Rutas cruzadas (Amores dulces 6) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Durante la semana siguiente, la distancia entre ambos se hizo evidente sin que nadie la nombrara directamente.

Asa dejó de aparecer por Wallingford los martes con la excusa de las buenas carreras.

Marlowe dejó de llamarlo cuando salía tarde de las tutorías, y en su lugar volvió a pedir Uber, sintiendo cada vez una punzada extraña al hacerlo, como una pequeña traición silenciosa hacia algo que todavía no sabía nombrar del todo.

Fue Odessa quien, en su videollamada semanal, notó el cambio.

—Tienes la misma cara que tenías con Graham en los últimos meses.

—No es lo mismo.

—¿Entonces qué es?

Marlowe le contó la conversación con Graham, la reacción de Asa, el silencio que se había instalado entre ellos desde entonces.

—¿Y tú qué piensas de verdad, Marlowe? Aparta un momento lo que piensa él.

—Pienso que Asa tiene miedo de no ser suficiente, y que en vez de decírmelo así, sin más, se ha inventado una historia sobre Graham para poder enfadarse conmigo sin admitir lo que en realidad le preocupa.

—¿Y tú qué le has dicho de eso?

—Nada. Nos hemos dejado de hablar, sin más, como dos adolescentes.

—Pues quizás deberías decírselo tal cual, en vez de esperar a que él lo adivine solo.

Marlowe se quedó pensando en las palabras de su hermana durante días, mientras el silencio con Asa se prolongaba y se volvía cada vez más pesado de sostener.

Corrigió exámenes sin concentración, discutió con Donovan Price sobre un asunto de programación de horarios sin verdadero interés en el resultado, y una noche, sin previo aviso, se plantó frente al edificio de Georgetown donde vivía Asa, bajo una llovizna fina que ya empezaba a resultarle familiar.

Llamó al telefonillo. Tardó un rato en contestar.

—¿Sí?

—Soy Marlowe. ¿Puedo subir?

Hubo un silencio al otro lado, breve pero elocuente, antes de que la puerta zumbara y se abriera.

Asa la esperaba en el rellano, con una camiseta vieja y el pelo revuelto, como si llevara días sin dormir bien.

—Hola —dijo él, apoyado en el marco de la puerta.

—Hola. ¿Puedo pasar?

Se sentaron en el mismo sofá de cuero donde se habían dado el primer beso, con una distancia entre los dos que a Marlowe le pareció insoportable después de tantas semanas de cercanía.

—Asa, necesito decirte algo, y quiero que me escuches hasta el final antes de contestar.

—Te escucho.

—No te fuiste de mi vida porque yo lo decidiera así. Te fuiste porque decidiste, tú solo, que no eras suficiente para mí, y en vez de decírmelo, preferiste inventarte una historia sobre Graham que te permitiera enfadarte conmigo sin tener que admitir tu propio miedo.

Asa no dijo nada, con la mandíbula apretada, la mirada fija en algún punto de la alfombra.

—Y lo entiendo, de verdad que lo entiendo.

Sé lo que es crecer sintiendo que el mundo entero te dice, de mil formas distintas, que no perteneces al mismo sitio que la gente con títulos y despachos.

Pero no pienso quedarme aquí discutiendo con un fantasma que tú te has inventado, Asa.

Si tienes miedo, dímelo a mí. No lo proyectes en Graham, ni en mi doctorado, ni en nada que no tenga nada que ver conmigo.

—Tengo miedo —dijo él, al fin, con la voz más baja de lo habitual—. Tengo miedo de que un día te despiertes y te des cuenta de que has elegido menos de lo que podrías haber tenido.

—Asa, mírame.

Él la miró.

—Yo no elijo menos contigo. Elijo distinto.

Y distinto no es peor, es solo distinto.

Llevo toda mi vida rodeada de gente que confunde el vocabulario con la inteligencia, y tú eres la primera persona en años que me hace sentir escuchada de verdad, sin necesidad de citar a nadie muerto para demostrarlo.

Asa se pasó una mano por la cara, con los ojos brillantes de una manera que a Marlowe le encogió el pecho.

—Perdóname. He sido un idiota.

—Un poco, sí.

—¿Solo un poco?

—Bastante, en realidad. Pero te perdono, si tú prometes contarme las cosas la próxima vez, en vez de desaparecer.

—Te lo prometo.

Se acercó a ella despacio y la besó, primero con suavidad, casi con disculpa, y después con más firmeza, como si quisiera compensar cada día de silencio con aquel único beso.