Rush (La Hermandad 2) 5 Alaina #2
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5 Alaina #2

Reúno valor y aprovecho esta interrupción. Con su cabeza girada, levanto la mano, apretando fuerte y con los nudillos blancos, y clavo la punta del lápiz en su muslo con todas mis fuerzas.

Sean aúlla de dolor y me suelta el brazo al instante.

Dejo el lápiz en su muslo y envuelvo mis manos alrededor de la estaca improvisada y astillada.

En un solo movimiento, me levanto, giro y descargo la estaca contra el lateral de su cabeza.

Pongo hasta la última onza de fuerza que tengo en ese golpe, con la adrenalina disparada por mis venas.

—¡Qué cojones, Alaina! —Sean gruñe las palabras mientras se lleva la mano a la cara y retira los dedos ensangrentados de donde le han tocado el nacimiento del pelo.

—Oh, joder. —Las palabras salen arrancadas de mi garganta al darme cuenta de que ese golpe no ha sido suficiente para incapacitarlo.

Me mira con incredulidad y, si tuviera tiempo, analizaría la razón por la que su mirada está cargada de traición.

Antes de que tenga tiempo de hacer nada más, tomo impulso y vuelvo a golpearle la cabeza con la estaca, esta vez justo por encima de la oreja.

Ruge mientras otra explosión estalla cerca. Como todavía no se desmaya, tomo impulso y le golpeo de nuevo. Pero la agarra en el último segundo, así que apenas le roza la mejilla.

Me arrebata la estaca de las manos y doy un paso atrás, con el pecho agitado.

Sean se levanta del sofá con intenciones asesinas en los ojos. Lanza la estaca a un lado mientras avanza hacia mí. —¿Por qué me has hecho eso, Alaina? ¡Te estoy ayudando! ¿Es que no lo ves? ¡Esto es para que podamos estar juntos!

Por cada paso que doy hacia atrás, él da uno hacia mí. Lanzo una mirada a la estaca en el suelo y al lápiz clavado en su muslo. Mis músculos se tensan mientras tomo una decisión rápida. En realidad, solo tengo una opción.

Me lanzo a por la estaca y, con un grito, Sean me placa contra el suelo. Mi barbilla choca contra el piso y la boca se me llena de sangre. En el momento en que siento su peso inmovilizándome contra el suelo, pierdo el control por completo.

Soy como un animal salvaje.

Pateando, arañando, gritando... todo lo que puedo hacer, lo hago.

Ignoro mis costillas que gritan de agonía y mi cabeza que late con más fuerza con cada respiración y todas las quemaduras y moratones que decoran mi cuerpo. Lo ignoro todo excepto mi único objetivo: sobrevivir.

—Cálmate, Alaina. —La rabia tiñe las palabras de Sean, contradiciendo su petición de que me calme.

Mis yemas rozan la estaca. Y si fuera el tipo de mujer que cree en los milagros, estaría dando las gracias a quienquiera que me esté cuidando.

Por la gracia de alguna intervención divina, hago rodar la estaca hacia mí lo suficiente para agarrarla en el mismo momento en que él se echa hacia atrás. Me revuelvo e intento darme la vuelta para salir de debajo de él cuando oigo el clic característico del seguro de una pistola.

Detengo mis movimientos, asomo la cabeza lentamente por encima del hombro y me encuentro cara a cara con un arma. Se produce una tercera explosión, esta suena más cerca de nosotros, y una gota de un líquido húmedo se desliza por el lado de mi cara; no estoy segura de si es sudor o sangre.

—No quiero hacerte daño, Alaina. No entiendo por qué querrías hacérmelo tú a mí. —Sean acerca la pistola para dar unos golpecitos en el lado de su cara que he golpeado—. Ahora, no quiero dejarte inconsciente, pero tenemos que irnos. Así que me voy a levantar y tú vas a venir conmigo. ¿De acuerdo?

La seriedad de su voz me asusta más que la pistola que me apunta a la cara. Bueno, eso no es del todo cierto. Pero mirar el cañón de una pistola a treinta centímetros de mi cara es lo más cerca de un colapso mental que he estado nunca.

En ese momento ocurre algo inexplicable. Ráfagas de todos los momentos de lo que ha sido y lo que podría haber sido mi vida se superponen a la escena que tengo delante.

Todas las noches hasta tarde cantando y riendo con mis primas. Viajando por el mundo con ellas y mi tía.

Explorando lo que sé que habrían sido experiencias que me habrían cambiado la vida con Rush, Sully y Wolf.

La sonrisa amable de mi padre y la forma en que se le arrugaban los ojos en las comisuras cuando reía.

Y mi madre... Dios, la oportunidad de conectar con mi madre desfila ante mis ojos.

Pedazos de mi propia alma se fracturan y se desprenden, dejando atrás nada más que una fría determinación.

Ya no me siento yo misma.

Me siento como una versión despojada de la humanidad. La necesidad de sobrevivir me golpea con cada latido del corazón.

Mantengo el rostro cuidadosamente inexpresivo mientras asiento lentamente. Sean se pone en pie, pero no se aleja mucho mientras me apunta con el arma de forma relajada.

Usando mi agarre en la estaca, me impulso para levantarme del suelo, manteniendo la mirada baja. —¡Ay! —Las palabras suenan agudas y creíbles cuando dejo que mi brazo ceda, así que me desplomo de nuevo en el suelo.

—¿Ves? Ahora vas y te haces daño —dice Sean mientras se acerca más a mí. Deja la pistola en el suelo junto a mi cabeza y me agarra con una mano del bíceps y con la otra del hombro—. Está bien, déjame ayudarte.

Sean empieza a levantarme del suelo y, antes de subir demasiado, arrebato la pistola con una mano, me la acerco al pecho y giro el cuerpo bruscamente para enfrentarme a él. Sean me suelta y mi espalda choca contra el implacable suelo, pero no dejo que eso me detenga.

Levanto el arma y disparo.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Tardo un momento en darme cuenta de que estoy gritando, temblando y llorando.

Me vuelven a zumbar los oídos y las manos no me dejan de temblar.

Sean retrocede un paso tambaleándose, sus movimientos parecen ir a cámara lenta mientras se lleva una mano al abdomen sangrante, con la incredulidad grabada en todo su rostro.

—Lo siento —lloro—. Lo siento, lo siento, lo siento. —Usando los pies, me empujo hacia atrás mientras él da más pasos vacilantes hacia mí.

Intenta alcanzarme con la sangre goteando de sus manos, con una traición que no entiendo marcada en su rostro.

Sean cae de rodillas y el sonido restalla en el aire como un trueno.

Cae hacia delante, aterrizando a medias sobre mí y agarrándose a mis piernas como a un clavo ardiendo, aunque yo no soy su salvación.

No soy su salvavidas.

Soy su parca.

Al cabo de un momento se queda quieto, pero la sensación de la sangre de su vida empapándome las piernas es suficiente para hacerme tener arcadas.

Le empujo, pero desde este ángulo me cuesta más de unos cuantos intentos desenredar sus brazos de mis piernas y quitármelo de encima.

Para cuando termino estoy sudando y temblando, pero ya no lloro.

Sorbo por la nariz y me la limpio con el antebrazo, uno de los pocos lugares que no están ensangrentados, magullados o sucios.

Y entonces oigo pasos en el pasillo. Con una frialdad para la que estoy segura de que voy a necesitar terapia, lo bloqueo todo y levanto la pistola hacia la puerta.