Rush (La Hermandad 2) 7 Alaina
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SIETE

ALAINA

Con su mano firmemente entrelazada con la mía, Wolf me guía fuera de la habitación y a través de la pequeña cabaña. Miro por encima del hombro no menos de tres veces hacia la figura tendida de Sean. En mi cuarto intento, Rush se sitúa justo detrás de mí y me bloquea la vista.

—No más, pajarillo —su voz es profunda mientras pronuncia las palabras con suavidad.

Siento su calor chocar contra mi espalda un segundo después, y algo en mi interior se sosiega.

Miro a los ojos a Rush mientras deposito mi confianza en Wolf para que me guíe fuera de la cabaña a salvo.

En cuanto cruzamos el umbral y salimos al aire estival, otra explosión ilumina el cielo y hace temblar la tierra bajo nuestros pies.

Una bandada de pájaros alza el vuelo desde un árbol cercano, piando con desagrado.

—Rush —gruñe Wolf entre dientes.

—Quédate con ella. Yo lo encontraré —Rush roza con la mano la parte baja de mi espalda mientras nos rodea y se dirige hacia la cabaña más cercana a nuestra izquierda.

Rodeo el brazo de Wolf con mi mano libre y pego mi cuerpo al suyo. Una quinta explosión llega desde la derecha, esta vez la más fuerte de todas. Me estremezco pero no digo ni una palabra. No estoy segura de ser capaz de hablar en este momento. Ni siquiera sé qué diría si pudiese.

—Me cago en la puta —maldice Wolf mientras saca su teléfono del bolsillo.

Marca unos cuantos números y murmura—: Cógelo, cógelo.

—Alguien debe de responder porque, un momento después, exhala—: Oh, joder, gracias a Dios.

¿Dónde estás? Según mis cuentas, van cinco explosiones...

y solo hay diez cabañas. Nuestras probabilidades no son buenas.

—Hace una pausa—. Tenemos lo que vinimos a buscar.

—Wolf me aprieta la mano—. Si no has encontrado a nadie a estas alturas, sal de ahí de una puta vez.

Hablaremos en nuestro próximo punto de encuentro.

Sin despedirse, Wolf finaliza la llamada y se guarda el teléfono. Se golpea la pierna con los dedos, con un ritmo rápido y frenético. Me lanza una mirada, un rápido escrutinio de mi rostro, y lo que sea que ve allí hace que una maldición escape de sus labios.

Me pregunto distraídamente si sus labios se sentirán diferentes contra los míos.

Su mano entrelazada con la mía se siente igual...

pero más. Es algo curioso, de verdad. Su mano se siente cálida y reconfortante envolviendo mi mano más pequeña, lo cual suena bien en teoría.

Quiero decir, está bien. Pero yo no me siento bien. No me siento cálida ni reconfortada.

Me siento fría y en carne viva, como si todo lo que creía saber sobre el mundo hubiera sido arrancado como papel de seda, dejando a la vista el mundo real en toda su violenta y ardiente gloria.

Las capas de humanidad que ingenuamente puse en cada persona que conocí se han pelado para revelar las bestias que todos llevamos dentro.

Es tan esclarecedor como desalentador darse cuenta de que, en el núcleo de nuestro ser, no somos mejores que animales luchando por la supervivencia.

Yo no soy la excepción. Los acontecimientos de esta noche me lo han enseñado.

Y ahora, mientras permanezco aquí con el telón descorrido, todo parece más nítido y ruidoso. Un minuto después, y todo se siente como si estuviera bajo el agua. Estoy luchando por conectar quién era antes de este día con quién soy ahora.

Porque no son la misma persona; he cambiado de forma irrevocable.

Y no sé qué hacer ni cómo actuar ahora. ¿Cómo se actúa después de haber luchado por la vida... y haber ganado?

Estoy perdida en mis reflexiones filosóficas cuando otra explosión ilumina el cielo. Por instinto, me giro hacia el ruido. Rush y Sully corren hacia nosotros, a contraluz por las llamas de color naranja brillante que consumen otra cabaña.

—¿Alguien más? —grita Wolf.

—No. El resto de nuestros chicos se ha retirado. Vámonos —grita Rush mientras acorta la distancia hacia nosotros.

Mi mirada salta de Rush a Sully, y mi corazón late con fuerza ante la expectativa. Me alivia verlos a ambos relativamente ilesos. Mi mirada encuentra la de Sully y no puedo apartarla. Sus labios se parten y murmura lo que suena como una maldición.

Llegan hasta nosotros y Sully se detiene frente a mí.

No me doy cuenta de que estoy estirando el brazo hacia él hasta que da un paso más hacia mí y mi mano roza su hombro.

