Rutas cruzadas (Amores dulces 6)
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CAPÍTULO 1
La lluvia de Seattle no avisaba. Caía de golpe, sin relámpagos ni truenos que anunciaran nada, como si el cielo se hubiera cansado de guardar las formas.
Marlowe Whitfield salió del edificio Savery con la carpeta de exámenes apretada contra el pecho y una American Spirit sin encender entre los dedos, porque llevaba tres semanas intentando dejarlo y esa tarde no era la indicada para conseguirlo.
Miró el reloj. Las seis y once. La reunión del departamento se había alargado media hora más de lo previsto por culpa de Donovan Price, el nuevo catedrático adjunto, empeñado en discutir si Kant merecía seguir siendo obligatorio en el programa de segundo curso.
Marlowe pensaba que sí. Donovan pensaba que no.
Habían acabado gritándose educadamente delante de una cafetera que llevaba dos días sin lavarse.
El campus de la Universidad de Washington en noviembre tenía ese color gris verdoso que solo entendían quienes habían vivido allí más de un invierno.
Los arces se habían quedado sin hojas la semana anterior y ahora la lluvia las pegaba al suelo como si quisiera borrar cualquier prueba de que alguna vez habían sido rojas.
Se subió el cuello del abrigo y caminó hacia la parada de Uber que había pedido diez minutos antes. El teléfono le vibró en el bolsillo.
“Tu conductor ha cancelado el viaje.”
—Genial —dijo en voz alta, a nadie.
Pidió otro. Esta vez tardó cuatro minutos en aparecer un coche, y cuando por fin vio los faros acercarse por la calle 15, ya tenía el pelo empapado y las gafas cubiertas de gotas que no le dejaban leer bien la matrícula.
El coche no era el que esperaba. No tenía el logo pegado al parabrisas ni la pegatina fluorescente en la puerta. Era un sedán azul oscuro, viejo pero cuidado, con un taxímetro de verdad en el salpicadero, de esos que ya casi nadie usaba en la ciudad.
—¿Va a algún sitio o solo va a mirarme desde ahí? —preguntó una voz desde dentro, con la ventanilla bajada un palmo.
Marlowe se agachó. El hombre que conducía tendría su edad, quizás un par de años más, con el pelo oscuro pegado a la frente por la humedad que entraba por la ventanilla y una chaqueta vaquera forrada por dentro que había visto días mejores.
Tenía los ojos de un color difícil de definir bajo esa luz, entre el verde y el gris del propio cielo de Seattle.
—Estoy esperando un Uber.
—Pues yo soy taxi. Distinto gremio.
—Ya lo veo.
—¿Sube o se queda ahí plantada cogiendo una pulmonía?
Marlowe consultó el teléfono. El conductor de la aplicación llevaba parado en el mismo punto del mapa durante los últimos noventa segundos, sin moverse, con ese icono de coche azul que parecía burlarse de ella.
—¿A Wallingford, por Ballmer Road? Antes de la manzana con la ferretería.
—Sé dónde está Wallingford. Llevo veintidós años conduciendo por esta ciudad.
—No preguntaba si lo sabía. Se lo estaba diciendo.
Él soltó una risa corta, casi sorprendida, y estiró el brazo para abrir el seguro de la puerta de atrás.
—Suba, profesora.
—¿Cómo sabe que soy profesora?
—No lo sabía. Ahora sí.
Marlowe se metió en el coche maldiciendo por dentro su costumbre de darle pistas a los desconocidos sin darse cuenta. Olía a cuero viejo, a algo de menta y, por debajo, a lluvia seca sobre tela, ese olor particular que cogen los coches en las ciudades donde no para de llover nunca del todo.
—El taxímetro está encendido —dijo él, señalando el aparato—. Le va a salir más barato que el Uber que la ha dejado tirada, para que lo sepa.
—No me ha dejado tirada. Ha cancelado.
—Es lo mismo con otro nombre.
Marlowe se abrochó el cinturón y dejó la carpeta de exámenes sobre las rodillas. El conductor arrancó y giró en dirección a la 45, esquivando un autobús que se había parado en doble fila delante de una cafetería.
—¿Da clases de qué?
—Filosofía.
—Interesante.
—No hace falta que finja interés.
—No estoy fingiendo. Llevo un taxista de Missoula el mes pasado que me contó toda la teoría de las cuerdas durante cuarenta minutos y no me enteré de nada, pero al menos hablaba. Usted lleva rato mirando por la ventana como si yo no existiera.
Marlowe le miró por el retrovisor. Tenía una cicatriz pequeña encima de la ceja izquierda, apenas una línea blanca, y las manos sobre el volante eran grandes, con los nudillos algo hinchados, como de alguien que se ha peleado con la vida más de una vez.
—Perdone. Ha sido un día largo.
—¿Los exámenes esos son de sus alumnos o suyos?
—Mías. Los corrijo yo. Todavía.
—¿Y qué les pregunta? ¿Si un árbol hace ruido si se cae en el bosque y no hay nadie para oírlo?
—Esa pregunta la hacen los que nunca han estudiado filosofía en serio.
—Ah. Perdón por la osadía.
—No pasa nada. Todo el mundo tiene una pregunta de filosofía de aficionado guardada para la ocasión.
—¿Cuál es la mía entonces?
—Ninguna, de momento. Ha preguntado por un árbol en un bosque.
Él soltó otra carcajada, esta vez más larga, y dio un golpecito al volante con la palma de la mano.
—Me llamo Asa.
—Marlowe.
—Marlowe. Como el escritor.
—Como el escritor —confirmó ella, un poco sorprendida de que lo supiera.
—Mi madre leía mucho. Yo menos, mi madre más. Nombre bonito, en cualquier caso.
El coche subió por Latona Avenue y giró después hacia Wallingford.
Marlowe fue reconociendo las calles bajo la lluvia: la tienda de discos con el letrero de neón fundido en la B, la panadería que cerraba a las siete, el cruce donde siempre había un charco enorme que nadie del ayuntamiento se molestaba en arreglar.
—Es aquí —dijo, señalando la ferretería.
Asa detuvo el coche junto al bordillo y miró el taxímetro.
—Catorce con veinte.
Marlowe sacó la cartera y le tendió un billete de veinte.
—Quédeselo.
—No necesito su compasión, profesora.
—No es compasión. Es propina. Que es lo que se le da a la gente que hace bien su trabajo, algo que por lo visto ya no se estila.
Asa cogió el billete, lo dobló por la mitad y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta sin contarlo.
—Gracias.
—Gracias a usted por rescatarme de la lluvia.
—Para eso estamos. Para rescatar a la gente de la lluvia, aunque sea en un coche que huele a menta rancia.
—No huele mal.
—Es que usted todavía no lo ha olido en agosto.
Marlowe sonrió, abrió la puerta y salió al aguacero. Antes de cerrarla, se agachó un momento para mirarle.
—Gracias, Asa.
—De nada, Marlowe.
Cerró la puerta y corrió hacia el portal de su edificio, un bloque de ladrillo de tres plantas con las escaleras de incendios pintadas de un verde que ya nadie recordaba de qué tono había sido en origen.
Cuando llegó al rellano y se quitó el abrigo empapado, se dio cuenta de que llevaba media sonrisa pegada a la cara sin motivo aparente, y tardó un rato en quitársela.