Rutas cruzadas (Amores dulces 6) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Enero llegó con un frío seco, distinto al de noviembre, y con la costumbre ya asentada de que Asa dejara el coche aparcado dos noches por semana en la plaza reservada para visitas del edificio de Marlowe.

Ella había empezado a comprar café de verdad, en grano, porque él se lo pedía siempre que se quedaba, y él había aprendido a distinguir un tenedor de postre de uno de ensalada, algo que Marlowe consideraba un logro personal de ambos.

—Mi madre quiere conocerte —dijo Asa un domingo por la mañana, mientras freía huevos en la sartén pequeña que había comprado para dejarla en casa de ella.

—¿Tu madre sabe que existo?

—Le hablo de ti desde noviembre. Cree que me lo estoy inventando porque nunca le he presentado a nadie.

—¿Nunca?

—Tuve una novia en la veintena, Delphine, que duró año y medio. Mi madre la conoció una vez, en una cena de Acción de Gracias, y desde entonces siempre pregunta "¿sigue la chica del taxi contigo?" cada vez que hablamos por teléfono, como si Delphine y yo lleváramos quince años juntos.

—¿Qué pasó con Delphine?

—Se fue a vivir a Portland por trabajo. Yo no quise dejar Seattle. Ninguno insistió demasiado.

—¿Y con tu madre cómo es? ¿Debo llevar algo?

—Le gusta el pan de soda irlandés, aunque nunca lo admite. Y no le hables de filosofía a menos que quieras que te pregunte si eso da dinero.

La casa de Deirdre Calloway estaba en West Seattle, una vivienda pequeña de una sola planta con el jardín delantero lleno de gnomos de cerámica que, según explicó Asa por el camino, habían pertenecido a su abuela y que su madre se negaba a tirar por pura superstición.

Deirdre resultó ser una mujer menuda, de pelo blanco recogido en un moño bajo, con las manos ásperas de veinte años trabajando en una lavandería industrial y una mirada directa que Marlowe reconoció enseguida como la misma de su hijo.

—Así que tú eres la profesora —dijo, sin preámbulos, mientras las abrazaba a modo de saludo con una fuerza sorprendente.

—Marlowe, encantada.

—Asa me ha hablado de ti más que de cualquier otra persona en veinte años. Espero que valga la pena.

—Mamá —protestó Asa desde la puerta, con las bolsas de la compra todavía en las manos.

—Es la verdad. No pienso callármela por educación a estas alturas de mi vida.

Comieron en la cocina, en una mesa pequeña cubierta con un mantel de cuadros, mientras Deirdre servía un estofado de ternera con patatas que llevaba, según contó, toda la mañana en el horno.

—¿Y qué enseñas exactamente? —preguntó, sirviéndole a Marlowe una segunda ración sin preguntar si la quería.

—Filosofía. Ética, principalmente.

—¿Y eso para qué sirve?

—Para pensar mejor sobre cómo vivir. Y sobre cómo tratar a los demás.

—Eso lo aprendí yo lavando sábanas ajenas, sin necesidad de ningún libro.

—Seguramente lo aprendió mejor que muchos de mis alumnos, para serle sincera.

Deirdre la miró con un brillo de aprobación que no intentó disimular, y a partir de ese momento la conversación se relajó, deslizándose hacia anécdotas de la infancia de Asa: la vez que se rompió el brazo intentando saltar desde el tejado del cobertizo, la obsesión que tenía de niño con los mapas de carreteras, que guardaba doblados debajo del colchón como otros niños guardaban cómics.

—Ya de pequeño quería saberse la ciudad entera de memoria —dijo Deirdre—. Yo pensaba que sería ingeniero, con esa cabeza para los números. Y mira, acabó conduciendo un taxi, aunque igual de bien.

—Mamá.

—¿Qué? Es un trabajo honrado. Más honrado que muchos con corbata, que se creen mejores por tener despacho.

Marlowe sonrió, pensando en Donovan Price y en su despacho con vistas al lago Washington, y decidió que Deirdre Calloway le caía bien de una manera que pocas personas conseguían en un primer encuentro.

Al salir de la casa, ya de noche, Asa la cogió de la mano mientras caminaban hacia el coche.

—Le has caído bien. Se nota.

—Tu madre es formidable.

—Lo sé. Es la persona que más admiro en el mundo, aunque nunca se lo diga a la cara porque se pondría insoportable.

—Deberías decírselo alguna vez.

—Se lo digo a mi manera. Le arreglo el grifo de la cocina cada vez que gotea, le cambio el aceite del coche, le llevo pan de soda los domingos aunque diga que no le gusta. Ese es mi idioma con ella.

—Es un idioma bonito, de todos modos.