CAPÍTULO CUARENTA
Vicki hizo que el taxista la dejara una manzana al norte de la parada de autobús.
Había decidido que era mejor acercarse al edificio desde la dirección opuesta y a su manera.
Sin sorpresas. Pensó en pagarle al conductor para que esperara, pero decidió no hacerlo.
No necesitaba testigos si algo salía mal.
Le lanzó un billete de veinte al taxista y salió del vehículo.
Durante un minuto o así, Vicki se quedó en la esquina observando el edificio.
El tráfico era escaso y no parecía haber nadie caminando por la manzana.
Mejor acabar con esto de una vez. Vicki se ajustó el bolso en el hombro antes de cruzar la calle.
Metió la mano derecha en el bolso y acarició la navaja, lista para cualquier enfrentamiento.
Caminó con seguridad, a un ritmo que creyó propio de alguien del barrio.
Unos pasos más allá del edificio, se metió en el callejón.
¿Dónde estás, pequeño? Recorrió la zona metódicamente con la mirada, sin querer pasar por alto el pequeño dije.
Podría haberse colado en una grieta o quedar tapado por algún desperdicio.
En lugar de apartar los escombros con el pie, fue recogiendo cada objeto uno a uno, asegurándose de haber mirado debajo de todos.
No tardó mucho en perder la esperanza a medida que ampliaba el área de búsqueda.
Vicki dejó escapar un profundo suspiro, resignándose a lo que sabía que tenía que hacer: volver al apartamento.
No había tenido suerte con los tres primeros apartamentos: dos estaban vacíos y el ocupante del tercero apenas chapurreaba inglés.
Así que allí estaba, frente al último apartamento del pasillo, esperando una experiencia similar.
Me llevé una grata sorpresa cuando la puerta se abrió y apareció una anciana alegre que medía exactamente lo mismo que yo.
—Hola. ¿Puedo ayudarla? —preguntó con una sonrisa afable.
Tenía unos ojos azul claro que resaltaban contra su media melena blanca como la nieve, cuidadosamente recogida detrás de las orejas.
Llevaba una blusa rosa con un collar de perlas y una falda a cuadros que le llegaba justo por debajo de las rodillas.
Se notaba que era de esa generación que cree en arreglarse cada día, aunque no tenga planes de salir de casa.
Le devolví la sonrisa.
—Hola. Me llamo Abby Kane. Soy del FBI. Me gustaría hacerle unas preguntas.
Frunció los labios con preocupación.
—Sí, por supuesto. Pase, por favor.
Retrocedió y abrió la puerta de par en par. Antes de que pudiera hacer mi primera pregunta, me indicó que tomara asiento en el sofá, me dijo que volvería con un poco de té y se fue rápidamente a la cocina.
No esperaba tener una conversación larga; lo único que quería era enseñarle unas fotos. Por su entusiasmo al recibir a una agente del FBI, tuve la impresión de que no recibía muchas visitas. Además, tampoco pasaba nada por dedicarle un rato, y había dicho la palabra mágica: té.
Me senté en silencio, observando la decoración. Esa mujer adoraba los caballos. Estaban por todas partes: cuadros, esculturas, peluches. Hasta la manta del sofá tenía una escena de caballos galopando por un campo abierto.
—Déjeme adivinar: ¿le gustan los caballos? —dije cuando reapareció con una bandeja.
Se rio mientras la dejaba sobre la mesa de centro.
—Monté durante muchos años de joven. Tenía mi propio caballo, Betsy. Era una Warmblood holandesa con el pelaje negro más hermoso que haya visto en su vida. Brillaba bajo el sol como un zapato recién lustrado.
Se acercó a una estantería empotrada y sacó un marco de fotos y una cajita.
—Esta soy yo en los Juegos Olímpicos de Helsinki. Gané una medalla de plata gracias a Betsy.
Miré incrédula a la frágil mujer que tenía delante.
—¿Esa es usted?
—Sí —dijo con una risita—. A la mayoría de la gente le cuesta creer que soy atleta olímpica.
Luego abrió la cajita que sostenía en la otra mano. Contuve el aliento.
—Es preciosa. Nunca había visto una medalla olímpica de cerca. Increíble.
Su sonrisa de orgullo iluminó la habitación.
Me moría por hacerle más preguntas sobre su vida, pero el deber me llamaba.
—Gracias por contármelo.
Saqué el móvil y abrí la foto de mi mujer misteriosa.
—¿Ha visto a esta mujer?
Entrecerró los ojos y se inclinó hacia delante antes de negar con la cabeza.
—No me resulta familiar, aunque podría haberla visto y no acordarme.
Me sirvió una taza de té. Reconocí el color y me emocioné. Esperaba té negro, quizá Earl Grey. Cogí la taza y, antes de llevármela a los labios, aspiré el aroma. No me lo podía creer. Esto no puede ser. Di un sorbo. ¡Lo es!
—Esto no es Tieguanyin , ¿verdad?
—Pues sí, lo es. Le tengo cierta predilección.
—Dios mío. Yo también. Es el único té que bebo. De hecho, siempre llevo una lata encima.
Rebusqué en el bolso y la saqué para enseñársela.
—La gente piensa que estoy loca por ir con té a todas partes.
Quitó importancia a mi comentario con un gesto de la mano.
—Yo hacía lo mismo. No es un té que la gente suela tener en casa.
—Ni me lo diga. Yo le digo a todo el mundo que bebo té verde, porque como mencione que es oolong, siempre preguntan cuál es la diferencia, y ya me cansé de explicarlo.
—Mucha gente bebe té verde, pero el oolong... ese sí que es un té que merece la pena llevar encima.
Estaba total y absolutamente enamorada de aquella mujer. Hablamos de nuestra adicción unos minutos más antes de reconducir la conversación al caso. Abrí el vídeo que me había enviado Tucker.
—Tengo un vídeo de ella. ¿Le sirve de algo?
Vio el vídeo dos veces antes de volver a negar con la cabeza.
—Lo siento, pero no recuerdo haber visto a esta mujer por aquí. No me resulta nada familiar. Lo siento mucho.
Yo también. Por mucho que quisiera quedarme a seguir charlando con ella, tenía a una asesina que detener.