CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
Subimos caminando desde Union Square hasta el Starbucks de la esquina de Sutter con Powell. El cartel de la puerta indicaba que abrían a las cinco de la mañana. Tendrían que llegar en algún momento antes de la apertura.
Dentro de la cafetería, nos recibió el bullicio de los madrugadores que buscaban su dosis de cafeína antes de enfrentarse a la monotonía de sus trabajos de oficina.
Me acerqué a una de las empleadas, una adolescente que estaba limpiando una mesa.
Últimamente, cada vez que veía a adolescentes haciendo algo, me preguntaba si algún día mis dos hijos harían lo mismo. Me resultaba entretenido.
—Disculpe —dije, mostrando mi identificación—. ¿Hay algún encargado con el que pueda hablar?
—Eh, sí.
La chica tragó saliva y se marchó a toda prisa.
Kang y yo nos quedamos en silencio hasta que él sugirió tomar un café.
—Yo quiero una taza de agua caliente.
Se puso en la cola mientras yo esperaba. Todos iban con la cara pegada al móvil, y los pocos que no, estaban hablando por él. Me sentí un poco fuera de lugar al no tener nada que hacer con el mío.
Unos segundos después, se me acercó una mujer de unos treinta años. Llevaba el pelo recogido en una coleta y un bolígrafo detrás de la oreja.
—¿En qué puedo ayudarla, agente? —preguntó.
Su tono era neutro y tenía cara de cansancio.
—Agente especial. Me llamo Abby Kane. Soy del FBI y estamos investigando un crimen que tuvo lugar en Union Square esta madrugada.
Frunció el ceño y soltó un suspiro de fastidio.
—¿Y qué tiene que ver eso con mi tienda?
Vaya, parece que me tocó la china y me cayó la borde.
—¿A qué hora suelen llegar usted y su personal por la mañana?
—Jenny —la chica con la que habló antes— y otra llegaron a las cuatro y media de esta mañana, a la misma hora que yo.
Kang volvió y me dio mi taza. Asentí para darle las gracias.
—Me gustaría seguir hablando con usted mientras mi compañero habla con Jenny y la otra, si no le importa.
La encargada respiró hondo y mantuvo el gesto inexpresivo.
—Sí me importa, pero puedo dedicarle unos minutos.
Luego se dio la vuelta para ir a buscar a las chicas.
—Vaya, me alegro de que te toque a ti esa —dijo Kang, arqueando las cejas.
—Ella y sus secuaces llegaron aquí a las cuatro y media de esta mañana. Puede que vieran algo al venir.
Kang asintió y dio un sorbo al café. Nos separamos cuando volvió la encargada.
—¿Cómo viene al trabajo?
—Cojo el autobús número tres y me bajo en Union Square, luego camino una manzana hasta la tienda.
Imposible sonar más desinteresada.
—¿Había más gente por ahí cuando se bajó del autobús?
—¿En la plaza?
No, imbécil, en la luna.
—Sí, en la plaza.
Ladeó la cabeza y se quedó con la mirada perdida un momento antes de responder.
—Fui la única que se bajó del autobús. Había quizá un par de personas al otro lado de la calle. Supongo que iban al trabajo. Pero no es mi trabajo hacer un censo cada mañana cuando llego.
—¿Hay algún problema, señorita?
—Sí, por si no se ha dado cuenta, estamos en hora punta, y cada segundo que paso aquí hablando con usted es un segundo más que alguien tiene que esperar su café. La próxima vez, me pasaré por su trabajo cuando esté hasta arriba y le pediré que pare para discutir las complejidades de preparar café.
Se estaba equivocando de persona conmigo, y no estaba de humor para impertinencias.
—Tanta bravuconería no le está ayudando. Así que o responde a mis preguntas, o la esposo ahora mismo y me la llevo a rastras a mi oficina para interrogarla allí.
Se cruzó de brazos y relajó los hombros.