Deslizo mi mano hacia arriba y la curvo sobre su hombro, usándolo como palanca para acercarlo a mí.

Con una mano todavía aferrada a la de Wolf, me inclino hacia Sully.

Mi cara sigue encajando perfectamente en el espacio entre su cuello y su hombro.

—James —un nudo en mi respiración interrumpe su nombre, y él me rodea con ambos brazos.

Su chaleco de kevlar se presiona contra mí, su funda de hombro y el arma se clavan en mi hombro. Pero no lo suelto. No creo que lo suelte nunca.

A ninguno de ellos.

Sully se aparta y me aparta un poco de pelo de la cara.

Su mirada recorre mi rostro mientras me acuna las mejillas.

Las lágrimas asoman a mis ojos cuando por fin...

por fin... lo veo. Una pequeña grieta en su armadura me muestra al James que conocí hace años.

El James del que me enamoré... el James del que estoy bastante segura de que todavía estoy enamorada.

Apoya su frente contra la mía, su aliento mentolado roza mis labios cuando exhala.

—Princesa —su apodo para mí suena como una plegaria torturada escapando de sus labios.

No puedo detener el instinto de mi cuerpo, levanto la barbilla y mis labios rozan los suyos. Es apenas un roce, pero es suficiente.

Sully se queda helado ante el contacto, cada músculo de su cuerpo se tensa.

Su agarre en mi rostro se vuelve de piedra, pero no dejo de mirarlo a los ojos.

Deseo desesperadamente aferrarme a cualquier fragmento de mi James antes de que vuelva a convertirse en esta versión más nueva de él... la que me desprecia.

Observo cómo ocurre la transición. En dos parpadeos de sus largas pestañas de color tinta, todo rastro del chico que conocí desaparece y, en su lugar, estoy mirando el alma de uno de los miembros de la Hermandad.

Siento el calor de Rush a mi espalda dos segundos antes de oírlo.

—¿Puedes caminar sola, pajarillo? —Aunque su tono es bajo, siento la urgencia subyacente en sus palabras.

Sin decir nada, asiento y siento su mano en la parte baja de mi espalda, animándome a moverme—.

Es una caminata de media milla por el bosque.

—De acuerdo, Rush —murmuro.

—Atentos, hermanos. Todavía no tenemos una visión completa de la situación —ordena Rush mientras saca su pistola de la funda del hombro y escanea el bosque circundante.

Wolf y Sully siguen su ejemplo, sacando cada uno su arma, con los dedos esperando pacientemente. Los tres giran sus miradas a nuestro alrededor, pero yo no puedo apartar los ojos de ellos.

Mis tres caballeros blancos de brillante armadura.

No. Eso no es correcto.

Cargados con más armas de las que he visto nunca en una sola persona —por no hablar de tres—, no se conforman con vivir dentro de las restrictivas líneas que la sociedad ha trazado.

Están preparados para saltar sobre esas líneas...

por mí. No, no son mis caballeros blancos.

Son mis reyes oscuros. Dioses por derecho propio... todos ellos.

Un estremecimiento desconocido zumba en mis venas ante el pensamiento.

Una cabaña cercana chisporrotea y estalla antes de que el enorme roble que hay junto a ella se incendie.

Las hojas arden en segundos antes de que las ramas siseen y se ennegrezcan.

Un segundo después, el árbol de al lado estalla en llamas y, aunque la tristeza me invade al pensar en este hermoso bosque ardiendo, el instinto de autopreservación se activa con fuerza.

—Oh, joder —maldice Wolf—. Tenemos que movernos o vamos a quedar atrapados aquí.

¡Ahora! —Gira sobre sus talones y empieza a correr de vuelta hacia la cabaña en la que yo estaba...

la cabaña con un hombre muerto en una de las...

—Cierro ese pensamiento y me concentro en poner un pie delante del otro.

Son diez pasos hasta que salimos del claro y volvemos al pequeño jardín delantero de la cabaña en la que estaba.

Con Rush a mi espalda, Wolf a mi lado y Sully delante de mí, me siento más protegida que nunca.

Pero nada detiene el miedo escalofriante que se desliza por mi columna vertebral cuando paso corriendo por delante de la ventana de la habitación en la que estaba.

Un escalofrío me recorre el cuerpo, empezando por la cabeza y bajando hasta los pies. Aprieto la mano de Wolf por reflejo, y él se gira para mirarme por encima del hombro.

—¿Estás bien, Roja? —Wolf me dedica una sola mirada antes de volver a mirar hacia adelante. Cuando no respondo, me aprieta la mano.

Lo miro para responder, pero antes de hacerlo, tropiezo y me caigo. Antes de que pueda tocar el suelo, los brazos de Rush me rodean la cintura. Me sostiene por un segundo, con su rostro en la parte posterior de mi cabello, antes de ponerme de pie.

