CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
Vicki estaba a cuatro patas, estirando el cuello para ver mejor debajo del sofá, cuando oyó que llamaban a la puerta.
Se sobresaltó. Lo primero que pensó fue que había confundido algún otro ruido con un golpe, pero entonces lo oyó de nuevo.
Sin duda había alguien al otro lado de esa puerta.
«Quédate callada. Ya se irán». Pero los golpes continuaron. «Vaya pesados, ¿no?».
Vicki miró el cuerpo tendido frente a ella. Invitarlos a tomar un café quedaba descartado. «¿Tendría novia? ¿Y ella tendría llave? Si la tuviera, no estaría llamando, boba».
Tres golpes secos resonaron de nuevo.
Vicki se acercó a la puerta sin hacer ruido y se asomó a la mirilla. «Un vistazo rápido no hará daño». Afuera vio a una mujer asiática bajita vestida con un traje de chaqueta azul oscuro. «¿Quién demonios es? ¿Una agente inmobiliaria?».
—Abra —dijo la mujer—. Sé que está en casa. Veo su sombra moverse bajo la puerta.
Vicki miró hacia abajo. «¡Maldición!». Repasó sus opciones a toda prisa.
Ignorarla.
Abrir la puerta y decirle educadamente que estoy ocupada.
Matarla.
—Me llamo Abby Kane —dijo la mujer en voz alta—. Soy del FBI y quiero hacerle unas preguntas. Solo serán unos minutos.
«¡Mierda!». Vicki tuvo que reconsiderar sus opciones. ¡Rápido!
Se metió en el dormitorio, arrancó el edredón marrón de la cama y tapó el cuerpo. Luego se quitó los pantalones, las camisas y los zapatos, y se enrolló una toalla en la cabeza y otra en el cuerpo. Se echó un poco de agua en la cara y volvió a la puerta.
Seguro que esa agente no entraría en casa de una mujer medio desnuda. Vicki esbozó una sonrisa y entreabrió la puerta lo justo para asomarse.
—Lamento molestarla —dije. La mujer que me miraba desde detrás de la puerta parecía recién salida de la ducha.
—Mal momento —la mujer soltó una risa forzada. Intentaba ser amable.
—Iré al grano —levanté el teléfono y le mostré a la mujer la foto de mi sospechosa. Echó la cabeza hacia atrás de inmediato y frunció el ceño.
—¿Reconoce a esta mujer? —pregunté mientras le acercaba el teléfono a la cara—. Parece que sí.
Echó la cabeza aún más hacia atrás.
—No, para nada. Apenas distingo sus rasgos —sus ojos iban y venían entre la foto y yo—. Es una foto horrible.
«Pues muchas gracias, Maestra de lo Obvio».
—Es sospechosa en un caso.
Se encogió de hombros.
—¿Eso es todo? Estaba bañándome y llego tarde a una cita.
—No —abrí el vídeo—. A ver si esto ayuda.
Apenas lo miró antes de empezar a negar con la cabeza.
—¿Lleva mucho tiempo viviendo en el edificio? —pregunté.
—No mucho. Quizá seis meses.
—Se vacía durante el día. Es el segundo piso en el que encuentro a alguien en casa.
—Ah, bueno, trabajo desde casa. Soy escritora —respondió. Levantó un poco la nariz. Supongo que quería demostrarme que tenía las fosas nasales limpias.
—Qué bien —dije, mordiéndome el labio inferior pero sin quitarle el ojo de encima.
—Bueno, señora...
—White. Evelyn White.
—...señora White, gracias por su tiempo —saqué una de mis tarjetas y se la entregué—. Por si recuerda algo.
—Lamento no haber podido ayudar más.
Cuando me di la vuelta para irme, lo que dijo me detuvo en seco.
—Buena suerte con la búsqueda.