CAPÍTULO QUINCE
El Fay Park se encontraba en el lado oeste de Russian Hill, en la calle Leavenworth, entre Lombard y Chestnut.
Pasé dos veces por delante antes de darme cuenta de que aquel patio trasero impecablemente cuidado con el cenador blanco no era el jardín de nadie, sino el parque.
Al acercarme, descubrí un pequeño letrero junto a la entrada enrejada.
Nota mental: Cosas que me encantan de esta ciudad: hay parques diminutos de un cuarto de acre encajados entre las casas.
El parque era precioso y tenía, no uno, sino dos cenadores blancos separados por una parcela rectangular de césped con esquinas invertidas.
Cuatro parterres simétricos de flores rodeaban cada cenador.
Dos escalinatas conducían al segundo nivel, donde había rosales.
También había varios bancos, pero el que me llamó la atención estaba en el primer nivel, entre las dos escaleras. Allí habían encontrado el cuerpo.
Me senté en el banco y comprendí por qué a la víctima le encantaba sentarse allí.
La vista era idílica y apacible. Me pregunto cómo descubrió el asesino este parque o cómo dio con ella.
Seguro que no pasó por aquí y dijo: «Oye, creo que voy a matar a esa señora».
Si se había quedado dormida, habría sido la oportunidad perfecta.
Pero el parque era pequeño y poco conocido.
Me resultaba difícil creer que el asesino hubiera dado con ella por coincidencia.
¿La había visto antes y la había seguido hasta su casa?
¿Cuánto tiempo la observó? ¿Días? ¿Cómo sabía que paseaba a su perro todas las noches? Conocía sus rutinas. La acechó.
¿Y qué pasaba con el dedo cortado? Me levanté y miré alrededor, esperando que algo me llamara la atención.
Le había cortado el dedo que llevaba un anillo de diamantes, pero no le había quitado ninguna otra joya.
Saqué el móvil, abrí el informe que Kang me había enviado por email y lo examiné hasta encontrar lo que buscaba.
Interesante. Por alguna razón, había dado por hecho que el dedo desaparecido era el del anillo de bodas. No era así.
Kang había dicho que la víctima vivía dos casas más arriba, así que busqué en el informe y encontré la dirección.
El número era impar, así que vivía en el lado izquierdo de la calle.
Conté dos casas y me detuve frente a una victoriana de dos plantas, bellamente renovada, con una fachada muy ornamentada y colorida de molduras de madera.
La casa estaba en alto, alejada de la acera, con unas escaleras que hacían tres zigzags hasta la puerta principal, imitando la famosa calle sinuosa de al lado.
Era preciosa, pero no me imaginaba haciendo esa subida todos los días.
Mientras admiraba la residencia, algo brillante en uno de los setos inferiores directamente frente a mí me llamó la atención.
Me acerqué para verlo mejor. ¡Santo cielo!
Tenía delante un gran anillo de diamantes. Estaba en un dedo.
¿Podría ser? Aparté unas ramas y me respondí a mí misma. Tenía que ser el dedo desaparecido de la víctima. Pero ¿por qué dejarlo aquí? ¿Por qué el asesino se arriesgaría a volver a la casa de la víctima para plantar el dedo? No tiene sentido.
Si el asesino había colocado el dedo aquí, encajaba más con los dientes de oro en la batea.
Ambas víctimas habían sufrido mutilaciones y las partes del cuerpo habían sido trasladadas a otro lugar, lejos del cadáver.
¿Era la parte del cuerpo el objetivo del asesino o lo era la muerte en sí?
¿Extraer la parte del cuerpo era una forma de prolongar el asesinato?
Intentaba transmitir un mensaje, pero no estaba segura de cuál.
Era una forma extraña de comunicarse, pero no sería la primera vez que un asesino dejaba acertijos.
Aun así, no creía que la escenificación de las partes del cuerpo pretendiera eso. ¿Y por qué seguía pensando que el asesino de Kang también había matado a mi excursionista? Aparte de los hallazgos del médico forense y mi corazonada, nada más conectaba los dos crímenes. A menos que…
Saqué el móvil y marqué.
—Kang al habla.
—Kyle, lo tienes al revés.
—Abby, ¿eres tú?
—Sí, soy yo. ¿Has oído lo que he dicho? La motivación está mal. Tu tipo no está coleccionando.
—¿Entonces qué hace?
—Mata por placer.