Russian Hill (Thriller del FBI de Abby Kane 3) CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS
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CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS

El viaje al hospital me quitó dos horas del día y me valió una semana de baja, ordenada por Reilly. Discutí con él por teléfono, pero no quiso ni oír hablar del tema.

—Abby, el FBI no va a ninguna parte. Seguiremos aquí después de una semana.

—¡Pero el caso! Todavía hay un montón de cabos sueltos, y el agente Tucker...

—Déjame ocuparme de él. No quiero que te acerques a la oficina. ¿Has pensado en ir a terapia? ¿Quieres hablar con alguien?

—No, estoy bien —dije en voz baja.

—Nadie te culpa por lo que pasó. Yo no te culpo. ¿Lo entiendes?

Oí a Reilly, pero no le estaba escuchando. Siguió diciendo que me respaldaba al cien por cien, que se había seguido el procedimiento y que lo ocurrido había sido un accidente desafortunado.

—Recuerda, Abby: tú también estuviste a punto de perder la vida, así que no te atormentes. Me alegro de que lo lograras. Vete a casa y pasa tiempo con tu familia.

Reilly colgó, y esa fue la última vez que hablamos de Tucker.

Más tarde, el hospital me dio el alta con un par de muletas. El médico me dijo que evitara hacer esfuerzos, o la herida podría abrirse. No había problema. Ya había aceptado mi baja obligatoria y estaba deseando descansar un poco con la familia.

Nunca les conté exactamente lo que había pasado.

Nunca lo hago. Les di la versión suavizada de los hechos, la que me favorecía.

No hacía falta preocuparlos más de lo que ya estarían al ver que estaba herida, aunque creo que Ryan empezaba a pillar mis cuentos chinos.

Estaba en mi despacho de casa —llegar hasta allí con muletas había sido toda una hazaña— cuando pasó a hablar de mi lesión.

—Ya te lo dije —respondí, procurando mantener un tono neutro.

—Venga ya, Abby, no pensarías que me iba a tragar lo de la valla.

Eh, sí, la verdad es que sí. Vale, decirles que una valla me había hecho el tajo del muslo quizá no fue la mejor idea, pero en ese momento pensé que mencionar cualquier cosa relacionada con un ataque con navaja sería demasiado.

En fin, pensé que lo tenía todo controlado hasta que Ryan me pilló. Que conste: me encanta que se sienta cómodo diciendo lo que piensa, pero que me cuestione, aunque yo haya mentido... eso no me hace ninguna gracia.

—Tengo un trabajo que puede ser peligroso a veces...

—¡Obvio!

—¿Quieres la historia real? —pregunté, levantando la ceja izquierda.

Ryan asintió.

Me recosté en la silla y apoyé las manos en el regazo.

—Mientras detenía a un sospechoso, me atacó con un cuchillo afilado.

—¿Por qué no le disparaste, Abby? Tú también tienes un arma, ¿verdad?

—La tengo, y lo hice.

—¿Lo mataste?

Eso sí que era nuevo: hablar con mi hijo sobre matar a alguien. ¿Cómo se prepara una para eso? En ese momento, habría preferido la pregunta de por-qué-se-me-pone-dura-la-polla. Pero la vida no funciona así.

Ryan empezaba a entender mejor a qué me dedicaba. Pensé que más me valía ser sincera. La verdad siempre es buena, ¿no?

—¿Por qué preguntas eso?

Se encogió de hombros y bajó la mirada a la alfombra.

—Bueno, para responder a tu pregunta: el sospechoso recibió un disparo mortal. De mi arma. Así que sí, murió.

No me molesté en añadir más de lo necesario, pensando que menos era más.

—Oh...

Ryan finalmente me miró.

—Fue en defensa propia, ¿verdad?

—Sí, Ryan. Ese hombre quería hacerme más daño del que ya me había hecho. Tuve que protegerme.

Ryan sonrió.

—Eres increíble.

Por dentro, me hizo sentir bien saber que mi hijo me consideraba increíble, pero me preocupaba un poco que fuera porque había matado a alguien.

—Entiendes que no está bien ir por ahí disparando a la gente, ¿verdad? Incluso una agente del FBI como yo no está por encima de la ley.

—Sí, lo sé. Es que mola tener una madre dura.

El corazón me dio un vuelco. Me había llamado su madre. Casi me echo a llorar. Por suerte, me contuve. Si no lo hubiera hecho, seguro que habría puesto los ojos en blanco y retirado el cumplido.

Pareció satisfecho con mi explicación, porque bajó a su habitación. Cerré la puerta del despacho justo cuando se me escapó una lágrima. Mi hijo por fin me había llamado mamá.