Rutas cruzadas (Amores dulces 6) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

De vuelta en Seattle, ya de noche, Asa aparcó frente al edificio de Marlowe pero no apagó el motor.

—¿No sube? —preguntó ella.

—¿Me está invitando o es una pregunta retórica de las suyas?

—Es una invitación. Con todas las letras.

Subieron en silencio por las escaleras, y en cuanto Marlowe cerró la puerta del apartamento, Asa la acorraló con suavidad contra la pared del recibidor, buscando su boca con una determinación que no dejaba lugar a dudas.

—Llevo todo el día pensando en esto —murmuró él, contra su cuello.

—Yo llevo pensándolo desde el sábado pasado.

Se quitaron los abrigos entre risas torpes y besos que no terminaban de completarse, tropezando con los zapatos que iban dejando por el suelo del pasillo.

Marlowe le desabrochó la camisa de franela botón a botón, deteniéndose a besar cada trozo de piel que iba quedando al descubierto, mientras él le sujetaba la cara con las dos manos como si temiera que ella fuera a desaparecer si la soltaba.

Llegaron al dormitorio dejando un rastro de ropa por el pasillo.

Asa la tumbó sobre la cama con un cuidado que contrastaba con la urgencia de sus manos, recorriendo su cuerpo despacio, memorizando cada curva con los dedos antes de hacerlo con la boca.

Marlowe cerró los ojos y se dejó llevar por la sensación de sus labios bajando por su cuello, por el valle entre sus pechos, por el vientre, deteniéndose el tiempo suficiente en cada lugar como para hacerla arquear la espalda y clavar los dedos en las sábanas.

—Asa.

—Dime.

—No pares.

—No pensaba hacerlo.

Él se quitó los pantalones y volvió a subir por su cuerpo hasta encontrar su boca de nuevo, y cuando por fin se unieron, Marlowe sintió una descarga de calor que le recorrió entera, un placer que crecía despacio al principio y después con una intensidad que la hizo aferrarse a los hombros de Asa, clavando las uñas sin darse cuenta.

Él se movía con un ritmo pausado, controlado, mirándola a los ojos como si quisiera aprenderse su reacción a cada movimiento, hasta que la respiración de ambos se volvió más entrecortada y las palabras dejaron de tener sentido, sustituidas por jadeos y por el nombre del otro repetido entre dientes.

Cuando todo terminó, se quedaron enredados entre las sábanas revueltas, con la respiración todavía agitada y las piernas entrelazadas, mientras la lluvia empezaba de nuevo a golpear suavemente el cristal de la ventana.

—Esto ha sido... —empezó Marlowe.

—No lo estropee con una palabra, profesora.

—Iba a decir "agradable", para que lo sepa. Muy académico.

—Mentirosa.

Se rieron los dos, y Asa la atrajo hacia su pecho, dibujando círculos despacio sobre su hombro desnudo con la yema de los dedos, mientras el tren de las diez y veinte pasaba, lejano, por algún lugar de la ciudad.