CAPÍTULO 3
The Wandering Goat era un local estrecho, con las paredes de ladrillo visto y una barra de madera que crujía bajo los codos de los clientes.
Asa ya estaba allí cuando Marlowe llegó, sentado en un taburete al final de la barra, con una camisa de franela que le sentaba mejor que la chaqueta vaquera del taxi.
—Ha venido —dijo, levantándose un poco.
—Dije que vendría.
—La gente dice muchas cosas.
—Yo no.
Se sentó a su lado y el camarero, un chico con barba pelirroja y delantal de cuero, le puso delante una carta pequeña, escrita a mano.
—Pruebe la sidra —dijo Asa—. La hacen ellos mismos, con manzanas de un huerto en Wenatchee.
—¿Y usted qué toma?
—Cerveza. Una IPA de por aquí. Nada especial, pero está fría.
Pidieron y el camarero se alejó. Marlowe miró alrededor: un grupo de estudiantes reía en una mesa del fondo, una pareja mayor compartía un plato de queso en silencio cómodo, alguien tocaba una guitarra en un rincón sin amplificar, casi para sí mismo.
—¿Cuánto tiempo lleva conduciendo un taxi? —preguntó ella.
—Veintidós años, como le dije el otro día. Empecé con diecinueve, cuando dejé la universidad.
—¿Qué estudiaba?
—Ingeniería civil. En la Universidad de Washington, la misma donde usted da clase, aunque en un edificio bastante más feo que el suyo.
—¿Por qué lo dejó?
Asa dio un trago a la cerveza antes de contestar, con la mirada fija en el vaso.
—Mi padre se puso enfermo. Cáncer de páncreas, de los que no dan tregua. Mi madre trabajaba en una lavandería industrial y no llegaba para pagar las facturas del hospital. Alguien tenía que traer dinero a casa rápido, y conducir un taxi era lo más rápido que había.
—Lo siento.
—Fue hace mucho. Mi padre murió al año siguiente. Yo ya llevaba un año detrás del volante y descubrí que no me disgustaba tanto como pensaba.
—¿Nunca pensó en volver a la universidad después?
—Lo pensé. Pero entonces ya tenía clientes fijos, una rutina, un coche que había comprado con mis propios ahorros.
Y descubrí algo que no me esperaba: me gusta esta ciudad de una forma que no me gustaba cuando solo la veía desde la biblioteca de ingeniería.
Conociendo cada calle, cada atajo, cada bache.
Es un tipo de conocimiento distinto, pero no menos real.
—Eso suena casi a filosofía.
—No se emocione. No he leído a Kant en mi vida.
—No hace falta haberlo leído para pensar como él, a veces.
Asa sonrió, y ella se fijó en que tenía un hoyuelo diminuto en la mejilla izquierda que solo aparecía cuando sonreía así, de lado.
—¿Y usted? ¿Por qué filosofía?
—Mi padre era pastor metodista en un pueblo de Oregón.
Yo crecí escuchando sermones sobre el bien y el mal como si fueran instrucciones de manual.
Un día, con catorce años, le pregunté por qué Dios permitía el sufrimiento si era todopoderoso y bueno a la vez, y él me castigó sin cenar por hacer esa pregunta en la mesa delante de la familia.
—Vaya con su padre.
—Fue la mejor lección que me dio nunca, sin saberlo. Ese mismo castigo me hizo entender que las preguntas incómodas eran las únicas que merecía la pena hacer. Empecé a leer filosofía a escondidas, con una linterna debajo de las sábanas, como si fuera contrabando.
—¿Y su padre lo sabe ahora, que es usted profesora?
—Murió hace ocho años. Nunca leyó ninguno de mis artículos. Mi madre sí, aunque no entiende ni una palabra. Los guarda todos en una carpeta en el salón, ordenados por fecha.
Se quedaron en silencio un momento, no incómodo, sino de esos silencios que a veces sirven para digerir lo que se acaba de compartir.
—¿Tiene hermanos? —preguntó Asa, cambiando el peso de sitio en el taburete.
—Una hermana, Odessa. Vive en Tacoma con su marido y mi sobrino. ¿Y usted?
—Un hermano menor, Rourke. Trabaja en un astillero en Bremerton. Nos vemos poco, pero bien.
El camarero les trajo otra ronda sin que nadie la pidiera, con el gesto de quien reconoce que la conversación en la barra merece continuidad. Marlowe probó la sidra: sabía a manzana verde, con un toque de jengibre que le picaba agradablemente en la garganta.
—¿Qué tal la sidra?
—Tenía usted razón. Es mejor que el tempranillo.
—Se lo dije.
—No se acostumbre a tener razón conmigo.
—Demasiado tarde, profesora.
Hablaron durante más de dos horas, de política universitaria, de las rutas más rápidas para cruzar la ciudad en hora punta, de la madre de Asa, que seguía trabajando en la misma lavandería veinte años después, de un viaje que Marlowe había hecho a Lisboa el verano anterior sola, tras el divorcio, para ver si conseguía sentirse otra persona en otra ciudad.
—¿Y lo consiguió? —preguntó Asa.
—No del todo. Pero aprendí a comer pastéis de nata como si fuera un ritual religioso, así que algo gané.
Cuando salieron del bar eran casi las once y media. La lluvia había vuelto, más fina esta vez, casi una neblina que se pegaba a la piel sin empapar del todo.
—La llevo a casa —dijo Asa, señalando el coche aparcado en la esquina.
—No hace falta.
—No es una pregunta, Marlowe. Es una afirmación con la que espero que esté de acuerdo.
—Qué manera tan filosófica de decir que quiere llevarme.
—Aprendo rápido.
Se subieron al coche y él condujo despacio por las calles mojadas, sin encender la radio, dejando que el silencio entre ambos se llenara solo con el sonido de los limpiaparabrisas.