Russian Hill (Thriller del FBI de Abby Kane 3)
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CAPÍTULO UNO
Jerry y Vicki irrumpieron en la habitación de su hotel entre carcajadas. Ella iba delante; él la seguía. Dejó caer el bolso y se quitó la peluca castaña antes de girar una vez como una bailarina y dejarse caer de espaldas sobre la cama king-size.
—He pasado un día maravilloso —Vicki suspiró y sonrió—. ¿No es San Francisco la mejor ciudad del mundo?
—Encantadora y entrañable —dijo su marido mientras se dejaba caer en la cama junto a ella. Hundió un lado de la cara en la suave almohada, aplastándose la mejilla hacia arriba hasta cerrarse el ojo.
—El día salió perfecto. No podría haber ido mejor.
Él levantó la cabeza.
—Hubo algo de planificación de por medio.
Ella le clavó un dedo en las costillas.
—Ya sabes a qué me refiero, tonto.
—Vaya, estoy agotado —abrazó la almohada y apartó la cara de ella.
—Yo también, pero tenemos reserva para cenar en Top of the Mark y tengo muchas ganas.
Jerry no necesitaba mirar a su mujer para saber que tenía los labios fruncidos en un puchero. Su tono de voz lo decía todo. También sabía que, si la miraba, ella le lanzaría un batir de pestañas. Nunca había podido resistirse a eso.
—Vale, descansaremos un rato —murmuró.
El cómodo colchón pillow top atrapó a la pareja en su abrazo onírico, ralentizando sus respiraciones y amortiguando el latido de sus corazones. Solo unos segundos…
Temiendo perder la noche por acostarse temprano, Vicki alargó el brazo y empujó a su marido hasta que se balanceó de un lado a otro.
—Estoy despierto, cariño.
Ella continuó.
—Estoy despierto —dijo más alto.
—Tenemos que movernos o nos quedaremos dormidos los dos —fue la primera en bajar las piernas de la cama—. Vamos, levántate. Yo me ducho mientras tú preparas las fotos.
Para entonces, Jerry se había incorporado hasta quedar sentado en el borde de la cama, con los ojos todavía cerrados. Ella se acercó, le agarró ambas manos y tiró de él hasta ponerlo de pie.
—Mi cámara está en el bolso —Vicki señaló hacia el escritorio.
Desapareció en el baño, pasó de largo la bañera y entró en la cabina de ducha.
Jugueteó con los mandos de agua caliente y fría hasta que la temperatura quedó perfecta.
Se quedó quieta, dejando que las gotas le masajearan el cuello y la espalda mientras repasaba el día en su cabeza.
Esos pensamientos le arrancaron una sonrisa.
Se extendió gel de baño por los brazos y el vientre, pero se detuvo en los pechos.
Allí trazó una línea recta varias veces antes de salir de su trance.
Continuó duchándose y se sacudió cualquier resto de sueño que pudiera quedarle.
Luego se envolvió el pelo corto y negro en una esponjosa toalla blanca y se puso un albornoz igual de suave antes de salir del baño.
—Me siento mucho mejor —anunció Vicki mientras se acercaba a Jerry por detrás.
Él estaba sentado al escritorio, revisando un organizador de fotos en su portátil. Había ido seleccionando fotos una a una para arrastrarlas a una carpeta del escritorio titulada Piper.
Ella se inclinó y dejó descansar los brazos sobre sus hombros.
—¿Qué fotos estás pensando usar?
—Hay un montón de buenas, pero te enseñaré las que creo que son las mejores.
Hizo clic en la carpeta y esta se abrió de golpe.
—Esta primera sois tú y Piper en el ferry.
—Ah, sí, esa es buena. Parece que nos lo estamos pasando bien.
—Aquí estáis las dos comiendo algodón de azúcar en el muelle. Se le ven de maravilla los preciosos ojos color avellana de Piper.
—Desde luego.
—Esta es de nuestra caminata en Muir Woods. Vosotras dos intentabais rodear una secuoya con los brazos. ¿Te acuerdas? —preguntó, girando la cabeza.
—Qué altos eran esos árboles.
—Pero creo que lo que realmente cerrará el trato es el vídeo.
—Me alegro de que grabaras esta vez.
Un rectángulo negro apareció en la pantalla y un momento después empezó a reproducirse el metraje de una joven con coleta. Caminaba por un sendero mientras miraba hacia los árboles que la rodeaban. De vez en cuando, se volvía juguetona hacia la cámara.
—¿Por qué me estás filmando? Deberías estar filmando a tu mujer rodeada de toda esta belleza.
—Es que nos lo estamos pasando tan bien contigo —dijo una voz masculina fuera de cámara—. Quiero guardarlo como recuerdo. ¿Verdad, cariño?
—Por supuesto —se oyó la voz de otra mujer fuera del encuadre. Entró en plano y enganchó su brazo con el de la joven—. Créeme, Piper, tiene un montón de fotos mías. Es agradable no ser el centro de atención de su objetivo.
—Las dos estáis estupendas —dijo la voz masculina.
La joven soltó una risa inocente. Parecía no ser consciente de su hermoso aspecto mediterráneo.
Su larga melena empezaba con raíces oscuras hasta justo por encima del hombro, donde comenzaba a aclararse en perfectas mechas desteñidas de surfista en las puntas.
Medía un metro ochenta y lucía brazos y piernas largos y gráciles.
