CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
Jerry se movió tan rápido como pudo. Su pesada mochila le golpeaba la espalda con cada zancada. El mensaje de Vicki lo tenía entusiasmado y no quería arruinarlo llegando tarde. Cuando llegó, el sudor le perlaba el rostro y la zona del pecho de su camisa marrón mostraba cercos de humedad.
—Vine caminando a toda prisa —dijo, doblado sobre sí mismo y jadeando.
Vicki le frotó el hombro.
—Ay, cariño, no tenías por qué hacer eso.
Él alzó la vista hacia ella.
—Llevas la peluca puesta.
—Sí, lo sé. Me gusta bastante. Quizá debería dejarme crecer el pelo.
—No creo que la necesites esta vez.
—Bueno, él ya me ha visto con ella, así que...
Jerry se incorporó, aunque seguía con las manos en las caderas. Giró la cabeza buscando al cantante.
—¿Dónde está?
—Allí —dijo Vicki. Lo agarró por los hombros y lo giró en la dirección correcta. Los dos observaron al cantante desde lejos, disfrutando de su voz melodiosa.
—Es bastante bueno.
Vicki sonrió y se abrazó al brazo de su marido. Observaron unos minutos más antes de que Jerry volviera a hablar.
—No podemos encargarnos del asunto aquí. Es un lugar demasiado público.
—¿Qué sugieres?
—Cuando termine, lo seguiremos a ver adónde nos lleva. He traído el equipo.
Una multitud había empezado a formarse alrededor del joven, lo que permitió a los Carlson acercarse más sin llamar la atención.
Cuando terminó de cantar, Vicki y Jerry se escabulleron con el resto del público improvisado y se sentaron por separado en una cafetería a unos treinta metros.
Allí esperaron con paciencia. Una hora después, el cantante recogió su equipo y se marchó.
Los Carlson se separaron, como siempre hacían en esas situaciones, y siguieron a su objetivo a buena distancia. El cantante caminó por Powell Street hasta la parada de autobús de Sutter. Jerry envió un mensaje a su esposa: se acercaría más al joven, ya que a él no lo reconocería.
Vicki siguió en dirección opuesta por Sutter unos cincuenta metros, luego cruzó la calle y volvió sobre sus pasos para ocultarse a la vuelta de la esquina.
Tras una breve espera, llegó el autobús número dos.
El cantante subió por la puerta delantera con Jerry justo detrás.
Vicki subió por la puerta trasera con la cabeza gacha y un sombrero puesto, y se sentó junto a una anciana.
El cantante pasó a su lado sin siquiera mirarla y se sentó al fondo del autobús.
Jerry se sentó dos asientos por delante de él.
Allí permanecieron los tres hasta que el autobús llegó a Larkin Street, donde el cantante se bajó con Jerry pisándole los talones y Vicki detrás.
El hombre se detuvo en un edificio justo antes de la siguiente calle y entró.
Jerry sujetó la verja antes de que se cerrara de golpe y le dio las gracias al cantante, aunque este no se la había sujetado.
Juntos subieron en el ascensor: el cantante hasta el quinto piso, Jerry hasta el cuarto.
Cuando Jerry salió, subió en silencio por la escalera hasta el quinto piso.
Allí vio cuatro puertas. «No está mal. Puedo con esas probabilidades».
Vicki esperó el mensaje de Jerry en un callejón junto al edificio, bajo la sombra de un andamio. Ambos estaban concentrados al máximo. No habría confusión ni titubeos. Cuando estaban tan cerca de lo que más les gustaba hacer, nada podía detenerlos, ni siquiera el coche de policía que pasó por allí.
Pasaron dos minutos y Vicki recibió un mensaje de Jerry: que se reuniera con él en la entrada en treinta segundos.
Los dos subieron las escaleras a toda prisa, sin decir palabra.
Jerry ya había averiguado en qué apartamento vivía el cantante.
De no haberlo hecho, jamás habría enviado el mensaje.
Cuando llegaron al quinto piso, Jerry levantó una mano mostrando un dedo, luego la otra con cinco: apartamento dieciséis.
La ayudó a quitarse el jersey y la camiseta de tirantes que llevaba debajo, y luego le desabrochó el sujetador negro que contenía sus generosos pechos, una 34C.
Ella volvió a ponerse la camiseta. La tela fina se tensó, dejando entrever sus grandes areolas, mientras el aire frío le mantenía los pezones erectos.
Se arregló el pelo, se retocó el pintalabios y se aplicó una muestra de perfume en el cuello y las muñecas.
Jerry besó a su esposa y le entregó la navaja, que ella deslizó en el bolsillo trasero de los vaqueros.
Desde la escalera, observó a su esposa caminar con seguridad por el pasillo enmoquetado hasta la puerta del músico, la última a la izquierda.
Ella llamó al timbre y esbozó una sonrisa.
Unos segundos después, saludó a la mirilla con la mano.
«Vamos, abre la puerta» , pensó Jerry. Un segundo después, la puerta se entreabrió.
Observó a su esposa batir las pestañas mientras apretaba los brazos contra el cuerpo.
Le dijo algo al cantante y empezó a pasearle los dedos por el pecho mientras lo hacía retroceder hacia el apartamento.
Esa era la señal de Jerry. Salió de su escondite y recorrió el estrecho pasillo, listo para interpretar su papel.
Cuando llegó, Vicki ya le había clavado la navaja directamente en la laringe al cantante, inutilizándosela.
Jerry cerró la puerta tras de sí y sacó su cuchillo de tallar favorito.
El hombre retrocedió tambaleándose al ver a Jerry.
Los ojos se le abrieron de par en par. La boca se le abrió.
Con la mano izquierda aún se agarraba el cuello, pero no podía contener la hemorragia.
El cantante negó con la cabeza. Sus ojos llorosos suplicaban clemencia.
Jerry asintió. Los suyos, oscurecidos, no prometían nada de eso.