CAPÍTULO 7
Las semanas siguientes transcurrieron con una facilidad que a Marlowe le resultaba casi sospechosa.
Asa se quedaba a dormir tres o cuatro noches por semana, dejaba un cepillo de dientes en el vaso del baño sin pedir permiso y aprendió, sin que ella se lo pidiera, a preparar el té de jengibre que Marlowe tomaba antes de dar sus clases de las ocho de la mañana.
Todo se complicó el día que Donovan Price organizó la cena anual del departamento de filosofía, un evento obligatorio al que Marlowe llevaba tres años acudiendo sola.
—¿Quieres venir? —le preguntó a Asa, casi de pasada, mientras cenaban en la cocina del apartamento de él.
—¿A una cena de filósofos?
—Sí.
—¿No se van a reír de mí por conducir un taxi?
—Si alguien se ríe de ti, se las verá conmigo.
Asa aceptó, aunque con una tensión visible en los hombros que Marlowe no supo interpretar del todo hasta que llegaron al restaurante, un local elegante en Capitol Hill con manteles de lino y una carta de vinos que costaba más que el sueldo semanal de Asa.
La cena empezó bien. Donovan, sorprendentemente educado esa noche, le preguntó a Asa por su trabajo con un interés que parecía genuino. Todo cambió con los postres, cuando una profesora visitante de Stanford, llamada Bettina Ashcroft, preguntó con una sonrisa que pretendía ser inocente:
—¿Y usted a qué se dedica, si puede saberse?
—Conduzco un taxi.
—Qué original —dijo ella, con un tono que dejaba claro que no lo encontraba original en absoluto—. ¿Y cómo se conocieron ustedes dos?
—Me recogió en su taxi una noche de lluvia.
—Qué romántico —siguió Bettina, mirando a los demás comensales como buscando cómplices para la burla—. Como en las películas. Aunque supongo que a veces las cosas más románticas son las más improbables, ¿verdad?
Se hizo un silencio incómodo en la mesa. Marlowe sintió que la sangre le subía a la cara, pero antes de que pudiera decir nada, Asa habló con una calma que a ella le pareció admirable.
—Improbable, sí, supongo. Aunque no tanto como que una profesora de Stanford necesite hacer sentir pequeño a un desconocido para sentirse ella un poco más grande.
Bettina se quedó callada, roja hasta las orejas, y el resto de la mesa carraspeó y cambió de tema con una torpeza generalizada. Marlowe apretó la mano de Asa por debajo del mantel.
De vuelta a casa, en el coche, Asa condujo en silencio durante varios minutos.
—¿Estás bien? —preguntó ella al fin.
—Estoy acostumbrado a esas miradas. No es la primera vez.
—No debería pasarte con la gente que yo conozco.
—Marlowe, esto va a pasar más veces. Tus colegas viven en un mundo donde el estatus se mide en publicaciones y becas.
Yo mido mi día en carreras y propinas. Antes o después alguien más lo va a señalar, y no sé si quiero que sigas defendiéndome delante de tus amigos como si fuera un asunto pendiente.
—No eres un asunto pendiente.
—Entonces qué soy.
—Eres la persona con la que quiero estar. No hace falta que eso se traduzca en un título en tu tarjeta de visita.
Asa detuvo el coche frente al edificio de ella, apagó el motor y se quedó mirando el volante durante un rato largo.
—Tengo miedo de que en algún momento te des cuenta de que te merece alguien más parecido a ti.
—Asa, mírame.
Él la miró.
—No quiero a alguien parecido a mí. Ya estuve casada con alguien parecido a mí y fue un desastre bien vestido. Te quiero a ti, con tu taxi y tu bourbon bueno y tu cicatriz en la ceja.
—¿Acabas de decir que me quieres?
Marlowe se dio cuenta, tarde, de lo que había dicho.
—Ha salido solo.
—Pues que siga saliendo, porque yo también te quiero, y llevaba dos semanas sin decirlo por miedo a espantarte.
