Russian Hill (Thriller del FBI de Abby Kane 3) CAPÍTULO TREINTA Y DOS
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS

Jerry llevaba días esperando con ilusión el tour nocturno de Alcatraz que había reservado antes de llegar a San Francisco.

Pero ahora, con lo que le pasaba a su esposa, la emoción se había enfriado.

Si la noticia del Asesino del Algodón de Azúcar estallaba, tendrían que huir de la ciudad antes de completar sus cinco objetivos, algo que para él era impensable. Toda la situación lo sacaba de quicio.

Tenían una lista de precauciones que habían acordado seguir.

De hecho, había sido idea de Vicki. Ella era quien había diseñado múltiples niveles de planificación para reducir las posibilidades de que los atraparan.

Durante los últimos dos años, había dedicado muchísimo tiempo a perfeccionar el modo en que llevarían a cabo sus asesinatos.

Para este viaje en particular, había pensado en todo: desde identidades falsas y pasaportes hasta tarjetas de crédito prepagadas y cuentas bancarias que se nutrían de sus cuentas en el extranjero.

Llevaban disfraces en las maletas, e incluso tenían un plan por si acababan huyendo y se separaban.

Jerry había estado en contra de todo desde el principio. Prefería matar a su antojo, sin planificar, y le daba igual dejar un rastro que lo delatara. Pero con el tiempo, ella lo había ido convenciendo de cambiar sus métodos. Ahora se había obsesionado con seguir las reglas al pie de la letra.

Todavía no le había dicho a su esposa que su foto había salido en las noticias de la noche. Se habían pasado el día en el hotel, felices entre los brazos del otro, alternando el sexo con el servicio de habitaciones. Un trío siempre parecía unirlos más.

Jerry se giró hacia la mesita de noche y miró el reloj. Eran casi las cuatro y media. Tendrían que empezar a prepararse pronto.

—¿Por qué miras tanto el reloj? —preguntó Vicki con picardía—. ¿No te gusta quedarte en la cama conmigo?

—Tenemos entradas para Alcatraz, ¿recuerdas? No quiero perder el ferry.

—Ah, es verdad —dijo distraída. Vicki no tenía ningún interés en visitar la prisión. Le parecía raro que Jerry quisiera conocer un lugar que podría acabar siendo su realidad, dado a lo que se dedicaban.

Jerry miró a su esposa.

—Sigues sin querer ir, ¿verdad?

Ella hizo un mohín y agachó la barbilla.

—No.

—Mira, quédate aquí y relájate. Pide más servicio de habitaciones. Iré yo solo. No pasa nada.

—¿Seguro?

—Totalmente. «Cuanto menos te vea la gente que sigue las noticias, mejor».

Jerry besó a su esposa para tranquilizarla.

Se levantó de la cama y se metió en la ducha, no sin antes pedirle que lo acompañara.

Mantenerla en el hotel parecía fácil, pero ¿cómo iba a evitar que viera la televisión o se metiera en Internet?

Podría descubrir lo que le había estado ocultando. ¿Y entonces qué?

Jerry le dio vueltas al problema mientras enjabonaba y frotaba la espalda de su esposa.

Pensó en contárselo, pero decidió que lo mejor era callarse.

No tenían un plan para algo así. Sabía que a ella ni se le habría ocurrido contemplar esa posibilidad, convencida como estaba de que jamás acabarían en una situación semejante.

Se quedaría destrozada si supiera que había sido ella quien lo había echado todo a perder.

Jerry deseaba que el error hubiera sido suyo.

Por supuesto que le habría tocado aguantar una buena bronca, pero le habría ahorrado a su esposa la vergüenza.

Si ella se enteraba, Jerry temía que perdiera la confianza en sí misma.

No podía permitirlo. Como equipo, los dos necesitaban mantenerse fuertes.

Lo último que necesitaba era una esposa presa del pánico que le causara más problemas.

Mientras se secaban el uno al otro, él le sugirió como quien no quiere la cosa que se echara una siesta para estar fresca y con ganas de seguir pasándolo bien cuando volviera.

—Jerry —dijo ella sonriendo—, has estado tan atento toda la tarde.

Al oír eso, Jerry se arrodilló y hundió la cara entre las piernas de ella. Vicki se rio e intentó apartarlo, pero él se aferró con fuerza, sin despegar la cara ni dejar de mover la lengua. No tardó mucho en hacer que Vicki sucumbiera al placer una vez más.

Jerry siguió cumpliendo con sus deberes conyugales en la cama mientras echaba un vistazo al reloj cada pocos minutos.

Tenía intención de marcharse en el último momento posible, dejando a su esposa agotada y sin ganas de moverse.

Cuando llegó la hora, la besó y salió disparado por la puerta.

Aunque todo podía torcerse, seguía queriendo visitar Alcatraz.