CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
Solo habían pasado tres días desde el incidente en el apartamento, y ya estaba inquieta de estar en casa.
Los niños iban a la escuela durante el día, y Po Po y yo ya habíamos agotado todos los temas de conversación.
Mi único contacto con el trabajo fue un pequeño servicio conmemorativo que celebramos en la oficina por el agente Tucker.
Reilly no puso pegas cuando dije que iría.
La familia de Tucker vivía en Tallahassee, Florida, y allí trasladarían el cuerpo para el funeral, pero solo después de que Green completara la autopsia. Procedimiento estándar.
Kang hizo todo lo posible por mantenerme al tanto con mensajes de texto y llamadas.
Sabía que podía contar con él para estar informada.
Aunque ambos estábamos seguros de que teníamos a nuestros asesinos, la Fiscalía buscaba más pruebas.
Aún no habíamos identificado a los asesinos, que seguían siendo dos desconocidos, y eso era un problema.
Ni siquiera sus huellas dactilares dieron resultados.
No encontramos ningún registro de ellos.
Todavía no sabíamos si eran forasteros o de aquí.
Había muchas preguntas y pocas respuestas.
Esos molestos pero necesarios detalles seguían impidiendo lo que debería haber sido un caso cerrado.
Cuando Kang finalmente pasó a verme en persona, igual que la vez anterior, Po Po lo mandó arriba a mi despacho sin avisar. Menos mal que no trabajo desnuda.
—Tuvimos un golpe de suerte.
Me giré en mi silla justo a tiempo para ver a Kang entrar en mi despacho. Antes de que pudiera reaccionar, se sentó a mi lado y empezó a hablar.
—Un día después de nuestra investigación en el apartamento, uno de los uniformados de la patrulla perimetral me comentó que había visto a un taxista aparcado en el callejón junto al edificio.
—Me gusta cuando la gente hace su trabajo, ¿a ti no?
—Sí, ya le eché una buena bronca. En fin, no consiguió ni nombre ni matrícula, pero dijo que era un Yellow Cab. Así que fui a ver a nuestro amigo de la compañía de taxis…
—¿El de las uñas mugrientas y una oficina que parecía el vertedero de la ciudad?
—Ese mismo. Indagó un poco y me dio dos nombres. Interrogué a los dos.
—¿Y? —pregunté, tensándome un poco.
—Uno de ellos era el conductor del callejón aquel día.
Le sonreí a Kang.
—Buen trabajo, detective.
—Gracias. Por cierto, ¿qué tal la pierna? —preguntó, señalándola.
—Bah. Va curándose poco a poco. ¿Qué te voy a contar? Háblame más de ese taxista.
—Inmigrante de Pakistán —dijo Kang mientras sacaba una pequeña libreta de la chaqueta—. Se llama Yousuf Ijaz. Confirmó que nuestro tipo era su pasajero y que le había prometido cien dólares por esperar en el callejón. Lo recogió en una casa de Russian Hill.
—¿Cerca de ti?
—Qué va, esta era una casa bonita en el lado este con vistas a North Beach y la bahía. Fuera de mi alcance —dijo Kang riendo—. Conseguí una orden de registro y fui para allá enseguida. Encontramos resguardos de billetes de avión con origen en Toronto, lo que sugiere que son canadienses.
—¿Casados?
—Eso parece. También encontramos varios pasaportes y barbas postizas. Parece que el tipo también iba disfrazado. Son profesionales y saben cómo borrar su rastro. Ahora mismo estamos trabajando con las autoridades de Toronto para identificarlos. Pero la cosa no acaba ahí.
Le di a Kang mi mejor imitación de Oliver Twist.
—Más, por favor.
—Encontramos un portátil con fotos y vídeos que documentan sus crímenes.
Me eché hacia atrás en mi silla.
—¡No puede ser!
—Sí, bastante estúpido, ¿eh?
—¿Hasta qué punto es incriminatorio?
Kang se inclinó hacia delante.
—Devastador. Uno de los vídeos muestra a la mujer golpeando a tu víctima con un hacha de mano —sus manos enfatizaban cada palabra—.
Cosas bastante espeluznantes, y deja el caso cerrado a cal y canto.
Estamos bastante seguros de que sus nombres reales son Jerry y Vicki Carlson.
En cuanto lo confirmemos, podemos archivar el caso.
—¿Qué quieres decir con «archivarlo»? ¿Qué pasa con la escenificación en la escena del crimen? ¿O nuestra teoría de que se hizo para alguien más o un grupo de personas?
—Hemos resuelto el asesinato. Encontramos a los asesinos de nuestra víctima.
—¿De verdad? Creo que encontramos a dos de las personas involucradas. Hay más. Puedo sentirlo.
—¿Por qué no podrían ser las fotos y vídeos simples recuerdos, algo para alimentar su ego? Quizá disfrutaban viéndose en acción. Hay muchos casos documentados en los que un asesino en serie guarda fotos o ropa o algo de la escena del crimen.
—Te escucho, pero esto es diferente. Si fuera para su placer, ¿por qué tomarse tantas molestias para crear una presentación vinculada a un icono de San Francisco? No tiene sentido. Algo o alguien más los empujó a actuar así.
Kang se recostó. Su ego y su ánimo se desinflaron y escaparon en un suspiro.
—Mira, sé que si seguimos investigando, eso te impide cerrar el caso por tu parte, lo que mantiene a tu jefe imbécil encima de ti. A mí también me impide cerrar el mío. Pero los dos sabemos que esto no acaba aquí.
Sabía que eso era lo último que Kang quería oír.
Estar a un paso de cerrar este caso y darse cuenta de que podría haber más tenía que ser frustrante.
La otra parte de la ecuación: si me equivocaba, a Kang lo crucificarían.
A Cavanaugh no le importaba la verdad. Le importaban las estadísticas.
Kang me había dicho que el departamento tenía una tasa de resolución del noventa por ciento y que mantenerla era lo único que importaba. Cavanaugh me hacía valorar a Reilly.
—Entonces, ¿qué quieres hacer? —preguntó encogiéndose de hombros.
—¿Qué más había en el portátil?
—Las fotos y los vídeos eran lo único incriminatorio que encontramos. El resto eran solo archivos personales y programas.
—Ahí es donde debemos fijarnos. Puede darnos una pista sobre quién más podría estar implicado.
—Bueno, revisamos todos sus correos y cuentas de redes sociales, y no encontramos nada.
—Supongo que estabais buscando donde no debíais.
—¿A qué te refieres? —preguntó él con el ceño fruncido.
—Estabais buscando pruebas que los vincularan con nuestras víctimas. Necesitamos pruebas que los vinculen con su audiencia.