—Estás bien, pajarillo —susurra Rush contra mi cuello.

Asiento con la cabeza un par de veces y obligo a mis piernas a moverse y a mi mente a vaciarse de todo excepto de mover las piernas una delante de otra.

Después de la tercera vez que tropiezo, Rush gruñe y vuelve a agarrarme por la cintura para detener mi caída. En un movimiento rápido, cambia su agarre para tener un brazo bajo mis rodillas y el otro rodeando mi espalda, de modo que me lleva en brazos.

—Oh —la palabra sale como un chillido mientras la sangre me sube a la cabeza. Rodeo su cuello con los brazos y le miro a la cara, pero él mira hacia delante.

Siento cómo se le hincha el pecho al inspirar y luego brama: —Seguid moviéndoos.

Seguimos el sendero apenas perceptible hasta que llegamos a otro claro. Es un pequeño aparcamiento de grava, y veo un todoterreno negro aparcado en medio, bajo la única farola.

Solo han pasado unos minutos, pero no puedo apartar los ojos de Rush. Su perfil parece como si debiera estar tallado en unas antiguas ruinas romanas.

Su mandíbula marcada y su nariz orgullosa. Al igual que sus hermanos, tiene un bulto a lo largo del puente —probablemente de una fractura anterior— que mis dedos mueren por recorrer. Hebras de caoba captan la luz en su pelo castaño oscuro, y deseo desesperadamente sentirlo contra mis dedos.

Wolf abre la puerta trasera del pasajero y se mete dentro, y Rush me coloca en el asiento trasero abierto junto a Wolf con más cuidado del que yo habría esperado en una situación tan urgente.

Mi cuerpo se siente líquido y maleable mientras él me maniobra en el asiento trasero, y aun así, no puedo apartar la mirada.

Mientras me abrocha el cinturón de seguridad —algo a lo que normalmente protestaría si alguien lo hiciera por mí—, levanto una mano para rozar su mandíbula.

Es áspera y suave, más que una sombra de barba pero no llega a serlo del todo.

Sigo con un dedo la línea de su mandíbula, y él se queda quieto y clava su mirada en la mía.

—Es hora de irse, pajarillo —murmura.

Bajo la mano hasta el cuello de su camiseta negra, justo por encima de su chaleco, y enrollo mis dedos en la tela.

—No te vayas —le suplico. Siento que el pánico se despliega en mi vientre ante la idea de que me deje ahora.

Coloca una mano tatuada sobre la mía en su cuello, pero no la quita, solo la aprieta suavemente. —No voy a dejarte. Nunca.

La convicción de sus palabras envía ráfagas de alivio a través de mi torrente sanguíneo. Asiento varias veces, pero no estoy lista para soltarlo. No estoy segura de que vaya a estarlo nunca.

Siento una mano en mi otro brazo, y una mirada por encima del hombro me muestra a Wolf mirándome, con el ceño fruncido.

Joder.

No puedo explicarlo exactamente, excepto que siento esta necesidad de tenerlo cerca —a todos ellos—. Late incesantemente bajo mi piel.

—Ven aquí, pequeña —murmura Wolf mientras inclina la cabeza hacia su lado del coche.

Me giro para buscar los ojos de Rush, viendo la sinceridad que brilla en ellos antes de asentir una vez y desenrollar mis dedos de su camiseta.

Me tomo un momento para alisar la tela, y él retira su mano de la mía.

Rush se inclina y me roza la mejilla con los labios, y se detiene en mis labios por un momento.

Mis ojos se cierran sin pensar, y me siento balancearme hacia él.

Tan pronto como empieza, termina. Abro los ojos y parpadeo un par de veces para aclarar la vista.

Rush cierra mi puerta y rodea la parte delantera del coche para ponerse en el asiento del conductor.

Es entonces cuando me doy cuenta de que Sully está en el asiento del pasajero hablando por teléfono.

Su voz es lo suficientemente baja y yo estoy lo suficientemente distraída como para no poder distinguir ninguna palabra.

Wolf se acerca a mí y me rodea los hombros con el brazo.

—Estás bien, Roja. Te tenemos —me asegura Wolf. Su voz alivia parte del dolor en carne viva de mi alma, y mis párpados pesan.

Lucho contra el sueño que intenta apoderarse de mí, pero después de que mi cabeza se incline y mis párpados se cierren un par de veces, pierdo esa batalla.

Probablemente sea la única batalla que no me importa perder esta noche. Sé que mis reyes oscuros me protegerán.

Apoyo la cabeza en el pecho de Wolf, y él deposita unos castos besos en mi coronilla, murmurando algo demasiado bajo para que yo lo oiga.

Rodeada por ellos, me permito descansar.