Russian Hill (Thriller del FBI de Abby Kane 3) CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

—No soy esa persona que describes, si a eso te refieres.

Kang me miró. —Sabía que aquí había gato encerrado. Suéltalo. No podré concentrarme hasta saber exactamente qué está pasando, Abby. ¿O debería llamarte Leslie Choi? —preguntó, enarcando una ceja.

—¿Estás loco?

—¿Qué, te retocaste la cara? ¿Crees que con un poco de cirugía plástica, un cambio de nombre y una historia inventada bastaría? ¿De verdad pensaste que no me daría cuenta?

—Déjame explicarte.

—Oh, sí, estoy deseando escuchar esta explicación. Reuníos, niños. Es la hora del cuento —dijo Kang con entusiasmo exagerado mientras ponía los ojos en blanco.

Si no se calla, lo juro...

—Vamos, adelante. Date prisa. No quiero que tengas tiempo de inventarte otro cuento chino. ¡Ja! Un cuento chino de una mujer bajita.

—¿Vas a dejarme hablar o vas a seguir soltando sandeces?

Kang miró al frente un momento antes de echarme un vistazo rápido.

—Explícate.

Solté una risita, pero me contuve antes de que se convirtiera en carcajada.

—Mira, no soy esa mujer. Ya sé que nos parecemos un poco, pero somos dos personas distintas.

—Espera, ¿entonces hay dos como tú? ¿Tienes una gemela o algo así?

—No —dije, negando con la cabeza—. Leslie Choi trabajaba para mí y con el tiempo asumió mis funciones cuando renuncié. De hecho, somos amigas.

—¿Así que casualmente había dos mujeres bajitas y con carácter en el mismo departamento?

—Oye, puede que los chinos que conoces sean todos altos, pero la mayoría somos bajitos, por si no te habías dado cuenta.

Ese comentario rompió la expresión gélida de Kang, que empezó a reírse, lo que me contagió la risa, hasta que ambos nos desternillábamos.

La gente que pasaba debió de pensar que estábamos locos, porque Kang golpeaba el volante repetidamente mientras yo movía la cabeza de un lado a otro. Al final nos calmamos.

—Leslie y yo trabajamos juntas unos seis años —dije cuando recuperé el aliento—. Le enseñé a esa mujer todo lo que sabe, y ella te lo confirmará. En fin, cuando se trasladó a mi departamento, éramos como dos gotas de agua. Fue la sustituta perfecta cuando me fui.

—Pero si echo bien las cuentas, deberías haber estado todavía en Hong Kong cuando la conocí.

—Así era. Después de renunciar, tardamos unos ocho meses en preparar la mudanza.

—¿Sabías que estaba en San Francisco?

—En ese momento no. Estaba tan concentrada en nuestra mudanza que perdimos el contacto durante un tiempo. Me enteré después de lo de su sobrina, cuando ya había vuelto a Hong Kong. Creo que nos descruzamos: ella volvía y yo venía para acá.

—¿Con qué frecuencia os veis o habláis?

—No tan a menudo como me gustaría. Ojos que no ven, corazón que no siente, supongo.

Kang negó con la cabeza mientras miraba al frente.

—Qué pequeño es el mundo.

—Sí, ni que lo digas.