CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO
Nuestra idea, dada la situación, era sencilla y no requería muchos recursos: algo que los Carlson podrían ejecutar sin problemas.
Simplificamos la propuesta de Reilly de descuartizar un cuerpo y meterlo en una réplica de metro y medio de un envase de comida china para llevar, decantándonos por un ciclomotor de reparto.
Estas motos llevaban grandes contenedores térmicos en la parte trasera.
El plan consistía en aparcar una de ellas en Portsmouth Square, un popular parque de una manzana entre Kearny y Grant, y dentro del contenedor iría la cabeza de una persona china: falsa, por supuesto.
Una vez perfilada la idea, nos centramos en la logística.
En teoría sonaba fácil, pero ¿dónde se consigue una cabeza falsa que parezca real?
Contratamos a un artista de efectos especiales en Los Ángeles: Monte Jenkins.
Había pasado años en los Estudios Stan Winston y había sido fundamental en la creación del velociraptor en Parque Jurásico , pero ahora trabajaba por su cuenta.
Nuestro especialista en efectos especiales recalcó que necesitaba al menos dos días para entregar el accesorio terminado.
—Oye, tienes suerte de que tenga una cabeza que puedo restaurar, porque si no estarías hablando de una semana como mínimo —dijo por el manos libres.
También insistió en que lo lleváramos en avión a San Francisco para aplicar los toques finales con sangre de cerdo—.
Es imprescindible para la autenticidad, y hay que aplicarla en el momento del crimen para que la sangre coagule como debe.
No sabía qué me sorprendía más: el nivel de detalle que ese tipo aplicaba a su trabajo o que supiera tanto sobre la descomposición de un cuerpo humano.
Siguiendo el ejemplo de los Carlson, decidimos colocar la moto en el parque a primera hora de la mañana.
Tomaríamos algunas fotos y dejaríamos que la situación siguiera su curso natural.
Con el tiempo, a medida que el parque se llenara de gente, alguien descubriría la cabeza y llamarían al Departamento de Policía de San Francisco.
El FBI también se presentaría, por supuesto, y nosotros seguiríamos el protocolo de procesar la escena del crimen como si fuera real.
Actuamos lo más rápido posible sin pasar por alto ningún detalle.
Creíamos que nuestro éxito dependía de lograr una escena del crimen creíble.
Si quien viera las fotos no se las tragaba, corríamos el riesgo de perder el impulso o, peor aún, al cerebro detrás de todo este juego.
Uno de esos detalles era qué nombre de restaurante poner en el contenedor de reparto.
—¿Por qué tiene que ser un restaurante real? —le pregunté a Kang.
—Bueno, ¿y si este tipo conoce los restaurantes de Chinatown? Sabría que es falso.
Tenía razón. Pero ¿qué restaurante nos permitiría simular el asesinato de uno de sus empleados? La respuesta fue el Dynasty Inn. El dueño era primo segundo de Kang y ofreció su restaurante como señuelo de inmediato.
—¿Así que tu primo no tiene reparos en hacer esto?
—No, qué va. Cree que le dará publicidad —Kang se señaló la sien y giró el dedo—. Sus repartidores usan ciclomotores con contenedores térmicos, así que nos viene perfecto.
Al final, acordamos contar que alguien había robado el ciclomotor del restaurante y que la cabeza no pertenecía a ningún empleado. La noticia decepcionó al primo de Kang. Con el asunto del restaurante resuelto y la hora fijada para el domingo por la mañana, solo nos faltaba la cabeza.