Rush (La Hermandad 2) 6 Rush #2
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6 Rush #2

Tres pasos rápidos y estoy junto a una ventana.

Encojo los brazos sin soltar la pistola y ladeo la cabeza hacia la ventana para mirar dentro.

Las cortinas están echadas salvo por una rendija, y veo el resplandor de una lámpara.

Me sitúo al otro lado de la ventana en un movimiento rápido, subiendo los dos escalones hasta estar junto a la puerta principal.

Agarro el pomo con una mano y me detengo para escuchar si hay movimiento dentro de la cabaña o por parte de Wolf o Sully.

El crepitar de las cabañas ardiendo es lo suficientemente fuerte como para tapar los demás sonidos.

Mis nervios bailan de urgencia, pero saltarme el protocolo no ayudará a nadie si acabo muerto.

Una vez que me satisface el silencio, giro con cuidado el pomo y la puerta se abre sin hacer ruido.

Hago una pausa por si hay alguna reacción, y es entonces cuando lo oigo: sollozos.

Mis instintos rugen, ahogando cualquier pensamiento racional mientras abro la puerta de golpe.

Golpea la pared con fuerza suficiente para abollarla, pero ni siquiera le dedico un segundo pensamiento a eso ni al sonido que ha provocado.

Lanzo una mirada al salón y a la cocina de este estudio y corro por el corto pasillo hacia lo que supongo que son los dormitorios.

Gruñidos suaves y golpes llenan mis oídos, y mi mente sufre un cortocircuito.

No pienso. Actúo.

Levanto un pie calzado con bota y lo planto en el centro de la puerta barata y endeble. La puerta cede bajo la presión de mi bota, pero no se abre. Saco el pie del agujero que he hecho y me inclino hacia él.

No importa lo que encuentre en esta habitación, no cambiará lo que siento por mi pajarito. Pero no quiero esto para ella. No quiero que esta experiencia la transforme en algo que yo no pueda arreglar. Temo el impacto en su alma.

Arrasaría el mundo entero para evitarle un segundo de dolor.

Nada podría haberme preparado para la imagen que encuentro al asomarme por el agujero.

—Pajarito. —Su nombre sale de mis labios en un suspiro.

Me está apuntando con una pistola y, si no me sintiera aplastado por la necesidad de llegar hasta ella, la elogiaría.

Sus ojos buscan los míos, pero están vacíos de Alaina.

Su vestido de cumpleaños roto y sucio, el pelo pelirrojo enmarcando salvajemente su rostro, rastros de lágrimas por las mejillas, dejando surcos de rímel negro a su paso.

Alguien ha roto a mi pajarito, y eso quiebra algo dentro de mí.

Algo que no creía que fuera capaz de sentir.

Introduzco la mano por el agujero y agarro el pomo para desbloquearlo. Al no notar el mecanismo de cierre, bajo la vista. Se me tensa la mandíbula cuando veo que la cerradura está en la parte exterior de la puerta. ¿Qué clase de lugar enfermo cierra las puertas de los dormitorios solo desde fuera?

Quito el cerrojo y empujo la puerta, pero encuentro resistencia. Lanzo una mirada hacia Alaina y veo que no se ha movido ni un centímetro, pero sus ojos siguen mi movimiento.

Cuando vuelvo a empujar la puerta, observo que su mirada baja hacia el suelo y luego vuelve a subir hacia mí. Empujo una vez más desde la mitad inferior y finalmente se abre un poco. A partir de ahí, meto el pie y hago palanca para abrir la puerta y empujar lo que sea que la ha estado bloqueando.

Finalmente, la puerta está lo bastante abierta como para que pueda deslizarme dentro. No me sorprende ver un cadáver. Le dedico exactamente dos segundos, lo justo para notar que no lo conozco, que sus pantalones siguen abrochados y que está cubierto de sangre.

Fijo la mirada en la criatura que tengo delante. Agarra con fuerza una pistola desconocida... la pistola del muerto, si tuviera que adivinarlo. Reprimo a la bestia que llevo dentro, que se siente henchida de orgullo ante lo que parece un lápiz clavado en la pierna del tipo.

Ahora no es el momento de alabar a nuestro pajarito por sus habilidades apuñalando con lápices, razono.

Tiene salpicaduras de sangre por todo el cuerpo, algunas secas y otras todavía húmedas, frescas, y todo su cuerpo tiembla, pero aun así, permanece en silencio.

Me acerco a ella y se estremece. Esa acción es suficiente para atravesar otro pedazo de mi alma.

