CAPÍTULO TREINTA Y TRES
Vicki no se había movido, aún a gusto en la misma posición reveladora en que su marido la había dejado.
Pero al final el aburrimiento pudo con ella.
Dio dos vueltas hasta el otro lado de la cama extragrande y cogió el mando de la mesilla de noche.
Pulsó el botón de encendido y la pantalla plana cobró vida con avances de películas disponibles en el sistema de vídeo bajo demanda del hotel.
Pasó por varios canales, pero no reconoció ningún programa.
Pulsó el mando una vez más y apagó el televisor.
Union Square, el epicentro comercial de San Francisco, quedaba a solo unas manzanas, y esa había sido la solución intermedia.
Vicki tenía pensado comprar lencería nueva, algo para sorprender a Jerry.
El conserje le indicó el Victoria's Secret del Westfield Center, a solo dos minutos a pie en dirección opuesta a la plaza.
Una vez allí, pasó treinta minutos buscando el conjunto perfecto. No dejaba de dudar entre el clásico de sujetador, braguitas y liguero y el camisón coqueto y transparente. Estuvo a punto de comprar uno de cada, pero al final optó por lo que pensó que a su marido le gustaría más: esposa stripper.
Vicki no se molestó en recorrer el resto del centro comercial; fue directa a Union Square.
Había querido comprar en Macy's desde que aterrizaron en San Francisco.
Habían pasado casi dos horas cuando recibió un mensaje de Jerry: había vuelto y quería saber por qué no estaba en la habitación.
Vicki había perdido por completo la noción del tiempo.
Parece que acaba de irse . Le contestó que había terminado de comprar y que llegaría pronto.
Bajó a toda prisa las cuatro plantas de escaleras mecánicas hasta la planta baja.
Había pensado estar tumbada en la cama con su nuevo conjunto cuando Jerry regresara. Adiós a la gran sorpresa.
Salió de Macy's por las puertas del norte, frente a Union Square.
Antes de que pudiera girar a la izquierda, en dirección a su hotel, la voz más hermosa le llegó al oído.
Volvió la cabeza de un lado a otro buscando al dueño de aquella voz conmovedora.
Se dejó guiar por ella, cruzó la calle y subió las escaleras hacia la plaza.
Allí, un joven sentado en una silla rasgueaba una guitarra mientras cantaba ante un micrófono.
No era una canción que Vicki hubiera oído antes, pero le encantó.
Ninguno de los transeúntes parecía reparar en él mientras cruzaban el amplio espacio abierto, yendo de una tienda a otra cargados de bolsas.
Su tenor agudo, con notas angelicales, se imponía sin esfuerzo al ruido de la ciudad. Llevaba un sombrero de copa baja que dejaba asomar sus mechones dorados. Completaban el atuendo una chaqueta deportiva marrón, vaqueros y botas de cuero desgastadas.
Tenía los ojos cerrados, y así los había mantenido desde que ella lo vio por primera vez, mientras su pie izquierdo marcaba el ritmo.
Vicki se acercó hasta quedar a metro y medio del cantante y lo escuchó y observó hasta que terminó la canción.
Aplaudió, y él le agradeció con una cálida sonrisa mientras ella sacaba un billete de cinco dólares del bolso y lo dejaba en el estuche de guitarra abierto en el suelo.
Él asintió y volvió a sonreír antes de empezar a rasguear otra canción.
Poco a poco se fue congregando más gente, y Vicki perdió su concierto privado.
Se dio la vuelta para marcharse, no sin antes dedicarle una última sonrisa. Cuando él ya no podía verla, sacó el teléfono del bolso y le escribió a Jerry: «Nunca adivinarás lo que he encontrado».
«¿Qué?», respondió él.
«El corazón que estábamos buscando».