CAPÍTULO CINCUENTA Y OCHO
Kang, Monte y yo llegamos a Portsmouth Square en una furgoneta camuflada poco después de las tres y media de la madrugada del domingo.
Llevábamos puestos los disfraces por si nos veía algún transeúnte o, de algún modo, el cerebro del caso.
Monte estaba en la parte de atrás ultimando la cabeza protésica. —¿Ya casi terminas? —le pregunté.
—Sí. Preparar la escena de un crimen... es tan emocionante.
—Tú no vas a preparar nada.
Monte se detuvo y me miró. —¿Qué? ¿Por qué no puedo ayudar?
Me encogí de hombros preguntándome por qué tenía que dar explicaciones. —Porque lo digo yo.
Aquella noche, una luna creciente y una densa niebla nos brindaron la cobertura perfecta para lo que teníamos que hacer.
En la parte de atrás de la furgoneta llevábamos el ciclomotor del restaurante del primo de Kang, con la cabeza decapitada ya colocada.
Monte había añadido los detalles sangrientos durante el trayecto a la plaza.
Debo admitir que el maldito artilugio parecía más real de lo que había imaginado.
Aparcamos y esperamos dentro de la furgoneta unos minutos, vigilando la zona. El plan era preparar la escena, sacar unas fotos y largarnos. Calculábamos que toda la operación nos llevaría unos quince minutos.
Kang bajó la moto de la parte trasera del vehículo por una pequeña rampa portátil. Nuestro objetivo era el centro de la plaza, donde una farola proyectaba una luz tenue. Pasamos otros diez minutos tomando fotos y grabando vídeo.
—¿Cuánto tiempo esperamos antes de subir las pruebas a la aplicación? —preguntó Kang.
—Si los verdaderos Carlson hubieran hecho esto, todavía estarían saboreando la euforia del crimen. Sé que los dos estamos impacientes, pero quizá sea mejor esperar un día.
Desde las sombras emergió Quai Chan, invisible a simple vista gracias a su atuendo habitual: un traje negro de kung-fu.
Los ojos y oídos de Chinatown le habían alertado de la llegada de la pareja a la plaza.
Llegó a tiempo para verlos sacar un ciclomotor del vehículo y aparcarlo bajo una farola.
Por las descripciones que le había dado Lee, el dueño de la Fábrica de Galletas de la Fortuna, sabía que eran ellos. «Quizá viva» , pensó Quai.
Hizo un gesto con la mano, como si llamara a alguien. Y así era. Cuatro figuras oscuras surgieron de las sombras y se dispersaron alrededor de la plaza. En cuestión de segundos, Quai y sus hombres habían rodeado a la pareja mientras esta fotografiaba la moto.
Un segundo después, un hombre blanco salió de la furgoneta, se acercó a la pareja y empezó a sacar fotos. La mujer señaló de inmediato la furgoneta con el brazo tieso como una flecha. Con el otro lo hizo girarse y lo empujó de vuelta hacia el vehículo.
Quai no necesitaba ver más. Hizo una señal a sus hombres y todos se levantaron a la vez de sus escondites, a apenas cinco metros de distancia. Llevaban largos tubos de madera pegados a los labios. Segundos después, los tres individuos cayeron al suelo, inconscientes.
Los hombres de Quai metieron rápidamente los cuerpos en la furgoneta y se alejaron mientras él observaba las luces traseras desvanecerse en la bruma gris.
Quai se incorporó de su posición agachada, juntó las manos y las extendió con las palmas hacia fuera, haciendo crujir los nudillos en cascada antes de dirigirse hacia el ciclomotor.
Observó el nombre del restaurante y lo que había en el contenedor, pero no mostró reacción alguna al ver la cabeza ensangrentada. Era imposible saber si se lo había creído.