CAPÍTULO DOS
Domingo de Dim Sum.
Así lo llamaban Ryan y Lucy. Me había acostumbrado a llevar a la familia a desayunar todos los domingos.
Todos disfrutábamos de la salida, especialmente mi suegra, Po Po.
Se había hecho amiga de algunas comerciantes de Chinatown y aprovechaba ese tiempo para charlar, casi siempre cotilleos.
Sentía la necesidad de conversar en su lengua materna.
Yo no lo anhelaba como ella, pero lo entendía.
El idioma formaba parte de ella y necesitaba expresarlo.
Además, a veces una historia resulta más graciosa en chino.
Yo hablaba inglés casi siempre, y los niños también.
Pero estaban aprendiendo cantonés —no mandarín, el idioma oficial de China— porque Po Po estaba empeñada en que aprendieran la lengua que hablábamos en Hong Kong.
Cuando yo no estaba en casa, solo les hablaba en chino.
Nada de inglés. Era inflexible en eso, y yo estaba de acuerdo.
Ser bilingües les daría una ventaja algún día.
A ellos no parecía importarles. Ambos lo asumían con total naturalidad.
Todos amábamos Chinatown por razones distintas.
Para Po Po y para mí, era un pedacito de lo que echábamos de menos: los tonos ascendentes y descendentes del chino hablado en la calle, el olor a hierbas y productos secos que salía de las herboristerías, y la infinidad de restaurantes chinos que servían nuestros platos favoritos, por mencionar solo algunas.
Para los niños, lo de siempre: juguetes y chucherías.
Lucy, mi hija pequeña, tenía seis años y medio y ya tenía ideas propias.
En lugar de seguirme a todas partes como antes, encontraba otras formas de entretenerse.
Todo lo de Hello Kitty era su obsesión. Cada vez que pasábamos por la tienda que vendía esas pegatinas, tiraba de mí para entrar, con la esperanza de que sacara la cartera.
Con nueve años, Ryan seguía madurando y buscando independencia.
Cada vez pasaba más tiempo con amigos y en actividades extraescolares de todo tipo: judo, fútbol e incluso clases de cultura china en el Centro Juvenil Chino.
Su vicio secreto en Chinatown eran las cajitas de petardos.
Me suplicaba que se los comprara prometiendo que no se los tiraría a su hermana.
La última vez que le compré una caja, le tiró el primero a Lucy a la cabeza. El resto acabó en la basura.
Recuerdo haberle dicho:
—Te dije que no se los tiraras a la gente.
—Pero, Abby, no dijiste que los tirarías a la basura.
—Espero que me hagas caso, sepas las consecuencias o no.
Puede que no sea su madre biológica, pero sigo siendo su madre, y las reglas las pongo yo.
Desde entonces, él preguntaba y yo decía que no. Pero aquel día estaba de buen humor y me sentía generosa. Ya había cumplido bastante castigo, así que le compré una caja y le recordé la regla.
Habíamos terminado de desayunar hacía media hora y paseábamos por Grant Avenue cuando Po Po nos paró frente a la Eastern Bakery.
—Voy a comprar pastel de arroz para luego.
Otro capricho que se había convertido en costumbre.
Entró mientras los tres nos quedábamos en la acera, al margen del trasiego dominical. Apenas había apartado la vista de los niños cuando oí un chillido y Lucy se escondió detrás de mí.
Miré a Ryan.
—¿Acabas de tirarle un petardo a tu hermana?
—Ella dijo que podía —respondió con calma, como si tuviera un argumento irrebatible.
—¿Qué te dije antes?
Se encogió de hombros con los brazos abiertos.
—Pero ella dijo que no pasaba nada.
Empezó a resoplar y a patalear; sabía lo que venía.
Extendí la mano. Me entregó la caja y la tiré a la papelera. Miré a Lucy, que tenía una sonrisilla traviesa. Me agaché y le quité el paquete de pegatinas.
—Oye, esas son mías.
—Ya no.
Las tiré también.
—La próxima vez, no provoques a tu hermano.
Po Po volvió y se encontró con dos niños mohínos que miraban la acera con el ceño fruncido cuando no me fulminaban a mí o se fulminaban entre ellos.
Antes de que pudiera preguntar qué había pasado, un chasquido seco me llamó la atención.
Contuve el aliento. ¡Un disparo! Metí a los niños y a Po Po en la panadería a toda prisa.
—Quedaos aquí.
Ya en la calle, recorrí la zona con la mirada.
A mi izquierda, a unos cincuenta metros, había un alboroto.
Bajé de la acera y di dos pasos para ver mejor.
Entonces lo vi: un adolescente abriéndose paso a empujones entre la multitud.
Detrás, persiguiéndolo, un hombre alto trajeado.
