Rush (La Hermandad 2) 6 Rush
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SEIS

RUSH

Con la burlona melodía de «Reach Out I’ll Be There» sonando en bucle en mi cabeza, sigo los pasos habituales de comprobar mis armas y mi chaleco de kevlar por tercera vez.

El aire está cargado de anticipación, con los sonidos del bosque como únicos compañeros.

A ochocientos metros, al otro lado de estos árboles, se encuentran diez pequeñas cabañas.

La dueña es una mujer llamada Nancy Lowell, pero hace poco las alquiló un grupo de hombres ensangrentados que llevaban exactamente a una chica inconsciente.

La mujer que los registró les dio las llaves y luego llamó a Diesel, vicepresidente de los Blue Knights.

Resulta que Nancy es la tía de Diesel. Un golpe de suerte a nuestro favor.

Nunca he estado más agradecido por tener un hermano tan sociable como el mío, que se ha pasado todos los viernes por la noche en la sede de los Blue Knights durante el último año y, como consecuencia, se ha hecho amigo de su vicepresidente.

Diesel nos hizo el favor y fue al lugar del incendio de la furgoneta.

Observé cómo nos hacía una videollamada para mostrarnos los restos.

Todavía se me revuelven las entrañas ante la imagen del armazón de la furgoneta, con el interior casi totalmente calcinado.

Se me ha quedado grabada en el cerebro y no estoy seguro de si alguna vez podré sacármela de ahí.

No dejo de imaginar a Alaina allí: su cuerpo sin vida, apenas reconocible, tendido en el suelo.

No sabemos qué pasó exactamente, pero según la suposición de Diesel, el conductor perdió el control del vehículo y se estrelló contra un poste junto a la carretera.

Me sacudo los detalles de la mente y me concentro en la tarea que tenemos entre manos.

Wolf y Sully se sitúan a mi lado mientras el resto de nuestro equipo se dispersa por el perímetro; todos estamos apostados a medio kilómetro de distancia.

Ni de broma voy a dejar que esos asquerosos malnacidos se escapen de mis manos por haberse escondido en algún lugar del bosque.

—¿Uno? —Las palabras de Wolf suenan suaves en el aire calmado de la noche. Han pasado veintitrés horas y catorce minutos desde que se la llevaron del O’Malley’s... desde que nos la quitaron a nosotros.

Tomamos la decisión de esperar como pronto hasta el anochecer para avanzar hacia las cabañas.

Durante los meses de verano, no oscurece hasta cerca de las nueve de la noche y no podemos arriesgarnos a que nos vean.

Si uno de esos capullos nos echa un vistazo mientras nos escabullimos por el bosque armados con suficientes pistolas y munición para aniquilar una ciudad, podrían entrar en pánico y hacer algo que yo no pueda arreglar.

Así que, durante las últimas tres horas, eso fue exactamente lo que hicimos. Esperamos.

Y, lenta y metódicamente, perdimos la cabeza. Wolf fue el primero en caer, luego Sully y, finalmente, yo. Sentía que me picaba la piel y la única forma de distraerme para no caer en una espiral de hipótesis era planificar.

He planeado todas las formas atroces en las que voy a torturar a quien sea que se haya llevado a mi pajarito, y voy a disfrutar de lo lindo haciéndolo.

—Sí. Invita a uno a casa por vacaciones. —Lleva a uno a la cochera. —Y que los chicos se lleven al resto a por donuts esta noche. —Y que los chicos limpien y se deshagan de los cuerpos.

Lo que empezó como una forma divertida de hablar en clave con mis hermanos cuando los amigos de mi padre estaban cerca se ha convertido en una herramienta valiosa entre nosotros tres.

Suena a disparate para cualquiera que esté a una distancia mínima, pero ambos saben que acabo de dar la orden de traer a uno a casa para sacarle información y que el resto del equipo se encargará de limpiar nuestro desastre.

Y no os equivoquéis, vamos a montar un desastre muy grande esta noche.

Pienso redecorar estas cabañas en tonos carmesí.

—¿Listos para esto? Treinta segundos para empezar.

—Sully mira su reloj. Sincronizamos nuestros relojes hace horas, durante el trayecto en coche.

En una situación como esta, la sincronización lo es todo.

Diez segundos no parecen mucho tiempo, pero es una eternidad cuando estás preparando una emboscada y un rescate.

Inhalo profundamente y saboreo la rabia en el fondo de la lengua. Es una combinación violenta la que formamos los tres. —Sí. Traigamos a nuestra chica a casa, hermanos.

—Y matemos a todo el que se interponga —dice Wolf, con una sonrisa feroz iluminando sus rasgos.

—A todos. Uno a uno —dice Sully mientras da un paso adelante.

Empieza el espectáculo.

Avanzamos por el bosque a un ritmo constante pero cauteloso. Wolf salta sobre el tronco de un árbol caído y un recuerdo me golpea la cabeza con tal rapidez que gruño por el impacto.

El sudor me corre por el cuello y un mosquito me zumba en la oreja. Mis hermanos y yo caminamos por el terreno descuidado del polígono industrial de Brooklyn.

Buzz, nuestro experto en tecnología residente, dijo que el almacén que tenemos a treinta metros tiene lo nuestro. Teniendo en cuenta que le he estado dando mil vueltas en temas informáticos los últimos meses, no confío demasiado en las habilidades de Buzz.

