CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO
De vuelta en la oficina del FBI en Golden Gate Avenue, Reilly, Kang y yo nos reunimos alrededor del portátil.
Abrí nuestra quinta atracción y escribí la palabra zongzi como respuesta.
La pantalla se oscureció y apareció un gráfico animado con la palabra «Felicitaciones».
Pequeños fuegos artificiales salían de la parte superior de las letras.
Nos miramos unos a otros, preguntándonos si aquello era algún tipo de broma.
El diseño gráfico recordaba a lo que existía en Internet a mediados de los noventa.
Si a eso le sumabas lo extraño de celebrar otro paso adelante para descubrir cómo se ejecutaría el próximo asesinato, el resultado era perturbador.
Tras unos segundos de fanfarria, el espectáculo de fuegos artificiales desapareció y apareció el pergamino, solo que esta vez la tarea aparecía en la parte inferior.
Cientos de dragones agitan las aguas. Encuéntralos y encontrarás tu pista.
Respuesta: zongzi
Tarea: Pide comida china para llevar.
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—¿Otro acertijo? —Kang se enderezó y se puso en jarras—. Esto es estúpido. ¿Qué clase de asesino se toma tantas molestias para matar a alguien? Si quisieran, podrían salir a la calle y acabar con la primera persona que vieran.
—Estoy con el detective Kang, Abby. No tiene mucho sentido.
Entendía su frustración. El departamento había gastado una fortuna en una operación de vigilancia solo para acabar con un aperitivo de arroz y otro acertijo.
Incluso yo sentí que la duda se colaba en mi cabeza, pero la eché a patadas en cuanto recordé las escenas del crimen de nuestras otras víctimas.
—Miren, chicos, sé que parece que esto no nos lleva a ninguna parte, pero aléjense un momento y observen el panorama completo. Piensen en nuestras otras víctimas y en cómo murieron. Todas las escenas del crimen están conectadas con este juego.
—O tal vez queríamos verlas y forzamos las conexiones —sugirió Kang.
Me volví hacia él.
—Precisamente tú deberías saber que eso no es cierto. El último objetivo también era indirecto: «Deja el corazón de alguien en San Francisco». Solo tenemos que aplicarle un poco de instinto asesino a este.
—Supongamos que llegamos a una interpretación aceptable. ¿Y luego qué? —preguntó Reilly.
—Montamos la escena y enviamos las fotos. Es la única forma de llegar a quien está detrás de todo esto.
—¡Comida china para llevar! —Kang alzó los brazos—. ¿Se puede ser más ambiguo?
Kang siguió con su perorata, pero yo ya había dejado de escucharlo y me concentré en la frase que tenía delante. Pide comida china para llevar. ¿Literal o no? Hmmm... Me pregunto si... ¡eso es!
—Oigan, escuchen. Esto no es un acertijo. Somos nosotros quienes lo estamos convirtiendo en acertijo cuando no debería serlo.
—¿Qué quieres decir? —Reilly arqueó las cejas con los ojos muy abiertos.
—Esto es, y siempre ha sido, cuestión de matar.
Este es el momento en que el asesino hace lo suyo.
Solo necesitan vincular su asesinato a esa frase.
No hay forma correcta ni incorrecta de hacerlo.
A estas alturas, se trata de dar espectáculo.
De lo entretenido o ingenioso que puedan hacer su asesinato.
Kang movía la cabeza de un lado a otro mientras lo meditaba.
—Lo más sencillo sería matar a una persona china. Pero ¿te dan puntos por eso? ¿Basta con eso? ¿Es demasiado obvio? Y si lo es, ¿cómo podría un asesino darle algo de chispa?
Reilly se incorporó.
—Descuartizar el cuerpo y entregarlo en un recipiente grande de comida para llevar.
Kang y yo miramos a Reilly a la vez.
—¿Qué? Estoy improvisando.
—Eso es exactamente lo que necesitamos hacer: proponer un montón de ideas hasta que demos con la indicada.
—¿Cómo sabemos si damos con la indicada?
—Lo sabremos.
Enseguida nos pusimos de acuerdo, y nuestra sesión de brainstorming asesino avanzó a buen ritmo.
En veinte minutos, habíamos anotado quince ideas posibles para nuestro asesinato.
No creía que los Carlson dedicaran mucho tiempo a pensar en la ejecución.
Probablemente se conformaban con la primera o segunda idea viable que se les ocurría.
Los Carlson no eran de los que se obsesionaban con sus métodos.
Lo suyo era la emoción del asesinato por placer, no un ritual que necesitaran completar.
Sin embargo, empecé a entender por qué les atraía este juego y por qué se tomarían tantas molestias en lugar de, como había dicho Kang, «salir y matar a la primera persona que vieran».
Los acertijos y la ejecución creativa multiplicaban la emoción.