Russian Hill (Thriller del FBI de Abby Kane 3) CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE
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CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE

Todavía estaba en mi escritorio cuando Tucker apareció unas horas más tarde. Tenía una expresión intensa, pero al acercarse se le notaba cierta flojera en las piernas. Apreciaba su seriedad, aunque yo le pusiera nervioso.

—¿Qué hay de nuevo? —pregunté.

Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó el móvil. Un momento después, reprodujo un vídeo en la pantalla.

—La encontramos. Y no solo eso: creo que también encontramos a nuestra víctima.

Le cogí el móvil y estudié las imágenes. No me cabía duda de que la persona que entraba en el autobús por las puertas traseras era nuestra mujer misteriosa.

—Vuelve atrás en el carrete. Hay otro vídeo.

Deslicé la pantalla y abrí el segundo vídeo. Mostraba a un joven con una guitarra bajándose del autobús. Miré a Tucker.

—El forense dijo que el corazón pertenecía a un hombre joven.

—Los dos se bajaron del autobús en Larkin con Sutter —añadió—. Es una zona residencial en el barrio de Lower Nob Hill. Supongo que o ella lo siguió hasta su casa, o vive en la zona.

Coincidí con Tucker.

—Excelente trabajo, agente. Mándanos esos vídeos por correo al detective Kang y a mí, y prepárate para salir conmigo.

Reilly me había dicho antes que si tenía ocasión de llevar a Tucker a trabajar sobre el terreno, lo hiciera. Necesitaba curtirse. Me pregunté si no sería demasiado pronto, pero Reilly había dicho que no quería sobreproteger al chico.

—De acuerdo —dijo Tucker con una amplia sonrisa.

Después de que se marchara, llamé a Kang y lo puse al día sobre el hallazgo de Tucker.

—Cuanto antes podamos ir puerta por puerta, más posibilidades tendremos de encontrar a alguien que viera algo.

Estuvo de acuerdo y quedamos en vernos en el lugar en cuarenta y cinco minutos.

—Trae un par de agentes más —le dije—. Tengo un presentimiento con este caso.

Los Carlson acababan de terminar otra maratón de sexo para celebrar que habían completado la Atracción del corazón.

Como estaban en un sitio nuevo, lo habían hecho en todas las habitaciones y habían terminado en el dormitorio, donde ambos yacían sin aliento y sudorosos.

Jerry había caído rápidamente en un sueño profundo —nada fuera de lo normal—, pero Vicki seguía despierta y llena de energía.

Saltó de la cama justo cuando Jerry empezó a roncar.

En la cocina, abrió la nevera y se sirvió un vaso de zumo de naranja antes de sentarse en el balcón, todavía desnuda.

El aire fresco le puso la piel de gallina, pero resultaba tan refrescante que no le importó.

Contempló los reflejos brillantes que cubrían la bahía y se quedó absorta mirando al vacío hasta que una ráfaga de viento la espabiló.

Dio otro sorbo al zumo y se acordó del colgante que se le había caído de la pulsera.

Se había dado cuenta de que faltaba mientras le hacía una mamada a Jerry.

Tenía ocho en total. El de la Torre Eiffel, el que faltaba, era el que más adoraba, porque fue donde Jerry le había pedido matrimonio.

Pero sobre todo, eran recuerdos de los lugares donde habían matado juntos.

Sabía que todavía tenía el colgante cuando estaban observando al músico en Union Square, e incluso cuando esperaba en el callejón, porque había estado jugueteando con él.

Después de liquidarlo, volvieron directamente al hotel, hicieron las maletas y se trasladaron a la cabaña, donde poco después empezó la maratón de sexo. «¿Lo perdí en el apartamento?»

Pensó en contárselo a Jerry, pero decidió no hacerlo.

Él solo le diría que debería tener más cuidado.

Además, en ese momento él había empezado a hacérselo a cuatro patas, y ella se olvidó temporalmente del asunto.

Aunque solo había costado unos pocos euros, para ella no tenía precio, y tenía que recuperarlo.

Vicki pensó brevemente en volver al apartamento y en lo peligroso que sería.

El otro sitio donde podría haberlo perdido era el callejón junto al edificio del músico.

Mientras esperaba, se había apoyado con las manos en la pared, detrás de la espalda, en vez de recostarse contra el edificio.

Podría haberse enganchado en algo y haberse soltado de la pulsera.

Pero acercarse por allí era mala idea. Jerry jamás la dejaría volver si supiera lo que estaba pensando.

Entonces se dio cuenta de que había sido una suerte no mencionarlo.

Vicki fue al dormitorio principal. Oía roncar a Jerry antes incluso de entrar. Estaba tumbado boca abajo con una almohada bajo el pecho y la cabeza, el culo al aire. Le dio un toque en el brazo a su marido.

—Jerry.

Lo repitió dos veces más, pero él no se inmutó. Calculó que podía coger un taxi hasta allí, echar un vistazo por la zona donde había estado esperando, y si no lo encontraba, volver a la cabaña enseguida. Jerry no tenía por qué enterarse.

Vicki se vistió con vaqueros y un jersey negro para pasar desapercibida entre toda la gente que iba de negro en la ciudad.

No pensaba ponerse la peluca, ya que la había llevado esa noche, pero al ver cómo le quedaba con el conjunto cambió de opinión.

Cogió las gafas de sol grandes para cambiar de look y llamó a un taxi.

Tucker y yo nos reunimos con Kang y su equipo de agentes en la esquina de Larkin con Sutter. No sabíamos qué buscábamos exactamente. ¿El apartamento de ella? ¿El de él? ¿Un cadáver? Vete a saber, pero teníamos que empezar por algún sitio.

Como no teníamos ni idea de hasta dónde podrían haber caminado, había mucho terreno que cubrir.

El plan era empezar por los edificios cercanos a la parada.

Los hombres de Kang se dividieron y se ocuparon de Sutter.

Kang, Tucker, otro agente y yo nos encargamos de Larkin: ellos por un lado de la calle, Tucker y yo por el otro.

El equipo de Sutter ya se estaba encargando del edificio de la esquina, así que Tucker y yo fuimos hacia el norte hasta el siguiente, pasando una callejuela. Tuvimos suerte: un vecino salía y pudimos colarnos en el vestíbulo.

Contamos dieciséis buzones en el edificio de cinco plantas. La primera era el vestíbulo, sin apartamentos.

—Cuatro por planta. Debería ser fácil —dijo Tucker.

—Tú encárgate de la segunda y la tercera. Yo me ocupo de la cuarta y la quinta. Recuerda: si te topas con algo sospechoso, me llamas antes de hacer nada. ¿Entendido?

Asintió.

—¿Y si encuentro el cadáver?

—No lo toques. Y no vomites.

Tucker subió las escaleras a toda prisa mientras yo esperaba el ascensor. ¿Vivía aquí? ¿Subió ella con él? ¿Entabló conversación para relajarlo, para que bajara la guardia? ¿Estaba coqueteando, poniéndoselo más fácil?

Las puertas del ascensor se abrieron ante un pasillo poco iluminado.

La luz justo a la salida del ascensor se había fundido, y las demás parecían de bajo voltaje.

Vaya con la administración tacaña. Respiré hondo.

El aire estaba algo frío, con un ligero olor a cerrado.

No percibí olor a muerte, pero mis otros sentidos se erizaban como si debiera haberlo.