Russian Hill (Thriller del FBI de Abby Kane 3) CAPÍTULO SESENTA Y OCHO
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CAPÍTULO SESENTA Y OCHO

Jing Woo nunca lo vio venir.

Eso le ocurre a quien vive por encima de los demás: se cree intocable. Incluso momentos antes de que le echaran la puerta abajo, Jing gobernaba como un aristócrata con súbditos fieles. Jamás, ni en sus peores pesadillas, habría imaginado que el final llegaría así. Pero llegó.

El reinado del hombre más poderoso de todo Chinatown había terminado.

Pero Jing no solo era conocido por eso. También era el mayor donante privado del barrio y un organizador comunitario muy respetado, al menos de puertas afuera.

Había impulsado una docena de programas extraescolares para niños chinos, mejoras en Portsmouth Square, numerosos eventos de difusión cultural china y varios proyectos de embellecimiento por todo Chinatown.

Incluso había ayudado a financiar el Centro de Desarrollo Comunitario de Chinatown, cuya función principal era ofrecer viviendas asequibles a los inmigrantes chinos.

A todos los efectos, Jing Woo era un héroe para la comunidad.

Pero todo era una fachada, porque tanta bondad tenía un precio muy alto.

Jing Woo gobernaba mediante el miedo. Y su control sobre Chinatown era férreo e impenetrable, incluso para el Departamento de Policía de San Francisco.

Ganaba millones con el tráfico de opio, armas de fuego, mujeres e incluso fuegos artificiales.

Dirigía los salones de masajes y las partidas clandestinas de Mahjong.

Todos los negocios de Chinatown pagaban tributo, o dejaban de existir.

Durante años, Jing vio cómo sus ingresos aumentaban sin cesar; no había nada que no pudiera introducir o sacar de contrabando de Chinatown.

Por cada dólar que invertía en la comunidad, recuperaba mil.

Hacerse pasar por el Robin Hood del barrio era pan comido.

¿Quién iba a querer derribar al héroe del pueblo?

Jing Woo pronto lo descubrió.