CAPÍTULO DIECIOCHO
Al día siguiente, Kang se ofreció a llevarme al lugar de la primera escena del crimen, donde habían encontrado la batea llena de dientes de oro.
Me dijo que pasaría a recogerme, ya que vivía cerca.
Esperé fuera y lo vi llegar en un Crown Vic azul oscuro.
Había seguido mi consejo —«Olvídate del traje por un día»— y vestía de manera informal: vaqueros y camisa de vestir.
—Somos prácticamente vecinos —dijo mientras me sentaba en su coche.
—¿Ah, sí?
—Sí, vivo en Russian Hill, en Hyde con Pacific. He tardado cinco minutos en llegar.
Asentí de nuevo y cambié de tema. Esa mañana tenía la cabeza puesta en el caso y no iba a permitir que la cháchara me distrajera. —Esta escena del crimen, ¿está cerca de Fisherman's Wharf?
—En el Muelle 39, para ser exactos. Justo al lado hay un pequeño espacio público.
—Sí, conozco el sitio del que hablas.
Unos minutos más tarde, habíamos aparcado y caminábamos hacia nuestro destino.
Intenté concentrarme en el caso, pero Kang no paraba de interrumpir mis pensamientos con cháchara, hasta que finalmente le pedí que lo dejara.
No pareció molestarse por mi comentario: se limitó a sonreír amablemente y cerrar la boca.
—Es justo aquí —dijo, guiándome más allá de una taquilla de excursiones en barco por la bahía.
El espacio público era una zona pavimentada con varios parterres rodeados de bancos. Uno de ellos era bastante grande y tenía un rosal en el centro.
—Ahí —señaló—. Justo delante del rosal.
Ambos trepamos por los asientos de piedra hasta la parcela elevada de césped.
—¿Quién encontró los dientes?
—Un trabajador municipal encargado del mantenimiento de los jardines lo descubrió sobre las diez de la mañana. Al principio pensó que era una broma, hasta que se dio cuenta de que los dientes eran de verdad.
—¿Y solo estaban la batea y los dientes?
—Había un poco de tierra y agua para que pareciera que alguien acababa de batearlos.
—¿Y el cuerpo?
—Apareció flotando cerca del Pier 33, donde sale el barco a Alcatraz.
Estaba casi completamente oculto bajo el muelle.
Los de la científica confirmaron que las salpicaduras de sangre en el muelle coincidían con las que produciría el tipo de herida en el cuello que tenía la víctima.
Lo mataron allí mismo y lo tiraron al agua.
—Pero no antes de arrancarle los dientes, ¿verdad?
—Sí, se calcula que la hora de la muerte fue sobre la una de la madrugada.
En realidad, primero encontramos el cuerpo.
Los dientes vinieron después. —Kang se volvió hacia mí—.
Ayer mencionaste que nuestro tipo mata por placer.
¿Para qué molestarse en arrancarle los dientes?
Si lo he entendido bien, el subidón está asociado con el asesinato en sí, ¿no?
—Normalmente sí, pero no todos los asesinos encajan en ese perfil.
Yo diría que nuestro tipo se siente muy seguro de sí mismo, lo que significa que no cree que vayan a pillarlo y se permite el lujo de presumir de lo que ha hecho.
También puede que haya descubierto que así prolonga el subidón que le produce matar.
—Bueno, si lo que quiere es alimentar su ego, ¿por qué no usar el cuerpo? Es más llamativo.
—Buena pregunta. Pero si estamos en lo cierto con lo del simbolismo...
—Entonces necesita vincular el asesinato con San Francisco de alguna manera. Los dientes de oro remiten a la fiebre del oro.
—Exactamente. Este asesino ha evolucionado más allá del asesinato en sí, lo que me indica que lleva tiempo en esto.
Es inteligente, sabe lo que hace y está perfeccionando su método.
Lo bueno es que acaban volviéndose arrogantes, y eso los lleva a cometer errores.
De hecho, me sorprende que no haya intentado contactar con los medios.
Seguro que se pregunta por qué no informan más sobre el hallazgo del cuerpo.
¿La prensa sabe lo de los dientes o el dedo?
—No, retuvimos esa información. Necesitábamos algo para descartar a todos los chiflados que aparecen diciendo que lo hicieron ellos.
Chasqueé la lengua repetidamente mientras me balanceaba sobre los talones.
A nuestro alrededor empezaban a aparecer familias.
La mayoría iban a lo suyo, sacando fotos de sus hijos delante de cualquier cosa que pareciera mínimamente interesante; dudo que ninguno de ellos hubiera reparado en la batea y los dientes.
—¿En qué piensas? —Kang se metió las manos en los bolsillos delanteros.
—Hay algo que me mosquea. Nuestro tipo se toma la molestia de crear estas puestas en escena, pero el público básicamente no se entera de nada. Mira a tu alrededor: ¿crees que alguna de estas personas habría reparado en esa batea? ¿Y el dedo? ¿Quién lo habría visto?
—Hmm, interesante. Si nadie se da cuenta, ¿qué sentido tiene? Si lo que busca es llamar la atención, esconder un dedo en un arbusto no fue precisamente lo más inteligente.
—Exacto. A lo mejor le da igual que el público lo vea o no.
—Entonces, ¿para qué hacerlo? —preguntó Kang.
—Quizá va dirigido a una persona concreta o a un grupo reducido. Podría estar documentando la puesta en escena y enseñándosela a ellos.
—Entonces, ¿lo que encontramos son los restos de un espectáculo privado?
—Podría ser...
Ambos nos quedamos allí en silencio unos instantes, dándole vueltas a todo aquello.
Sentaba bien estar fuera de la oficina, rodeada de cielos despejados y aire fresco.
El aire puro obra milagros con la mente.
Inspiré hondo, retuve el aire un momento y lo solté.
—Oye, la chica del hostal me dio una pista que no he seguido. ¿Te apetece acompañarme?
—Claro. ¿Qué pista?
—Algodón de azúcar.