CAPÍTULO 2
No volvió a pensar en él hasta el jueves siguiente, cuando su hermana Odessa la llamó por videollamada mientras Marlowe corregía trabajos sobre el problema de la inducción de Hume.
—Tienes cara de no haber dormido —dijo Odessa desde la pantalla, con un fondo de cocina en el que se adivinaba a su sobrino de tres años tirando cubiertos al suelo.
—He dormido bien. Es la luz del flexo, que es fea.
—¿Sigues con el rollo de que Donovan Price te saca de quicio?
—Donovan Price es un incordio con corbata.
—¿Y algo más interesante que contar? ¿Alguna cita, algún hombre, algo que no sea Kant?
—El martes cogí un taxi.
—Eso no es una noticia, Marlowe.
—No lo estaba contando como noticia.
Pero lo cierto era que llevaba días acordándose de la voz de Asa, de aquella forma que tenía de hablar sin miedo a que ella le corrigiera, algo que no le pasaba con casi nadie desde que se había separado de Graham, hacía ya dos años y medio.
El viernes, después de las clases, decidió ir a pie hasta Fremont a comprar vino para la cena con su amiga Persimmon, que insistía en abrir una botella de tempranillo español cada vez que se veían, como una especie de ritual privado entre ellas dos.
Cruzó el puente de Fremont justo cuando el atardecer empezaba a teñir el agua del canal de un naranja sucio, y fue entonces cuando lo vio: el mismo sedán azul oscuro, parado en la esquina de la calle 34, con las luces de posición encendidas y el motor al ralentí.
Se acercó sin pensarlo demasiado.
—¿Trabaja también los viernes?
Asa levantó la vista del teléfono, donde estaba consultando algo, y tardó un segundo en reconocerla.
—La profesora del árbol en el bosque.
—Marlowe.
—Ya sé cómo se llama. Solo estaba comprobando si usted se acordaba de la mía.
—Asa.
—Correcto. ¿Necesita que la lleve a algún sitio o va a quedarse otra vez ahí plantada?
—Iba caminando a comprar vino.
—¿Y ha decidido pararse a hablar conmigo en vez de comprar el vino?
—Ha sido casualidad.
—Las casualidades en esta ciudad son solo gente que no quiere admitir que ha buscado una excusa.
Marlowe cruzó los brazos, más por el frío que por defenderse.
—¿Siempre es tan directo con sus pasajeros?
—Solo con los que me caen bien.
—¿Y le caigo bien?
—Todavía no lo sé. Estoy recabando datos.
Ella se rio, sorprendida de nuevo por lo fácil que le salía la risa con él, algo que en los últimos tiempos le costaba un esfuerzo consciente con casi cualquier persona.
—¿Qué clase de datos necesita?
—Por ejemplo, si acepta tomar algo conmigo cuando termine mi turno. A las nueve. Hay un sitio en Ballard que sirve una sidra de manzana con jengibre que le haría cambiar de opinión sobre el vino español que va a comprar.
—No sabe que es español.
—Lo he deducido. Lleva usted la palabra tempranillo escrita en la cara.
—Eso no tiene sentido.
—Ya, bueno, tampoco tiene que tenerlo todo.
Marlowe miró la hora en el móvil. Las siete y cuarto. Tenía tiempo de sobra antes de la cena con Persimmon, y en realidad no tenía ninguna prisa por llegar a ningún sitio.
—¿Cómo se llama el bar?
—The Wandering Goat. En la calle 24, justo enfrente de la lavandería.
—A las nueve.
—A las nueve, profesora.
Se despidió con un gesto de cabeza y siguió caminando hacia la tienda de vinos, sintiendo el pulso un poco más alto de lo normal, algo que llevaba mucho tiempo sin sentir por nadie que no fuera un argumento filosófico bien construido.
La cena con Persimmon se alargó más de lo previsto porque su amiga, que enseñaba historia del arte en el Seattle Central College, tenía una teoría nueva cada semana sobre por qué su matrimonio con Graham había fracasado, y esa noche la teoría giraba en torno al concepto de "incompatibilidad de ambiciones", que a Marlowe le pareció, como todas las anteriores, incompleta.
—Graham quería una esposa que asintiera —dijo Persimmon, sirviéndose la tercera copa—. Tú nunca has asentido a nada en tu vida.
—No es tan simple.
—Nunca lo es. Pero a veces sí lo es un poco.
Marlowe miró el reloj del móvil, disimuladamente, cuando ya eran las ocho y media.
—¿Tienes que irte a algún sitio?
—He quedado.
Persimmon abrió mucho los ojos, con esa expresión de alegría desmedida que solo aparecía cuando olía carne fresca de cotilleo.
—¿Con quién?
—Con un taxista que conocí el otro día.
—¿Un taxista?
—Se llama Asa.
—¿Y qué tal está?
—Tiene una cicatriz en la ceja y opiniones sobre casi todo.
—Me encanta ya.
Marlowe se despidió con un abrazo apresurado y salió a la calle, donde la lluvia había dado una tregua breve y el cielo se había quedado de un color añil oscuro, casi bonito.
Caminó hasta el bar en quince minutos, con el corazón latiéndole de una forma que no le pasaba desde hacía mucho, mucho tiempo.