CAPÍTULO 4
Durante las dos semanas siguientes, Marlowe encontró razones cada vez menos disimuladas para cruzarse con Asa.
Le pedía que la recogiera cuando salía tarde de las tutorías, aunque hubiera Uber disponible en la puerta.
Él, por su parte, empezó a aparecer por Wallingford los martes por la tarde, justo a la hora en que ella salía de su última clase, con la excusa de que esa zona le daba buenas carreras a esas horas.
—Eso es mentira —le dijo ella un martes, subiéndose al coche.
—¿El qué?
—Que esta zona le dé buenas carreras. Wallingford es residencial. Aquí no coge a nadie más que a mí.
—Es usted una carrera excelente. No necesito más.
El tercer martes, Asa la invitó a cenar en su apartamento, un piso pequeño en el barrio de Georgetown, cerca del río Duwamish, en un edificio de ladrillo que en otro tiempo había sido una fábrica de conservas.
—No cocino gran cosa —advirtió por teléfono—. Pero hago un salmón que no está mal.
—¿Salmón en Seattle? Qué original.
—Búrlese todo lo que quiera. Es de los buenos, del río Skagit, no de piscifactoría.
El apartamento de Asa tenía techos altos, vigas de madera vistas y una sola ventana enorme que daba a las vías del tren.
Había pocos muebles, pero los que había parecían elegidos con cuidado: una mesa de roble maciza, hecha a mano por él mismo según le contó, una estantería con más libros de los que ella esperaba encontrar, y en la pared, sin marco, una fotografía en blanco y negro de un hombre mayor sonriendo junto a un taxi antiguo.
—¿Es su padre?
—Sí. Con su propio taxi, en 1988. Fue taxista antes que yo, aunque nunca se lo conté a nadie porque sonaba a tópico irlandés barato.
—¿Es usted irlandés?
—Por parte de madre. Los Kellerman llegaron de Cork en los años cuarenta. Mi apellido es Calloway, por parte de padre, que venía de Escocia dos generaciones atrás. Una mezcla rara.
—Asa Calloway.
—El mismo.
Cenaron sentados en la mesa de roble, con velas encendidas porque, según él, la luz del techo era demasiado agresiva para una cena de verdad.
El salmón estaba, en efecto, excelente, acompañado de una ensalada de hinojo y naranja que Marlowe no esperaba de un hombre que se describía a sí mismo como "poco cocinero".
—¿Dónde aprendió a cocinar así?
—Mi madre. Cuando mi padre estaba enfermo, alguien tenía que cocinar en casa, y ella trabajaba dobles turnos. Aprendí por necesidad, luego me quedó el gusto.
—Es usted una caja de sorpresas.
—Usted también, profesora. No esperaba que una mujer con un doctorado en Berkeley se subiera dos veces a mi taxi sin necesidad real.
—¿Cómo sabe que tengo un doctorado en Berkeley?
—Lo busqué. Su perfil está en la página de la universidad, con foto y todo. No hace falta ser detective.
Marlowe sintió una punzada de vergüenza agradable, la de saberse buscada por alguien con verdadero interés.
—Yo también busqué cosas sobre usted.
—¿Y qué encontró?
—Nada. No existe usted en internet, Asa Calloway. Ni redes sociales, ni registro de nada. Es usted un fantasma.
—Prefiero pensar que soy un hombre discreto.
—O un hombre con secretos.
—Todos tenemos alguno.
Después de cenar, se sentaron en un sofá viejo de cuero desgastado, con dos copas de un bourbon que Asa guardaba para las ocasiones que, según dijo, merecían la pena.
El tren pasó justo entonces por las vías cercanas, haciendo vibrar ligeramente los cristales de la ventana, y Marlowe se rio del susto que le dio.
—Me había olvidado de que viven ustedes pegados a las vías.
—Al principio molesta. Después se convierte en el reloj más fiable del mundo. El de las diez y veinte nunca falla.
Hablaron de la infancia de Asa en West Seattle, de un colegio católico donde una monja le había roto una regla en la mano por escribir con la izquierda, de los veranos que pasaba pescando con su padre en el estrecho de Puget antes de que la enfermedad se lo llevara.
Marlowe, a su vez, le contó de su matrimonio con Graham, un profesor de economía que había necesitado siete años para admitir que no soportaba estar casado con alguien que ganaba más debates que él.
—¿Le echa de menos?
—A veces echo de menos la idea que tenía de él, no a él en sí. Son cosas distintas.
—Eso también suena a filosofía.
—Todo suena a filosofía si se mira bien.
Se quedaron en silencio, más cerca el uno del otro de lo que habían estado en toda la noche, con las rodillas casi tocándose sobre el sofá.
—Marlowe.
—Dígame.
—Voy a besarla, si no le parece mal.
—No me parece mal.
Él levantó la mano y le apartó un mechón de pelo de la cara, despacio, como quien maneja algo que sabe frágil.
Después acercó la boca a la suya y la besó con una suavidad que a ella le pareció casi excesiva, hasta que notó que él contenía la fuerza a propósito, esperando su respuesta antes de dejarse ir del todo.
Marlowe respondió acercándose más, llevando una mano a su nuca, y entonces el beso cambió de ritmo, se volvió más hondo, con esa clase de urgencia que solo aparece cuando dos personas llevan semanas conteniéndose sin decírselo.
Cuando se separaron, Asa apoyó la frente contra la suya, sin abrir del todo los ojos.
—Llevaba queriendo hacer eso desde la primera vez que se subió a mi coche empapada como un gato.
—Yo llevaba queriéndolo desde que me llamó "profesora" con ese tono.
—¿Qué tono?
—Ese. El que está usando ahora mismo.
Se rieron los dos, con las bocas todavía cerca, y él volvió a besarla, esta vez sin ninguna cautela.