CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE
Kang estaba ocupado comiéndose un pastel de arroz y me saludó alzando las cejas. Me indicó con un gesto que cogiera una bolsa de su mano mientras tragaba. Dentro había otro pastel de arroz.
—Adelante. Lo compré para ti —consiguió decir entre bocado y bocado.
Cogí la bolsa, saqué el pastel de arroz y le di un mordisco. Perfectamente dulce, con el punto justo de textura pegajosa. Asentí con aprobación mientras masticaba.
La cabeza de Kang se movía arriba y abajo al mismo ritmo que la mía.
—Están buenos, ¿eh? Los compro en la tienda de dim sum de Jackson. Hacen los mejores, en mi opinión. Entonces, ¿por qué estamos aquí?
—Sígueme —dije mientras me metía en la boca el último trozo.
Lo guie hacia el oeste por Washington hasta Ross Alley.
—La Fábrica de Galletas de la Fortuna está aquí —afirmó Kang.
Puse a Kang al corriente de mis ideas: la Fábrica de Galletas de la Fortuna era un lugar real y el Festival del Barco Dragón había sido un evento. Pensé que podríamos sacarle alguna información. Estuvo de acuerdo, pero señaló que no íbamos caracterizados.
—No queremos hacernos pasar por los Carlson. Si alguien en la fábrica les dio la respuesta que necesitaban, esa persona sabría qué aspecto tenían.
El rostro de Kang se ensombreció.
—¿Qué?
—Si eso es cierto, entonces ya saben qué aspecto tienen los Carlson y podrían haberse dado cuenta de que la pareja de Treasure Island no eran ellos.
—Ya lo sé, pero es la situación en la que estamos. Además, no sabemos si los Carlson iban disfrazados cuando vinieron aquí. Ya es tarde para dar marcha atrás. Sigamos adelante. Hoy somos turistas normales que vienen a ver cómo se hacen las galletas de la fortuna.
—Eso lo dices tú, que vas con vaqueros y sudadera con capucha. Yo voy de traje.
—Nadie te obligó a vestirte así esta mañana.
Me di la vuelta y me encaminé hacia el callejón.
—Haremos como que no nos conocemos —me dijo a mis espaldas.
—Hecho.
Era temprano, así que no había mucha gente, lo cual venía bien porque la fábrica de galletas no era muy grande. Me abrí paso hacia el interior, dejando a Kang fuera estirando el cuello por encima de la gente para echar un vistazo.
Me abrí paso hasta la cuerda que marcaba el límite del área pública, un espacio de unos dos metros y medio por dos metros y medio, y me encontré junto a una pareja francesa.
La mujer posaba frente a una chica que hacía galletas mientras su marido le sacaba una foto.
Un anciano chino, cerca de allí, recogía dinero de otros turistas deseosos de hacerse fotos.
No pude evitar oír a una mujer que susurraba a su amiga.
—Esa mujer china está haciendo galletas de la fortuna —dijo—. Así, sin más... doblando un cuadradito de masa. ¿No te parece increíble?
¿Qué? ¿Hornear? ¿Nunca has visto a nadie hornear galletas?
Puse los ojos en blanco y solté un suspiro.
Cuando se hicieron sus fotos, me acerqué al hombre que recogía el dinero.
Dado que el público tenía acceso limitado a la fábrica y él era la única persona con quien hablar, los Carlson debieron de haber interactuado con él.
—¿Qué tal el negocio? —pregunté.
Sonrió y asintió.
Cogí una bolsa de galletas de la fortuna recién hechas de un estante cercano.
—¿Cuánto es? —pregunté.
Levantó cuatro dedos.
Conocía el acertijo de este lugar, La buena fortuna viene en muchas formas diferentes , pero no estaba segura de si decirlo directamente era lo correcto, puesto que ya lo habían resuelto. Opté por probar primero con una variación.
—¿Hacen galletas de la fortuna con diferentes formas?
Sonrió.
Bueno, eso no me llevó a ninguna parte. Probemos a ir al grano.
—La buena fortuna viene en muchas formas diferentes, o eso he oído.
Siguió mirándome con su sonrisa y no dijo nada.
Finalmente mencioné el nombre del juego. Quizá sea igual para todos los acertijos. La misma respuesta. Como mi menuda persona ocupaba un espacio valioso y el anciano no respondía, dejé mi sitio y me abrí paso de vuelta hacia Kang.
—Bueno, ¿qué me he perdido? ¿Has hablado con el viejo? —preguntó Kang.
—Sí.
Le conté lo que le había dicho y que no había obtenido respuesta.
—¿Crees que a lo mejor nos hemos equivocado y que los Carlson nunca vinieron aquí?
—Qué va.
Negó con la cabeza y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
—Este tiene que ser el sitio. El único otro fabricante local de galletas de la fortuna está en Los Ángeles.
Supongo que montaron algo aquí para conseguir la contraseña, como una galleta de la fortuna especial o quizá incluso una persona disfrazada como en la carrera de botes.
Una vez que consigues la contraseña, puede que ese algo especial desaparezca.
—Sí, seguramente.
Golpeteé el suelo con el pie.
—Algo te preocupa —dijo Kang.
—Hay algo en ese viejo que no me cuadra, pero no consigo descifrar qué es. Venga —dije, dándome la vuelta—, vámonos de aquí. Mañana tenemos que madrugar.
El anciano chino llamó a uno de sus trabajadores para que se pusiera delante a recoger el dinero mientras él desaparecía por una puerta en la parte trasera de la fábrica.
En la pequeña oficina había dos hombres jóvenes contando fajos de billetes.
Les habló en chino y ellos se levantaron de inmediato y salieron de la habitación. Después hizo una llamada con el móvil.
—Encuentro pareja otra vez.
—¿Dónde?
—En tienda. Los hago seguir.
—Bien.
El anciano colgó el teléfono y se sentó en una silla junto al escritorio.
Soltó un suspiro largo y lento mientras se secaba la frente con un pañuelo.
Se recostó y dejó que su cuerpo se relajara.
Se había redimido y estaba convencido de que ahora se encontraba en mejor posición con Quai Chan.
En las carreras de botes dragón, su trabajo había sido entregar la contraseña a los Carlson.
De hecho, había sido el encargado de entregar todas las contraseñas.
Cuando Jing Woo, el jefe de Chinatown, le ordenó seguir a aquella extraña pareja ese día, no había logrado localizarlos.
Esto no le sentó nada bien a Jing, y Quai le dejó muy claro que tenía tres días para rectificar la situación.
El anciano se levantó la camisa dejando ver el torso envuelto firmemente en vendas. Aún tenía las costillas doloridas, y la herida en el abdomen había empezado a cicatrizar. Se bajó la camisa y soltó otro largo suspiro. La buena fortuna se presenta de muchas formas.