—¿Notó algo raro o fuera de lo normal en esas personas? —continué.
—No.
Se encogió de hombros.
—Iba con los cascos puestos y no estaba prestando atención.
Así es como te atracan.
Me apoyé en el pie izquierdo.
—¿Vio el corazón grande de la esquina?
—Claro, solo lleva ahí desde principios de año.
La miré fijamente y bajé la voz.
—No me ponga a prueba. Última advertencia.
Me sostuvo la mirada un momento antes de asentir levemente. Supongo que estaba pensando si podía esposarla y llevármela legalmente. Un comentario más y lo habría averiguado.
—¿Vio algo en él, o a alguien cerca o alejándose de él?
—No.
Saqué el móvil y le enseñé la foto de nuestra mujer misteriosa.
—¿Vio a esta mujer esta mañana?
Bajó la mirada lentamente hacia el teléfono.
—No, no me suena.
Espero que a Kang le esté yendo mejor que a mí.
Guardé el móvil.
—¿Fue usted la primera en llegar esta mañana?
—Soy la encargada. Tengo las llaves.
Soy la encargada. Tengo las llaves. Quiero que todo el mundo odie su vida tanto como yo odio la mía.
Me costó un esfuerzo sobrehumano no suspirar en voz alta y pegarle un puñetazo en la garganta.
—Gracias por su tiempo. Avíseme si recuerda algo más.
Le dejé mi tarjeta y me acerqué a Kang, que estaba terminando de entrevistar a la segunda de las dos chicas.
—Has ido rápido con las dos.
—La primera fue un desperdicio. Creo que iba colocada —observé su nuez subir y bajar mientras se terminaba el café.
—¿Y la segunda?
—Nada —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
Al final no me preparé el té y Kang ya había salido de la cafetería. Cuando lo alcancé, lo agarré del brazo y lo frené.
—¿Qué pasa? Has estado de mal humor toda la mañana. Por si no te has dado cuenta, yo fui quien entrevistó a Medusa.
Se encogió de hombros y miró a todas partes menos a mí.
—Eh, ¿qué te importa?
—¿Que qué me importa? Somos compañeros. Necesito saber que estás centrado. Pero no es solo eso; de verdad quiero saber qué te pasa.
—No es nada —mantuvo la mirada perdida un momento más antes de mirarme—. Perdona si he estado insoportable esta mañana. Me frustra que no paremos de dar con callejones sin salida y ahora hay otro cadáver encima de los dos que ya tengo.
—Podrían haber sido cuatro —dije con una sonrisa.
Kang por fin cedió y se rio mientras sus hombros se relajaban.
—Sí, tienes razón.
—Bueno, me alegra que el Kang que conozco haya vuelto. Lo echaba de menos.
—¿De verdad?
Le di un puñetazo en el brazo.
—Pues claro. Necesito a alguien a quien chinchar.
El caso era un dolor de cabeza para los dos. Lo último que quería era que nosotros lo empeoráramos.
Cuando nos dimos la vuelta para volver a Union Square, divisé a una persona sin hogar al otro lado de la calle.
Estaba tumbado en el portal de un negocio que aún no había abierto.
Si había pasado allí toda la noche, podría haber visto algo.
Le hice un gesto a Kang para que me siguiera y cruzamos la calle.
Solo cuando estuvimos más cerca me di cuenta de que había confundido sus ojos entrecerrados con que estaba dormido.
Nos observó hasta que nos plantamos frente a él.
Para romper el hielo, metí la mano en el bolso, saqué la mitad que me quedaba de la tableta de chocolate Ghirardelli y se la ofrecí.
Dudó al principio, mirando el chocolate y luego a mí.
Me incliné hacia él, con la tableta todavía extendida.
—Vamos, tómala.
Alargó la mano con cautela, cogió el dulce, quitó el papel rápidamente y le dio un mordisco, sin apartar los ojos de nosotros ni un momento.
