CAPÍTULO 5
El sábado siguiente, Asa la invitó a un plan que ella no esperaba: subir al monte Rainier a pasar el día, aprovechando una tregua rara en el clima de noviembre.
—No tengo ropa para eso.
—Tengo botas de más, y un abrigo de mi hermano que le quedará grande pero servirá.
Salieron de Seattle a las siete de la mañana, con el cielo todavía oscuro y el coche de Asa oliendo a café recién hecho, porque esta vez sí había preparado un termo con café solo, fuerte, en un intento por reconciliarse con la bebida más odiada de la profesora de filosofía, según él mismo dijo entre risas.
—Pensaba que odiaba el café.
—No lo odio. Odio el café malo de la sala de profesores. Este está bien.
La carretera hacia el parque nacional serpenteaba entre bosques de abetos tan altos que tapaban el cielo por completo en algunos tramos, y cuando llegaron al aparcamiento de Paradise, la montaña se alzaba delante de ellos, blanca y enorme, con una claridad que parecía casi indecente para un mes tan gris como noviembre.
—Es la primera vez que la veo así de clara —dijo Marlowe, con el aliento formando vaho delante de su cara.
—Pasa dos o tres veces al año. Hay que aprovecharlo.
Caminaron por uno de los senderos más cortos, cubierto de una nieve reciente que crujía bajo las botas, hablando poco al principio, concentrados en no resbalar, y después cada vez más, según entraban en calor con el esfuerzo.
—¿Se ve venir el matrimonio como el que se ve venir un examen? —preguntó Asa de pronto, sin venir a cuento aparente.
—¿Por qué lo pregunta?
—Curiosidad. Usted estudia estas cosas.
—Estudio filosofía, no relaciones de pareja. Son disciplinas distintas.
—Pero la filosofía habla del amor, ¿no? Platón y esas cosas.
—Platón hablaba de un tipo de amor bastante alejado de subir una montaña con un taxista, se lo aseguro.
—Qué pena. Me hacía ilusión estar dentro de un diálogo platónico.
Marlowe se rio, con una carcajada que resonó entre los abetos cargados de nieve, y le empujó suavemente con el hombro.
—Con el matrimonio pasa como con muchas otras cosas, creo yo: uno cree que lo ve venir, hasta que resulta que no. Yo pensaba que Graham y yo teníamos un proyecto de vida sólido, con sus columnas bien calculadas. Resultó que las columnas eran de cartón piedra.
—¿Y ahora? ¿Ve venir algo?
—No tengo ni idea. Pero llevo un mes subiendo montañas con un desconocido que me llama profesora en un tono que me distrae de mis propias clases, así que algo está pasando, sin duda.
—¿Le distraigo?
—Muchísimo. La semana pasada le puse un aprobado a un ensayo que no lo merecía porque estaba pensando en su cicatriz de la ceja.
—Eso es un abuso de poder académico grave.
—Terrible. Debería denunciarme.
Llegaron a un mirador desde donde se veía el glaciar Nisqually, una lengua de hielo azulado que bajaba entre las rocas oscuras como una cicatriz enorme en la montaña. Se sentaron en una roca seca, compartiendo el termo de café, con las manos frías rozándose cada vez que se pasaban el vaso.
—Gracias por traerme aquí —dijo ella.
—Gracias por venir sin quejarse del frío más de tres veces.
—He contado cinco.
—Le he perdonado dos por educación.
Se quedaron mirando el glaciar en silencio, hasta que Asa le pasó un brazo por los hombros y ella se dejó llevar hacia su costado, apoyando la cabeza en su hombro, notando el latido de su corazón a través de la ropa de abrigo, más rápido de lo que la calma del paisaje sugería.