Russian Hill (Thriller del FBI de Abby Kane 3) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
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CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

Cuando llegué a la oficina, recibí un mensaje de Tucker. Había identificado los autobuses de la ruta esa tarde y estaba trabajando en conseguir las grabaciones de los sistemas de vigilancia. Estábamos avanzando. No aflojes, Abby.

De vuelta en mi escritorio, cerré los ojos.

Notaba el inicio de un dolor de cabeza y quería atajarlo antes de que fuera a más.

Rebusqué en el cajón, saqué un frasco de aspirinas y me eché dos en la mano.

Debía de estar deshidratada, porque en la sala de descanso bebí agua como un perro después de correr un domingo en el parque.

Necesito dormir más , me dije, pero en realidad sabía que la falta de sueño no tenía la culpa. Era el caso.

Volví a mi escritorio con determinación.

Cogí la foto de mi mujer misteriosa y la observé fijamente.

Puede que sea lento y difícil, pero nos estamos acercando a ti.

Sentía ese hormigueo en las tripas, el que me da justo antes de que una investigación dé un giro decisivo.

Sabía que si seguíamos descartando posibilidades, daríamos con ella.

La pregunta era: ¿la encontraríamos antes de que volviera a atacar?

El otro pensamiento que se me había colado en la cabeza era el cambio brusco en la actitud de Kang.

Esa misma mañana había notado que tenía dudas sobre la investigación y sobre cómo la estábamos llevando.

No iba a disculparme por priorizar mi caso, pero sí creía que el asesino de Piper era responsable de las víctimas anteriores de Kang y del dueño del corazón.

Kang me había parecido un tipo legal desde el principio.

Vale, le daba caña, pero se veía que era de los buenos, alguien que creía en el trabajo policial y hacía lo correcto.

También tenía la impresión de que le caía bien y de que trabajábamos bien juntos.

Agradecía tener un compañero en lugar de ir por libre.

Pero aun así, ¿a qué venía esa actitud? Le había salido de repente.

No es que hubiera sido un imbécil desde el principio.

De verdad sentía que podía contar con Kang para trabajar conmigo y no en mi contra, a diferencia de tantos hombres con los que me había cruzado en el pasado.

Solo me quedaba confiar en que siguiera fiándose de mí.

Le envié un mensaje a Tucker para ver cómo iba.

Mientras esperaba respuesta, volví a la sala de descanso, esta vez a por agua caliente.

Pasé junto a una hilera de escritorios vacíos; muchos agentes seguían fuera.

Algunos días la oficina es un manicomio, y otros, un pueblo fantasma.

Me pregunto en qué andará metido todo el mundo.

Saqué una pizca de té de mi bote y la eché en una taza de agua caliente.

Observé cómo el agua cambiaba de color mientras las hojas se posaban en el fondo.

Tapé la taza con una servilleta para que reposara y me senté a una de las mesas.

Unos segundos después, el móvil pitó. El mensaje de Tucker decía: «Todavía buscando».

Seguí dándole vueltas a nuestra mujer misteriosa mientras bebía a sorbos.

Resultaba muy extraño que una mujer fuera tan violenta.

¿Extraer un corazón? Eso era algo muy serio, no algo que esperaría de una asesina.

¿De un hombre? Sí. Para llegar al corazón hay que abrir el pecho a la fuerza.

No digo que una mujer no pueda ser igual de cruel o tener la fuerza física necesaria para hacerlo.

He visto a mujeres descuartizar a gente igual que los hombres, pero siempre tenían un cómplice en esos crímenes.

¿Tendría mi mujer misteriosa un cómplice?

Justo entonces entró Reilly en la sala de descanso.

No me vio porque estaba en un rincón. Lo vi ir directo a la máquina de refrescos y meter un billete de dólar en la ranura.

Un momento después, una Pepsi salió rodando por abajo.

No reparó en mí hasta que se dio la vuelta con la botella pegada a los labios.

—Abby. No te había visto.

—Soy pequeña.

Dio otro sorbo mientras se acercaba a mi mesa y se sentaba.

—Sabes que eso te pudrirá los dientes.

—Sí, eso dicen —dijo antes de dar otro trago largo—. ¿Cómo va el caso del Cotton Candy? —preguntó mientras se pasaba el ardor.

—Lento y complicado.

Asintió.

—¿Qué tal la colaboración con esos detectives?

—A Sokolov lo pusieron en otro caso. Solo quedamos Kang y yo. Trabajamos bien juntos y estamos avanzando.

—Me alegra oírlo. Avísame cuando haya novedades.

Se echó hacia atrás y se levantó. Lo vi echar la cabeza hacia atrás y apurar la botella mientras salía.

Terminé el té y me levanté para volver a mi escritorio cuando me llegó un correo de Green.

Decía que el corazón pertenecía a un hombre joven, bastante sano, sin signos evidentes de enfermedad ni consumo de sustancias.

Por el deterioro del tejido, calculaba que el corazón llevaba fuera del cuerpo unas diez, quizá once horas cuando lo notificaron a la policía a las seis y media de la mañana.

Copié y pegué esa parte del correo y se la envié a Tucker y Kang, guardándome la otra mitad del mensaje de Green para mí.

Escribió que había disfrutado de nuestro café juntos.

Tenía que admitir que yo también lo había pasado bastante bien.

Preguntaba si podíamos quedar otra vez, quizá para comer o incluso cenar.

Al principio no estaba segura de querer ni siquiera comer, y mucho menos cenar, pero luego caí en que había pasado el mismo tiempo con él en la cafetería y había ido bien.

En el fondo sabía que a Green le gustaba.

No quería darle falsas esperanzas, pero sí había disfrutado de nuestra conversación y no me importaría volver a hablar con él.

Me parecía interesante, y sinceramente no creía haberle dado ninguna señal de que lo nuestro pudiera ser algo más que amistad.

Pero sabía cómo funcionaban los hombres: les devuelves una sonrisa y de repente piensan que quiero hacerles una mamada.

¿A eso hemos llegado? ¿Tengo que andarme con ojo con a quién le sonrío para no acabar debiendo una mamada? Madre mía.