Rutas cruzadas (Amores dulces 6) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La tranquilidad duró hasta finales de enero, cuando Graham reapareció sin previo aviso, en forma de un correo electrónico enviado a la cuenta institucional de Marlowe con el asunto: “Necesito hablar contigo. Es importante.”

Se citaron en una cafetería de University Village, terreno neutral que ninguno de los dos asociaba con recuerdos concretos de su matrimonio.

Graham llegó con diez minutos de retraso, vestido con el mismo tipo de americana de tweed que había llevado durante los siete años que estuvieron casados, y Marlowe sintió, con cierto alivio, que verlo ya no le producía nada parecido a un vuelco en el estómago.

—Estás bien —dijo él, a modo de saludo, sentándose frente a ella.

—Estoy bien. ¿Qué necesitabas contarme?

—Me han ofrecido una plaza en Chicago. En la Universidad de Chicago, nada menos.

—Enhorabuena.

—Gracias. Pero no es solo eso lo que quería decirte.

Graham se removió en la silla, incómodo, con esa manera suya de evitar el contacto visual cuando estaba a punto de decir algo que había ensayado mentalmente.

—He pensado mucho en nosotros últimamente. En por qué no funcionó.

—Graham...

—Déjame terminar, por favor. Creo que me precipité al pedirte el divorcio. Creo que dejé que el orgullo hablara por mí cuando en realidad lo que quería era que dejaras de tener siempre razón en las discusiones, y en vez de admitirlo, decidí que lo nuestro no funcionaba.

Marlowe se quedó mirando el café que se le enfriaba delante, procesando lo que acababa de escuchar.

—¿Estás intentando decirme que quieres volver?

—Estoy intentando decirte que me marcho a Chicago dentro de dos meses, y que antes de irme necesitaba saber si hay alguna posibilidad de que reconsideremos las cosas. Sin presión. Solo quería preguntarlo.

—Graham, hay alguien más en mi vida.

Él parpadeó, sorprendido, como si esa posibilidad no hubiera entrado nunca en sus cálculos.

—¿Quién?

—Se llama Asa. No te incumbe más de lo que acabo de contarte.

—¿Es en serio, lo vuestro?

—Es lo más serio que he tenido desde que nos separamos, sí.

Graham asintió despacio, con una expresión que Marlowe no supo definir del todo: quizás decepción, quizás un alivio disimulado por no tener que hacerse cargo de la decisión que acababa de plantear.

—Me alegro por ti, entonces. De verdad.

—Gracias. Y te deseo suerte en Chicago.

Se despidieron con un abrazo breve, casi formal, y Marlowe salió de la cafetería con una sensación extraña de cierre, como si acabara de firmar, sin papeles de por medio, el final definitivo de algo que llevaba dos años y medio ya terminado sobre el papel pero no del todo en la cabeza.

Esa noche se lo contó a Asa mientras cenaban en la cocina de él, y notó, según hablaba, que su expresión se iba cerrando poco a poco, como una puerta que se entorna sin llegar a cerrarse del todo.

—¿Y qué le has dicho? —preguntó Asa, con la voz más contenida de lo habitual.

—Le he dicho que hay alguien más en mi vida, y que es serio.

—¿Y lo es? ¿Serio?

—Claro que lo es, Asa. ¿Por qué me lo preguntas así?

—Porque tu ex marido, que tiene un doctorado como el tuyo y una plaza en Chicago, te pide que reconsideréis las cosas, y tú me lo cuentas como quien cuenta que se ha encontrado un billete de diez dólares en la calle.

—No te entiendo.

—Te entiendo yo a ti perfectamente. Llevas dos meses conmigo, disfrutando de esto, y en algún momento vas a darte cuenta de que lo tuyo con Graham era otra liga.

Vais a los mismos congresos, entendéis los mismos chistes sobre filósofos muertos, tenéis el mismo tipo de vida que yo nunca voy a poder darte.

—Eso es absurdo.

—¿Lo es?

Marlowe dejó el tenedor sobre el plato con más fuerza de la necesaria.

—Sí, lo es. Llevamos hablando de esto desde la cena del departamento, Asa. Ya te dije entonces que no quiero a alguien parecido a mí. Te quiero a ti.

—Y yo te creo cuando lo dices. Pero también sé que las cosas cambian cuando la vida real llama a la puerta con una oferta de Chicago y un hombre que se arrepiente.

—¿Estás dudando de mí o de ti?

Asa se pasó una mano por la cara, cansado de golpe.

—No lo sé. Puede que de las dos cosas a la vez.

Se quedaron en silencio, cada uno con su plato a medio terminar, sintiendo que algo se había torcido esa noche sin que ninguno de los dos supiera exactamente cómo arreglarlo.