El chaval iba chocando con los ancianos, que se tambaleaban unos contra otros como bolos.
Enseguida dejó la acera y salió a la calzada.
Fue entonces cuando vi la pistola en su mano derecha.
No sabía por qué lo perseguían, pero cuando se acercó vi que llevaba la camiseta rasgada y el pecho cubierto de tatuajes. No digo que eso lo convirtiera en un delincuente, pero estábamos en Chinatown y yo sabía que en el barrio había Tríadas, bandas chinas.
Apenas me había fijado en sus tatuajes cuando disparó de nuevo contra el trajeado. Este chaval está loco. Las aceras estaban abarrotadas de gente, sobre todo familias. Si seguía disparando, era cuestión de tiempo que hiriera a algún inocente.
Estaba fuera de servicio, pero llevaba el arma encima.
Sin embargo, no quería provocar que disparara sacando la mía.
Calculé que a esa velocidad podría hacerle la zancadilla.
No era alto, pero yo tampoco. Placarlo quedaba descartado.
Busqué algo con que derribarlo, pero no vi nada.
Me preocupaba si mis piernas serían lo bastante largas para trabarle las suyas y si podría mantener el equilibrio.
Se acercaba. Rápido. Tenía que decidirme.
Justo cuando iba a pasar de largo, di un paso atrás hacia la calzada y lancé el brazo hacia arriba con todas mis fuerzas.
El antebrazo y el puño le impactaron en la parte alta del pecho, justo debajo de la nuez.
El golpe lo frenó en seco y le levantó los pies del suelo, haciéndolo caer de espaldas con fuerza.
Soltó un quejido mientras la pistola se le escapaba de la mano; la aparté de una patada.
El viejo truco del tendedero había vuelto a funcionar.
Unos segundos después llegó el trajeado y le dio la vuelta al chaval. Jadeaba con fuerza mientras intentaba hablar.
—Soy detective. Apártese.
Le puso una rodilla en la espalda y lo esposó.
—No debería haber intervenido. Es peligroso —dijo, aún sin recuperar el aliento.
Eché la cabeza hacia atrás y fruncí el ceño. Esperaba al menos un agradecimiento.
—Por lo que se ve, le hacía falta ayuda.
—Lo estaba alcanzando —dijo jadeando.
Se agachó, apoyó las manos en los muslos un momento y luego se incorporó del todo.
Fue entonces cuando me fijé en su altura, inusual para un asiático.
Debía de medir al menos metro ochenta y ocho, aunque era bastante delgado.
El sudor le corría por los lados de la cara y le empapaba el cuello de la camisa. Lo vi aflojarse la corbata.
—¿Estás bien? Parece que te vas a desmayar.
Entrecerró los ojos mirándome.
—Para que lo sepas, perseguí a este tipo por California antes de girar por Grant. ¿Sabes lo empinada que es California?
—Ajá —dije, chasqueando la lengua.
Justo entonces apareció otro hombre alto trajeado. Era calvo, blanco y musculoso.
«Déjame adivinar, el Departamento de Policía de San Francisco emparejó a los dos tipos altos».
—Lo atrapaste. Buen trabajo —dijo con acento ruso.
Carraspeé.
Los dos me miraron. Cargué el peso en la pierna izquierda y me crucé de brazos.
—Ella ayudó —admitió el asiático.
Al otro se le dibujó una amplia sonrisa en la cara, seguida de una risa grave. Luego se agachó y tiró del chico para levantarlo del suelo. Pidió por radio que un coche patrulla lo esperara en la esquina.
—¿Por qué lo perseguían?
Hizo una pausa antes de responder.
—Es un sospechoso buscado.
—Parece un pandillero con esos tatuajes en el pecho.
—¿Sueles meterte en asuntos policiales? ¿Qué eres, una estudiante de derecho de primer año o algo así?
Arqueé la ceja izquierda.
—Solo cuando ayudo a la policía a hacer su trabajo.
—Como he dicho, lo tenía controlado.
Para entonces, Po Po y los niños habían vuelto a mi lado.
—Bueno, parece que todo está bajo control —me di unas palmaditas en el estómago—. Acabamos de darnos un buen atracón de dim sum. Hora de ir a casa a descansar.
¡Toma!
Visiblemente irritado y con ganas de marcharse, el detective me tendió su tarjeta.
—Si al final vas al médico por lo del brazo, llámame. Seguramente pueda conseguir que el departamento te reembolse los gastos.
—Gracias.
Le arrebaté la tarjeta de la mano con el mismo brazo que había usado antes.
Lo vi alejarse a toda prisa para alcanzar a su compañero. Entonces miré la tarjeta: Detective Kyle Kang, División de Delitos contra las Personas.