Si la hubiera protegido mejor, para empezar ni siquiera estaría en esta situación. Yo tengo la culpa.

Bueno, y el que sea ese hijo de puta que tengo detrás de mí, pero eso ya se verá en otro momento.

—Ven aquí, pajarito. Ya estás a salvo. Soy yo. —Le tiendo una mano.

Alaina ladea la cabeza hacia la izquierda, con nuevas lágrimas recorriéndole las mejillas. —¿Declan?

El alivio me inunda y se me relajan los hombros. —Estoy aquí, pajarito.

Un sollozo sacude su cuerpo y deja caer la pistola al suelo sin pensarlo. Tengo medio segundo para prepararme antes de que dé dos pasos y se lance a mis brazos. —¡Oh, Dios mío, Rush! —Sus brazos se envuelven alrededor de mi cuello y me aprietan—. No puedo creer que estés aquí.

La rodeo con mis brazos y la atraigo más hacia mí. —Claro que estoy aquí. —Me aparto y le retiro un poco de su pelo revuelto de la cara para poder mirar esos ojos suyos tan profundos—. Siempre te encontraré. —Parpadea y otra lágrima le recorre la mejilla.

—¿Lo prometes? —Su voz es queda, pero sus ojos gritan. Están brillantes e iluminados por algo más que lágrimas. El alivio, tal vez. O la gratitud.

—Sí. Te lo prometo. Iría hasta el fin del mundo por ti, Alaina.

Se pone de puntillas y presiona sus suaves labios contra los míos. Me hace falta cada gramo de autocontrol que poseo para no empujarla contra la pared y tomar lo que me ofrece sin saberlo. Le lamo la comisura de la boca, y el sabor de su sangre de alguna manera aumenta mi deseo.

Me aparto cuando oigo el leve sonido de unos pasos.

Y aunque reconozco el andar de Wolf, no me arriesgo cuando se trata de ella.

Saco mi pistola, pongo a Alaina detrás de mí y apunto hacia la entrada.

La idea de ser un blanco fácil en medio de esta habitación no me gusta nada, pero me he quedado sin tiempo y sin opciones.

Wolf echa un vistazo a la habitación desde el pasillo y suelto un suspiro.

—Estamos aquí dentro, hermano.

Wolf entra en la habitación al mismo tiempo que Alaina sale de detrás de mí.

Me digo a mí mismo que es bueno que las líneas de la cara de Wolf se suavicen un poco cuando la ve. Que un peso se levanta visiblemente de sus hombros. Me da esperanzas de que no esté perdido, de que Conor siga acechando bajo la rabia y la violencia.

Es un equilibrio delicado que todos aprendimos a dominar demasiado pronto en esta vida.

Nunca fue una cuestión de si nos uniríamos a las filas; la Hermandad está tejida en mi ADN desde hace generaciones.

Y Sully y Wolf son mis verdaderos hermanos en todos los sentidos de la palabra.

No hay nadie que camine sobre esta Tierra en quien confíe más para guardarme las espaldas.

Algún día, ese número aumentará en uno. Algún día cercano.

Observo cómo el objeto de mi afecto se lanza a los brazos de mi hermano. Algo tira dolorosamente de mi pecho cuando ella solloza contra él. Wolf la estrecha contra su cuerpo, prácticamente envolviéndola, y hunde la cabeza en esa masa salvaje de ondas en su cuello.

Le oigo murmurar algo demasiado bajo contra su cuello para que yo lo oiga, pero ella lo abraza con más fuerza. Después de un momento, se aparta de él y me mira por encima del hombro.

Miro sus ojos y, aunque sé que no está preparada para todo lo que tengo para darle, no puedo ocultar mi obsesión. No cuando estoy luchando por mantener el control. El pensamiento de lo que podría haber pasado en este antro de mierda es suficiente para mandarme a la tumba antes de tiempo.

—¿Cuántos en tu cabaña? —le pregunto a mi hermano en un esfuerzo por dirigir mis pensamientos en otra dirección.

Me mira por encima del hombro de ella, pero no retrocede ni retira los brazos. —Dos. ¿Cuántos aquí?

—Solo este —digo con un gesto hacia el tipo que hay detrás de él.

Wolf mira el cuerpo y silba. —¿Qué ha pasado?

Señalo a Alaina con la cabeza y a Wolf se le suben las cejas hasta el nacimiento del pelo. —Podemos averiguarlo más tarde. Busquemos a Sully y a los demás.

—Sí. Llevemos a la Pelirroja a casa.