Se besaron en el coche, bajo la lluvia que golpeaba el parabrisas, con una ternura distinta a la de las noches anteriores, más lenta, más consciente de lo que significaba lo que acababan de decirse.
CAPÍTULO 8
Diciembre trajo la primera nevada de verdad, algo poco habitual en Seattle, donde la nieve solía quedarse en las colinas del este y rara vez bajaba hasta la ciudad. Marlowe se despertó esa mañana con el apartamento en penumbra azulada y los tejados de Wallingford cubiertos de blanco.
Asa había pasado la noche allí, y cuando ella se giró en la cama lo encontró ya despierto, mirando el techo con las manos cruzadas detrás de la cabeza.
—Ha nevado.
—Lo sé. Llevo despierto un rato mirando cómo cae.
—¿No tienes turno hoy?
—Lo he cancelado. Nadie va a coger un taxi con esta nieve, van a quedarse todos en casa bebiendo chocolate caliente como gente sensata.
—¿Y qué propones que hagamos nosotros, gente sensata?
Asa se giró hacia ella, apoyando la cabeza en la mano, y la miró con una expresión que Marlowe ya había aprendido a reconocer: la de cuando estaba a punto de decir algo que llevaba tiempo pensando.
—Propongo que nos quedemos aquí todo el día, sin salir, sin mirar el móvil, sin corregir exámenes ni preocuparnos por profesoras de Stanford con aires de grandeza.
—Me parece un plan excelente, académicamente hablando.
Él sonrió y la atrajo hacia sí, besándola despacio, con esa calma de las mañanas sin obligaciones. El beso fue creciendo poco a poco, sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo por delante, cosa que, por primera vez en mucho tiempo, sentían que era verdad.
—Marlowe.
—Dime.
—¿Puedo confesarte algo?
—Claro.
—Llevo pensando, desde que dijiste lo que dijiste en el coche, que quiero que esto dure. No como novedad de invierno. Como algo de verdad.
—Yo también lo quiero.
—Entonces quédate aquí conmigo hoy, y mañana, y todos los días que la ciudad nos deje.
—Eso ha sonado sospechosamente a poesía barata para ser un hombre que dice no leer nada.
—Me lo guardaba para una ocasión especial.
Pasaron la mañana enredados entre las sábanas, sin prisa, redescubriéndose con una lentitud nueva, distinta de la urgencia de las primeras veces.
Asa recorrió su cuerpo entero con las manos y con la boca, deteniéndose en cada lugar donde ella respondía con un suspiro más marcado, aprendiendo su cuerpo como quien memoriza las calles de una ciudad nueva, con paciencia y con gusto.
Cuando por fin se unieron, lo hicieron mirándose a los ojos, sin prisa, dejando que el placer se construyera despacio, como una ola que tarda en romper pero que arrastra con más fuerza cuando por fin lo hace.
Marlowe sintió que aquella vez había algo distinto en la manera en que se movían juntos, una sincronía que no tenía nada que ver con la técnica y todo que ver con la confianza que habían ido construyendo semana a semana.
Después, exhaustos y satisfechos, se quedaron mirando la nieve caer al otro lado de la ventana, envueltos en la misma manta, con las piernas entrelazadas.
—¿Sabes qué pensé la primera noche que te vi, empapada, discutiendo conmigo por lo del Uber? —preguntó Asa.
—¿Qué pensaste?
—Pensé: esta mujer no va a tener piedad conmigo. Y no me equivoqué.
—Y yo pensé: este hombre es demasiado directo para ser real.
—¿Y ahora qué piensas?
Marlowe se giró para mirarlo de frente, con la nieve cayendo silenciosa detrás de él y la habitación oliendo todavía a ellos dos.
—Ahora pienso que menos mal que canceló aquel Uber.
—Eso no fue cosa mía.
—Ya lo sé. Pero menos mal, de todos modos.
Se quedaron así, en silencio, escuchando la ciudad amortiguada por la nieve, sin ninguna prisa por que aquel día terminara.