Ruta hacia el este (Serie Legado 4) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Esa esperanza se desvaneció cuando Luke dijo amablemente a la media docena de hombres de la mesa:

—Izzy es mi joven pupilo. Me lo llevo a él y a sus hermanos de vuelta con sus abuelos. Pensé en mostrarle una pizca de la vida que está dejando atrás para irse a vivir a Kentucky.

Ellie había oído la historia demasiadas veces como para mostrar su incomodidad ante sus mentiras sin importancia.

Sonrió distraídamente mientras los hombres la tomaban el pelo con las bromas que no variaban de pueblo en pueblo.

Demasiado pronto sacaron las cartas y se vio envuelta en la fiebre del juego una vez más.

El cansancio la agobiaba antes de que los hombres decidieran que ya habían intercambiado suficiente oro por esa noche.

La elegante mesa de juego, con su tapete de fieltro verde que representaba el palo de picas desde el as hasta el rey y el tablero al estilo ábaco para llevar la cuenta de las cartas jugadas, no cambiaban mucho el juego respecto a las condiciones primitivas en las que habían jugado anteriormente.

Cuando Luke le dio las ganancias para que las guardara en su bolso, se reservó lo suficiente para invitar a una ronda de bebidas a sus nuevos amigos.

Se sentaron y recordaron experiencias comunes en California mientras ella se dirigía hacia las escaleras.

Tenía el pie en el primer escalón cuando vio que uno de los mineros había decidido no esperar a subir con su pareja elegida.

Disgustada, se dio la vuelta para buscar otro camino hacia el segundo piso. Se preguntó si algún lugar podría ser tan horrible como Joplinville. Las historias de San Francisco y los establecimientos de mala reputación de allí palidecían en comparación con lo que había visto allí.

Una puerta a la izquierda del bar la condujo hacia la noche.

Tembló de frío. El tiempo se estaba volviendo más gélido a medida que se adentraban en las montañas.

Se preguntó cuánto tiempo más podrían permitirse retrasarse.

Cargando con las alforjas sobre los hombros, se preguntó si Luke estaría satisfecho con lo que habían ganado y aceptaría llevarlos al este ahora.

Tras el alboroto del salón, la quietud en la parte trasera del edificio parecía ambrosíaca. Respiró hondo para limpiar de su cuerpo el hedor del bar. La lluvia había cesado y las estrellas admiraban sus fríos reflejos en los charcos.

Su satisfacción por haber escapado del salón se desvaneció. Algo andaba mal. Esa sensación interrumpió sus pensamientos agradables. Ellie miró por encima del hombro, pero no vio a nadie. La sensación de que la seguían no se desvaneció.

Con fuerza, se dijo a sí misma que dejara de ser tonta. Los chicos estaban dormidos arriba. Ahí era donde ella también quería estar. Que Luke decidiera subir o no era decisión suya. Por muy ocupado que hubiera estado en esa discusión, dudaba de que lo viera antes de que se levantaran al mediodía.

Una tabla crujió tan fuerte como un chillido en la oscuridad de la madrugada.

Se giró y vio a dos hombres en la pasarela de madera.

El miedo la hizo echar a correr antes de que su mente tuviera tiempo de pensar.

El sonido de sus pasos detrás de ella la impulsó a correr a toda velocidad.

Sus dedos se aferraron desesperadamente a la barandilla de la escalera.

Una vez que llegara a su habitación, podría atrancar la puerta y esperar a que se marcharan.

De la oscuridad frente a ella surgió una silueta en las sombras.

Sus manos la agarraron antes de que pudiera eludirlas.

Abrió la boca para gritar, pero un puñetazo en la sien la hizo perder el equilibrio.

Las alforjas se le cayeron del hombro y se estrellaron a su lado en la pasarela.

Se le nubló la vista. Gimió mientras se llevaba las manos a la cabeza dolorida.

Al levantarse de un tirón, vio que los tres hombres se habían convertido en una docena, pero no confiaba en que sus ojos le dijeran la verdad.

No podía distinguir dónde terminaba cada forma ondulada y dónde comenzaba la siguiente.

Alguien le agarró los brazos y se los sujetó a la espalda.

No vio el puño hasta que emergió de la oscuridad para golpearla de nuevo.

El sabor salado de la sangre le llenó la boca, pero no tuvo tiempo de reaccionar mientras la golpeaban una y otra vez. Oyó risas exultantes. Sus palabras burlonas no atravesaban el dolor.

De repente, la dejaron caer y aterrizó con fuerza sobre la madera. Los pasos que se alejaban se desvanecieron en la noche mientras ella intentaba respirar sin provocar más dolor. Sus dedos buscaron a tientas las alforjas, pero no las encontró. Cada movimiento exacerbaba su agonía.

—¡Ellie! ¡Oh, no!

Las palabras resonaban en su cabeza, pero no encontraba ninguna con la que responder. Intentó levantar la mano. Esta cayó de nuevo sobre la tierra humedecida por su propia sangre.

Gritó cuando unas manos suaves la giraron sobre su espalda. Se movieron a lo largo de su cuerpo siguiendo un recorrido tortuoso. Maldiciones en una voz familiar flotaban a su alrededor, pero no podía pensar en nada más que en la angustia de su cuerpo maltrecho.