Los pantalones cortos vaqueros y la camiseta gris de los San Francisco Giants que llevaba complementaban su tez naturalmente aceitunada, y sus zapatillas deportivas resaltaban a la perfección sus esbeltas pantorrillas.
Los tres habían dejado el camino pavimentado del parque, donde pasaba el tiempo la mayoría de los visitantes, y se habían aventurado por uno de los muchos senderos que atravesaban el bosque circundante.
Cuarenta minutos después, y sin cruzarse con ningún otro excursionista, llegaron a un hermoso claro y descansaron.
Se oía a los pájaros conversando entre sí mientras las hojas susurraban de vez en cuando con la suave brisa: una calma ajena a la mayoría de los habitantes de la ciudad.
—Esto me recuerda a mi infancia en Ohio —dijo Piper desde la pantalla—. Era tan tranquilo allí, solo los sonidos de la naturaleza. Nada más.
—Esta es la parte que estábamos esperando —dijo el hombre mientras clavaba el dedo en el botón de volumen de su portátil, subiéndolo al máximo.
Piper había estado mirando directamente hacia arriba, hacia los árboles, mientras giraba lentamente.
Cuando se volvió hacia la cámara, la mujer mayor entró en el encuadre con el brazo derecho echado hacia atrás.
Plantó firmemente ambos pies antes de balancear el brazo en un amplio arco con toda la fuerza y rapidez que pudo, clavando una pequeña hacha directamente en el pecho de Piper.
Clonc . La fuerza casi derribó a la joven, pero la mujer mayor la agarró de la camiseta y la estabilizó antes de salir del encuadre.
Piper abrió los ojos de par en par al mirar el instrumento clavado en su pecho.
El labio inferior le temblaba mientras una mancha roja oscura se extendía desde el hacha por toda la camiseta.
Respiró varias veces con rapidez, mirando directamente a la cámara.
Un momento después, cayó de rodillas. La cámara la siguió.
Aun así, mantenía la mirada fija en el objetivo, incapaz de hablar, apenas respirando.
Extendió un brazo, la única manera de transmitir las dos palabras que su boca ya no podía pronunciar: Ayúdame .
Y entonces cayó.
La cámara la siguió cuando se desplomó sobre el costado izquierdo, con los ojos aún clavados en el objetivo.
Una respiración. Luego otra. Luego nada.
Jerry cerró la ventana del vídeo y miró a su esposa.
—¡Bravo! Excelente trabajo, querida —exclamó Vicki—. Me encanta cómo la seguiste hasta el suelo. Brillante.
—No podría haberlo hecho sin ti. Tienes una puntería estupenda. Y ese disfraz... me encantas con el pelo más largo —se puso de pie, agarró a su esposa por la cintura y le dio un beso—. Pero Piper es la verdadera estrella, una participante maravillosa.
—¿Lo subimos antes de cenar? —preguntó Vicki.
—Sí, por supuesto. Estoy muy emocionado con este.
Jerry volvió a sentarse y hizo clic en la carpeta de Juegos, luego en un icono de dragón. La pantalla se volvió negra y apareció un dragón animado en dorado y rojo que escupió varias llamaradas antes de transformarse en un logotipo con el título «Chasing Chinatown».
Introdujo una contraseña y, unos segundos después, apareció un mapa del mundo con puntos de referencia en Toronto y San Francisco conectados por una línea arqueada.
En la esquina superior derecha aparecieron dos avatares de tortugas animadas vestidas con trajes náuticos, sobre las palabras «Equipo Carlson».
—Piénsalo: hace seis meses estábamos aburridos, buscando aventura. Ahora hemos recorrido ocho mil kilómetros y dejado nuestra marca en dos grandes ciudades, todo gracias a este pequeño programa.
A la izquierda del mapa había cinco enlaces: Atracciones Uno a Cinco. Jerry hizo clic en la tercera y empezó a subir fotos. En cuestión de segundos, la transferencia terminó. Apareció un mensaje de confirmación, seguido de otro que indicaba que el contenido estaba pendiente de revisión.
—Odio esta parte... la espera —Vicki se sentó en la cama y se echó hacia atrás, apoyándose en las manos.
La espera se hizo eterna, pero solo habían pasado treinta segundos cuando la pantalla estalló en fuegos artificiales y apareció la palabra «¡Felicidades!
». Tras el espectáculo de luces, el encabezado Atracción Cuatro pasó de rojo a verde.
Jerry hizo clic y apareció la imagen de un pergamino que se desenrolló para revelar un mensaje: La buena fortuna viene en muchas formas.
Encuentra la correcta para tu próxima pista.
Vicki se incorporó y se inclinó hacia delante para ver mejor. —¿Buena fortuna? ¿Podrían ser menos claros?
Jerry miró a su esposa. —No te preocupes, lo resolveremos. Podemos hablarlo durante la cena si quieres. Pero por ahora, disfrutemos de haber completado tres Atracciones —se puso de pie y tiró de su esposa para levantarla de la cama—. Estamos en racha.
Bailó con ella, la hizo girar y la inclinó hacia atrás. La toalla le cayó de la cabeza y el albornoz se le abrió, dejando al descubierto sus partes íntimas.
Vicki sonrió mientras él la enderezaba. Le cubrió la cara de besos antes de apartarse. —Tenías tanta razón sobre este viaje. Me alegro de que lo hayamos hecho.
—Sí, yo también. Me lo estoy pasando de muerte.