Russian Hill (Thriller del FBI de Abby Kane 3) CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO
63%

CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO

—Ni hablar. No puedo hacer eso. Si Cavanaugh se entera de que estoy saboteando a propósito su índice de casos resueltos, me mandarán a patrullar a pie más rápido de lo que tú tardas en soltar una de tus pullas.

«¿Me insultó o me halagó?» —Mira, sé que te estoy pidiendo mucho, pero si tenemos razón, no solo encerraremos a otro degenerado, sino que quedarás bien con tu capitán. Eso tiene que valerte unos cuantos donuts extra por la mañana, ¿no?

Kang se frotó la barbilla y se mordió el labio inferior. Nunca había visto a un policía pensárselo tanto antes de ir a por un delincuente. Bueno, quizá sí, pero este era Kang. Este tío era más recto que una porra cuando se trataba de hacer cumplir la ley.

—¿De verdad necesitas el portátil?

—¿Cómo si no voy a encontrar la información? ¿Dónde está ahora?

Kang se removió en su asiento y apartó la mirada. —Está en una bolsa precintada en el depósito de pruebas, bajo llave.

—¿Será un problema conseguirlo?

—Esta prueba cierra el caso. Si le pasa algo, o se daña, o se borra el contenido... estamos jodidos.

—Hulk tener cuidado. Hulk no romper portátil. Hulk prometer —gruñí.

Kang negó con la cabeza. —No lo sé, Abby. ¿No puedes venir a la comisaría? Seguramente pueda conseguirte acceso durante unas horas.

Miré mi pierna herida y luego a él, lo que le hizo poner los ojos en blanco.

—Vamos, Kangster —supliqué—. Kangman —continué—. Kangis Kan. ¿Ves? Yo también sé hacer lo de los motes... Canguro.

Pestañeé, puse morritos y esperé a que cediera. Tardó dos segundos. «Todavía lo tienes, Abby» .

Aunque había disfrutado viendo a Kang sucumbir, tenía una solución mejor que simplemente llevarse el ordenador.

En realidad no necesitaba el portátil. Si podía copiar todo el contenido del disco duro, técnicamente tendría el portátil sin necesitar el aparato en sí.

Y para ser honesta, tampoco necesitaba realmente que él aceptara.

Como agente del FBI, tenía autoridad para confiscar el contenido de ese portátil para mi investigación si hacía falta.

Estaba siendo considerada con su situación con su supervisor, lo cual era muy poco propio de mí.

Envié un correo a Reilly para mantenerlo al tanto por si el Departamento de Policía de San Francisco se enteraba y se quejaba de mis métodos.

Me envió su respuesta habitual: «Haz lo que tengas que hacer para terminar el trabajo».

Más tarde esa noche, Kang volvió con el portátil y copié todo el contenido en un disco duro externo. Estaba ansioso por devolverlo al depósito de pruebas y se marchó en cuanto terminé. No me molesté en esperarlo para revisar el contenido.

—¿Has encontrado algo? —preguntó Kang cuando volvió media hora después con dos platos de comida. Notó mi expresión de confusión—. Ah, tu Po Po me ha dado esto al subir.

Me pasó mi plato y empezó a meterse ternera con brócoli en la boca. —Cocina muy bien —logró decir entre bocado y bocado—. Esto es de verdad.

—Ni que lo digas. Como demasiado en cada comida.

—Entonces, ¿qué hay de nuevo?

Tragué antes de responder. —Nada aún. He revisado su correo, la carpeta de documentos y la papelera.

—Nosotros también. Además revisamos su organizador de fotos y las carpetas de vídeos.

—¿Y el historial de Internet?

—Lo revisamos, pero nada nos llamó la atención.

Abrí el navegador. Un vistazo rápido reveló un montón de búsquedas sobre San Francisco, información sobre lugares de interés y atracciones. No tardé en encontrar algo turbio. —Parece que han visitado los anuncios personales de varios directorios para adultos. Servicios de escorts.

—Sí, eso lo vimos. Tiene una vida movida en su ciudad.

—Las búsquedas parecen ser de escorts de aquí, no de Toronto.

Kang dejó de masticar. —¿Por qué iba a querer un escort en San Francisco?

—Quizá lo suyo con la mujer era platónico —me encogí de hombros.

—¿Sin sexo, solo asesinatos?

—Ya, a mí tampoco me cuadra.

Abrí algunas de las páginas que habían visitado. —Vaya, esto es interesante. Las búsquedas son todas de escorts masculinos.

—Así que la mujer quería marcha.

—Yo no me precipitaría. No sabemos si era él quien los buscaba.

Kang meneó la cabeza de un lado a otro mientras seguía comiendo.

Tamborileé con un dedo en el escritorio. —Oye, podrían haber estado buscando otra víctima.

—¿Un escort masculino? ¿Qué tiene que ver con San Francisco?

Arqueé una ceja mirando a Kang. —¿Alguna vez sales de Chinatown?

Seguía con cara de desconcierto mientras se metía comida en la boca.

—San Francisco es un hervidero de producción porno especializada en la escena alternativa —dije—. Quizá estaban planeando algo en el Castro. Han visitado al menos veinte anuncios diferentes solo en esta web. Veamos si contactaron con algún hombre de la noche.

Abrí el programa de correo y revisé los mensajes que habían enviado.

Kang debió de notar la sonrisa en mi cara. —¿Has encontrado algo?

—Contactaron con un montón de ellos. Veamos quién les respondió.

Revisé la bandeja de entrada de los días en que estaban buscando un escort. —Aquí hay algunas respuestas.

—¿Y bien?

—Espera.

Eché un vistazo a varios correos. —Parece que su interés en los escorts tenía que ver con su tamaño, y no hablo de altura. Hay varios mensajes de ida y vuelta con un escort que se hace llamar Sampson... Aquí está. Habían quedado con él en el Parc 55 Wyndham.

—No tenemos ninguna víctima llamada Sampson, así que quizás iba a ser una.

—Dudo que sea su nombre real, pero ninguna de nuestras víctimas coincide con el perfil de Sampson. Es negro, musculoso, mide un metro noventa.

Me encogí de hombros.

—Merece la pena buscarlo. Concertemos una cita.

—¿De verdad crees que el escort tuvo algo que ver? —preguntó Kang.

Me recliné en la silla y me di palmaditas en la barriga como si fuera un bongó.

—No estoy segura. Podría haber sido un encargo legítimo para un trío con ganas de experimentar.

—O hay algo más.

—Exacto. Pero no lo sabremos hasta que hablemos con él.