Russian Hill (Thriller del FBI de Abby Kane 3) CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES
71%

CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES

Jing Woo pulsó el botón de colgar en su móvil y lo dejó sobre la tambaleante mesa de teca que tenía delante.

Pese a la grieta que recorría toda la superficie, era lo bastante resistente para sostener la tetera que siempre tenía cerca.

Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre varios cojines de seda de colores vivos, apoyado contra otro más grande y mullido que habían colocado contra la pared; no era el despacho que uno esperaría del jefe de la banda local de la Tríada.

Todo el mundo había oído hablar de Jing, pero muy pocos lo habían conocido en persona.

La mayoría de sus conversaciones se hacían por teléfono o a través de intermediarios, y contaba con un ejército de hombres que cumplían sus órdenes.

A Jing le gustaba así. Era lo que lo hacía poderoso, lo que convertía Chinatown en un lugar impenetrable para los forasteros.

Jing se llevó la boquilla de marfil a los labios e inhaló profundamente; el cigarrillo crepitó y ardió con intensidad.

Espirales de humo gris le rodearon la cabeza, visibles gracias al pequeño haz de luz que se filtraba por una ventana esmerilada situada encima.

Grandes velas repartidas por la habitación contribuían al aspecto ominoso proyectando sombras duras y una luz parpadeante.

El mobiliario era escaso: apenas unas pocas mesas pequeñas y estanterías con libros y cerámica china.

Al igual que la mesa, estaban hechas de teca y decoradas con incrustaciones de marfil o nácar.

Muy pocas personas podían entrar en el refugio de Jing. De hecho, solo su asesor de mayor confianza tenía carta blanca para hacerlo. Ese hombre se llamaba Quai Chan, aunque todos lo conocían como la Mantis Negra.

Jing cogió una pequeña campana y la hizo sonar. La puerta se abrió en silencio y un hombre se deslizó dentro. Jing se acomodó sobre los cojines mientras la figura envuelta en sombras se acercaba, hasta que el resplandor rojo le iluminó el rostro.

—Has pedido verme.

—Sí, Quai. Por favor, siéntate. He recibido una llamada interesante sobre el Equipo Carlson. ¿Qué sabes de ellos?

—Han jugado bien sus cartas.

—Así es. Y con mucha creatividad, además. Hoy, sin embargo, no recogieron la contraseña de su objetivo final.

—¿Por qué? ¿No pudieron resolver el acertijo?

—No, no. Ese no fue el problema.

Jing dio otra larga calada y dejó que el humo flotara en el aire.

—¿Entonces qué? —la respuesta de Quai denotaba alarma.

—Apareció otra pareja en su lugar.

—Imposible —soltó Quai.

—¿Lo es? —Jing se llevó la taza de té a los labios.

Quai sabía que eso era el final de la conversación.

Era su trabajo descubrir el problema y solucionarlo.

Se puso de pie e hizo una reverencia respetuosa a su jefe antes de salir de la habitación.

Lo siguiente era encontrar a la pareja de la carrera de dragones de forma discreta.

Jing Woo y los suyos estaban bien protegidos dentro de los límites de Chinatown, pero fuera la cosa cambiaba.

Era importante que trabajaran desde las sombras, especialmente cuando surgían problemas.

Así era como los de su calaña prosperaban en aquel popular barrio.

Quai era un experto en su oficio: la intimidación.

Por eso lo llamaban la Mantis Negra: su capacidad para atacar a un oponente surgiendo de la nada y sin testigos infundía miedo en quienes lo conocían, y una muerte temprana a quienes no.

Además de su astucia callejera, la despiadada habilidad de Quai le había valido el título del asesino más letal de Jing.

Su mayor baza era su altura y peso. No medía más de un metro sesenta y cinco y apenas llegaba a los cincuenta y nueve kilos; era el adversario más insospechado que alguien pudiera enfrentar jamás.