—Más le vale a ese cabrón tener razón sobre esto —rezongo.

—Acéptalo, hermano, Buzz encontró lo nuestro antes que tú. —Wolf me lanza una mueca condescendiente.

Le hago un gesto con el dedo corazón a Wolf. —Ni de coña...

Las primeras notas de alguna canción rasgan el aire. Wolf gira y salta sobre un tronco podrido para aterrizar justo al lado de nuestro hermano, Sully.

—¡¿Pero qué coño haces, tío?! ¡Apaga esa mierda antes de que nos maten! —sisea Wolf y mira de izquierda a derecha.

—Mierda. Lo siento. —Sully mantiene pulsado el botón de encendido.

Algo cambia en el aire y mi corazón da un vuelco. El pavor se desliza por mis venas y mis dedos empiezan a hormiguear. Dejo de caminar y Sully choca directamente conmigo soltando un gruñido.

—Algo no va bien.

Sully se frota la nariz mientras mira a la izquierda y luego a la derecha. —¿A qué te refieres?

—Me refiero a por qué hay tanto silencio. —Mi voz es tenue.

Wolf se pone al lado de Sully con un bufido. —Mira a tu alrededor, tío. Estamos merodeando por estos bosques de mierda a las ocho de un viernes.

—Exactamente. ¿Dónde coño está todo el ruido? No oigo ni a un puto grillo ni una rama moviéndose. —Miro por encima del hombro para lanzarle una mirada fulminante.

—Hala, claro, tío. Por supuesto que no queremos que nos oigan. —Wolf abre mucho los ojos—. ¿Qué te pasa?

Sully gira lentamente sobre sí mismo. —Tiene razón, Wolf. Hay demasiado silencio.

Ladeo la cabeza. —¿Oís eso?

—Qué...

—¡Chitón! —Wolf da un paso adelante y yo ladeo la cabeza.

—Es ese... zumbido... —Ladeo la cabeza hacia un lado para escuchar.

—Parece un... ¿tictac? —Wolf me interrumpe.

—¿Por qué coño...

—¡Eso es un tictac! —grita Wolf, interrumpiendo a Sully.

Mi pulso truena y mi adrenalina se dispara.

—¡Tenemos que salir pitando de aquí! —grita Wolf, agarrándonos a Sully y a mí por los hombros e instándonos a correr.

Saco mi teléfono mientras salto sobre un árbol caído y llamo a mi padre. —¡Es una puta trampa! ¡Atrás! ¡Atrás, papá!

—¿Qué? ¿Dónde estás, muchacho? —grita mi padre por el teléfono. Los latidos de mi corazón rugen en mis oídos, ahogando cualquier cosa que esté diciendo. Corto la llamada y maniobro alrededor de unos metales rotos, mirando de reojo para asegurarme de que mis hermanos siguen conmigo.

Hoy no es el día en que morimos. Y que Dios ayude a las ratas que tendieron esta trampa. Van a suplicar la muerte para cuando hayamos acabado con ellas.

Estamos a medio camino de regreso antes de que el tictac se detenga.

Y entonces el mundo tal como lo conocíamos salta por los aires.

—¿Rush? ¿Qué pasa?

Las palabras de Sully me sacan del recuerdo y me doy cuenta de que está varios pasos por delante de mí. Sacudo la cabeza para librarme de las imágenes persistentes de mis hermanos volando por los aires con un edificio en llamas como telón de fondo. —Nada.

—Pues vamos, tío. Estamos perdiendo el tiempo. —Sully me mira con una ceja levantada y el ceño fruncido.

Troto para alcanzarlo a él y a Wolf, y reanudamos el paso. Llevamos diez minutos caminando, así que deberíamos ver la cabaña más alejada de la propiedad en cualquier momento.

Una explosión estalla en el aire nocturno y todos detenemos nuestros movimientos. Se me eriza el vello de los brazos mientras examino el bosque circundante. No siento que me estén observando, y he perfeccionado mis instintos precisamente por este tipo de situaciones.

—Allí —susurra Wolf mientras señala hacia delante y a la derecha. Sigo la dirección de su dedo y veo la esquina de una cabaña de una planta con otras dos justo al lado. Sin embargo, ninguna de ellas está ardiendo.

Seguimos el liderazgo de Wolf y todos nos dirigimos hacia las cabañas.

Saco mi pistola y quito el seguro. Sin mediar palabra, los tres nos desplegamos hacia una cabaña cada uno.

Me dirijo a la cabaña que tenemos justo delante, Sully se encarga de la de la derecha y Wolf de la de la izquierda.

No veo al resto de los tíos que hemos traído con nosotros, pero no me sorprendería.

Hay una razón por la que los elegimos para esto.

Dando la espalda al exterior, avanzo poco a poco por la pared hasta llegar a la esquina de la parte delantera de la casa.

Me asomo por la esquina y veo un pequeño porche.

Tomo aire para centrarme antes de dar la vuelta a la esquina, todavía con la espalda pegada a la pared y la pistola levantada frente a mí.

Una segunda explosión tiñe el aire veraniego con un trueno y, esta vez, la veo: las llamas envuelven una de las cabañas a lo lejos. El miedo se desliza por mis venas y la urgencia me golpea las sienes.