Las arrugas se le marcaban profundamente en la piel curtida y apenas se movían mientras masticaba.
Cuando se apartó un mechón de pelo enmarañado de la cara, este volvió a caerle de inmediato.
—¿Qué quieren? —dijo por fin, incorporándose un poco.
—¿Has estado aquí toda la noche? —pregunté.
—¿Y a ti qué te importa? No estoy infringiendo ninguna ley.
—Nadie ha dicho que lo estés. Solo queremos hablar.
—¿Eres poli? —preguntó. Me miró a mí, luego a Kang, y volvió a mirarme.
Le mostré mi identificación.
—Soy agente del FBI. Me llamo Abby Kane. ¿Cómo te llamas?
—La gente me llama Simon Says.
A Kang se le escapó una risita.
—¿Qué? ¿Como el juego?
Simon le lanzó una mirada a Kang.
—Oye, Long Duck Dong, ¿estás de excursión escolar?
—Soy detective del Departamento de Policía de San Francisco —respondió Kang bruscamente.
—Soy detective del Departamento de Policía de San Francisco —imitó Simon con voz burlona.
—No te metas conmigo, colega.
—No te metas conmigo, colega —continuó Simon, pero esta vez añadió un ceceo e hizo un gesto desdeñoso con la mano. Casi me echo a reír, pero me contuve. Hora de separar a los niños. Agité la mano entre ellos, rompiendo el duelo de miradas.
—¡Los dos, calmaos ahora mismo!
Simon le dio otro mordisco al chocolate. Todavía tenía a Kang en su punto de mira.
—¡Simon! —dije en voz alta—. Hazme caso a mí, ¿vale?
Apartó los ojos de Kang y los fijó en mí.
—¿Ves ese corazón grande de allí abajo? —pregunté, señalando hacia Union Square—. ¿Viste a alguien trasteando con él anoche o esta madrugada?
Simon miró calle abajo y sus ojos se quedaron vacíos. Pensé que lo había perdido, pero entonces volvió a clavarme aquella mirada de ojos pequeños y afilados.
—Alguien lo vandalizó —continué—. Estamos buscando a una mujer —sostuve el teléfono para que pudiera ver la foto de nuestra mujer misteriosa—. ¿La viste, Simon?
Entrecerró los ojos de nuevo y masticó más despacio mientras se concentraba en la foto.
—La vi.
—¿Dónde, Simon? ¿Junto al corazón?
Negó con la cabeza.
—La vi el otro día. Allí —dijo, señalando al otro lado de la calle hacia un restaurante.
—¿La viste entrar?
—No, estaba cerca del edificio, asomándose por la esquina. Luego se subió al autobús número dos.
—¿Recuerdas la hora?
—Era cerca del atardecer. No sé exactamente cuándo.
—Muy bien, Simon. Gracias por tu ayuda.
Extendió la mano y frotó el pulgar contra el índice, y por primera vez esbozó una sonrisa. Sorprendentemente, conservaba todos los dientes.
—Veo todo lo que pasa por aquí. Tengo memoria fotogénica. Por eso me llaman Simon Says.
Saqué un billete de veinte de la cartera y se lo di.
—Bueno, Simon Says, hazme un favor: no te lo gastes en alcohol.
—¿Qué tal un desayuno? Invito yo —dijo guiñándome un ojo mientras me mostraba el billete.
Sonreí. —Estoy de servicio. Tendrá que ser en otra ocasión.
Mientras nos alejábamos, Kang mencionó que los autobuses llevaban cámaras. —Si localizamos el autobús en el que subió, sabremos en qué parada se bajó.
—Buena idea. Pondré al agente Tucker a trabajar en eso.
—Entonces, eh, ¿todos los hombres que conoces te invitan a salir? —preguntó Kang con una risita.
—Por supuesto que no —dije, llevándome el móvil a la oreja—. Tú no lo has hecho.