—¿Ellie? Ellie, cariño, ¿me oyes?

Lo que murmuró no se correspondía con los pensamientos de su mente. Parecía desconectada, como si estuviera a la deriva en un mar de dolor, con un cuerpo que ya no era el suyo.

—Cariño, tengo que llevarte arriba. No puedes quedarte aquí. Te va a doler porque creo que tienes al menos una costilla rota. ¿Me oyes? Cariño, lo siento. Esto te va a doler.

Su mundo estalló en un tormento al rojo vivo mientras la fuerza de sus heridas la abrumaba. Aun cuando el murmullo de sus palabras reconfortantes la rodeaba, se desvaneció en la inconsciencia, tranquila al saber que Luke la cuidaría.

—¡Maldita sea!

Fue la última palabra que recordaba haber oído antes de desmayarse. La misma palabra la devolvió a la plena conciencia. El agua le goteaba en la cara. Extendió una mano para apartarla y gimió.

El rostro de Luke apareció ante su vista. Sonrió, pero ella supo que era una sonrisa falsa. Sus labios se tensaban demasiado sobre los dientes. Había una jovialidad fingida en su voz.

—¿Ya despiertas, pequeña? Pensé que volverías con nosotros rápidamente. Eres una chica dura.

—¡Ellie! ¡Ellie!

Ella se estremeció cuando aquellas palabras infantiles le atravesaron la cabeza.

—Sentaos, chicos —ordenó él en voz baja—. Podréis verla en un momento.

A través de sus labios hinchados, murmuró:

—Nos han robado las alforjas. Se han llevado todo nuestro dinero...

—Calla, cariño. No importa.

Le limpió los cortes de la cara con un paño húmedo. Cuando ella gimió, él maldijo en silencio.

Era culpa suya. Había alardeado de su buena suerte. Alegremente le había entregado el oro a Ellie a la vista de todos los demás. Al enviarla como un cordero sacrificial, había garantizado que fuera atacada por hombres que harían cualquier cosa por el brillo escondido en las alforjas.

Bajó la mirada hacia su rostro, que ya no se parecía al hermoso rostro al que estaba acostumbrado a ver. Uno de sus ojos ya se había puesto morado. Tenía la boca cubierta de sangre seca. Aunque no la había examinado por completo, sospechaba que habría otras marcas visibles en su cuerpo.

Ese pensamiento le endureció la espalda. Tenía que vendarle las costillas. Mirándola a los ojos, vidriosos de dolor, dijo lentamente:

—Cariño, ¿puedes sentarte?

—¿Sentarme?

La idea le parecía absurda. La mera idea de moverse le provocaba espasmos de angustia.

—Son tus costillas. Si quieres, puedo vendarlas así, pero pensé que...

No sabía qué más decir. Desde el comienzo de sus viajes, Ellie había protegido su pudor de forma obsesiva. Solo la noche en que ella le suplicó que la amara había podido vislumbrar la esbelta figura que le ocultaba.

—¿Me ayudarás? —susurró ella.

Su rostro se contorsionó al levantar la mano hacia él. Ese simple movimiento le atravesó el cuerpo como una puñalada de dolor.

A pesar de sus esfuerzos por ser delicado, ella gritó cuando él la incorporó hasta dejarla sentada.

Con voz débil, hizo un gesto con la mano para desestimar sus disculpas mientras sus ojos nublados se dirigían a los rostros pálidos de sus sobrinos.

En sus expresiones de conmoción, se dio cuenta de que tenía un aspecto tan horrible como se sentía.

Le temblaban tanto los dedos que no creía poder desabrocharse la camisa. Luke no la metió prisa.

—No hace falta que te desabroches la camisa. Es lo suficientemente grande como para que puedas simplemente levantarla y apartarla. Así podré envolverte con esta venda para aliviar el dolor.

—De acuerdo —susurró ella.

En ese momento habría hecho cualquier cosa por aliviar aquella agonía que le destrozaba la mente.

Sin apartar la vista de la pared, Luke le enrolló la tela alrededor de la cintura, por encima de la camisa de seda que ceñía su cuerpo. La ató bajo los pechos y retiró los dedos. Al ver que ella no se movía, le bajó la camisa para cubrir la tela chillona que había comprado al tabernero.

—Mientras estás sentada, bebe esto.

Sus manos temblorosas se cerraron sobre el vaso. No tuvo que preguntar qué había vertido en él. Aunque el whisky le quemaba por dentro, sabía que aliviaría su dolor. Intentando evitar saborearlo, lo tragó tan rápido como pudo.

Cuando terminó, él volvió a llenar el vaso y le indicó que se lo bebiera también. Rezando para que su estómago no la avergonzara, obedeció valientemente sus órdenes.

En cuestión de minutos, una cálida neblina la envolvió. Cuando Luke la recostó sobre las almohadas, ella soltó una risita entre gemidos. La risa le dolió aún más, pero se limitó a tenderle el vaso.

—No sabe tan mal una vez que te acostumbras —murmuró—. ¿Me das un poco más? Me hace sentir como si estuviera volando.

Extendió los brazos y luego gimió, pues el movimiento le dolió. Los restos de whisky salpicaron la pared sobre la cama, dejando un patrón de puntos abstractos.

—Creo que ya has bebido suficiente.