dijo Asa, cuando ella le contó la noticia por teléfono, nada más salir de la reunión del comité.

—Todavía no es seguro. Falta la votación final.

—Da igual. Vamos a celebrar que has llegado hasta aquí, sea cual sea el resultado.

Esa noche, Asa preparó una cena sencilla pero cuidada: unas vieiras salteadas con mantequilla y limón, una ensalada de espinacas con nueces tostadas, y una botella de vino blanco que había comprado, según confesó, siguiendo el consejo del dependiente de la tienda porque él "no tenía ni idea de qué botella coger para una ocasión así".

—Has hecho un esfuerzo enorme.

—Te lo mereces. Llevas años trabajando para esto.

Cenaron junto a la ventana grande del salón, viendo cómo el canal se oscurecía poco a poco con la caída de la tarde, hablando de los planes de verano, de un posible viaje a Irlanda que Asa llevaba años posponiendo para conocer el pueblo de donde había salido su familia materna, de la posibilidad, todavía lejana pero ya nombrada, de que Deirdre se mudara con ellos si su salud empeoraba con los años.

—Me gusta esto —dijo Marlowe, en algún momento de la sobremesa—. Me gusta esta vida contigo.

—A mí me gusta más que a ti, seguramente.

—Eso no se puede medir, Asa. No hay unidad de medida para eso.

—Pues invéntala. Eres filósofa.

Se rieron, y Asa se levantó a recoger los platos, pero antes de llegar a la cocina se detuvo, se dio la vuelta y volvió a sentarse frente a ella, con una expresión repentinamente seria.

—Marlowe, hay algo que quiero decirte, y no quiero que suene a que estoy improvisando, porque llevo pensándolo desde hace semanas.

—Me estás asustando un poco.

—No te asustes. Es al contrario.

Se quedó callado un momento, buscando las palabras, algo poco habitual en él.

—No tengo un anillo todavía, ni voy a arrodillarme aquí en medio del salón como si estuviéramos en una película, porque sé que no te gustaría ese tipo de teatro.

Pero quiero que sepas que, cuando llegue el momento, y llegará, quiero pasar contigo el resto de mi vida.

No como una idea abstracta de futuro, sino de manera muy concreta: quiero seguir despertándome contigo, quiero que Deirdre te siga preguntando por tus clases sin entender ni la mitad, quiero seguir aprendiendo a distinguir los tenedores de postre el resto de mis días.

Marlowe sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, sin poder evitarlo.

—Eso ha sido lo más bonito que me han dicho nunca, y eso que llevo diez años leyendo poesía en mis ratos libres.

—Guárdate la crítica literaria para tus alumnos.

—Es un cumplido, Asa.

—Entonces, ¿qué me contestas?

—Que sí. A todo. Al futuro concreto, a Deirdre, a los tenedores de postre, a todo.

Se besaron por encima de la mesa, entre los platos a medio recoger, con una sonrisa que a ninguno de los dos se le borró durante el resto de la noche.