Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO X REDACTANDO EL DISCURSO DEL REY
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CAPÍTULO X REDACTANDO EL DISCURSO DEL REY

CAPÍTULO X

REDACTANDO EL DISCURSO DEL REY

Matías regresa contento y satisfecho a su casa.

Durante su recorrido a bordo del metropolitano diseña las mentirijillas que le ha de endosar a Concha.

Vermut con los hinchas del Atleti en una tasca que conozca Concha.

No sea que le diga que ella también quiere visitarla.

Dado que es una gran amante del bacalao, Matías despeja la primera incógnita.

Le dirá que han acudido a Casa Labra, una tasca que Matías y Concha conocen bien.

¿ Más incógnitas? Pocas más. Si le pregunta qu é tapas ha elegido la respuesta no encerrará duda alguna: « las de siempre » .

Engullida la paella que le ha preparado Concha, porque Matías más que masticar engulle, le sigue la siesta de agosto bajo el agradable y silencioso ritmo de las aspas del ventilador tropical que no hace mucho tiempo compraron.

¿Un ventilador? Sí. El aire acondicionado irrita la garganta de Concha.

A veces, incluso sus oídos también quedan afectados.

Al caer las cinco y con una cierta ansiedad, Matías se dirige como una flecha al despacho.

Tres horas serán suficientes para iniciar el discurso real.

Luego y así que el sol pierda fuerza, darán su habitual paseo.

Objetivo: hacer bajar el azúcar y de paso Concha disfrutará viendo tiendas, aunque no compre nada.

Así es como disfruta. Mirar sin comprar.

Las cinco y diez. Matías y sin más dilación comienza la misión que le ha encargado Paco Bouza.

Varios folios en blanco que se los ha agenciado de uno de los cajones del escritorio y un bolígrafo BIC.

¡ Joder con los bolígrafos! Tienen un montón de bolis y lápices, pero no hay ni uno que vaya bien.

Por fin ha encontrado uno más o menos apañado.

Y si Concha, que es una metomentodo, le pregunta qu é hace, le contestará que está haciendo una lista de todos los miembros de la peña atlética porque esta mañana han decidido organizar, un día de esos, un almuerzo de hermandad.

Y a él le ha caído en suerte preparar el listado.

Concha aceptará la justificación, aunque nunca ha hecho buenas migas con los amigotes de sus peñas.

Como mucho le dirá que no quiera ser tan servicial.

La respuesta de Matías será inmediata: «¡ Qué menos puede hacer un jubilado por sus amigos! ».

Matías sabe lo que ha de hacer. Ha de preparar un discurso falso.

Un discurso de despedida del Rey dirigida al pueblo español ante las consecuencias de un acontecimiento desconocido.

No ha ocurrido todavía, pero, al parecer, va ocurrir.

Y no ha de pensar c ó mo piensa Felipe VI.

Ha de pensar c ó mo piensa él. El increíble, irrepetible y fantasioso Matías convertido en Felipe VI.

Lo que haría él si por desgracia se desencadena la eventualidad.

Y, desde esa premisa, debe comenzar a redactar el discurso del adiós y lo ha de tener preparado para el próximo viernes.

¿Por qué ha de redactar un discurso de tal naturaleza si Martínez Seco y Alfredo le han encargado que acumule la máxima munición posible para proteger a la Monarquía sin dejar huella escrita?

Claro que Paco Bauza ha insistido en que el susodicho discurso no es otra cosa que una ficción que será destruida de inmediato.

Un simple ensayo por si los enemigos de la Corona atacan por sorpresa.

Si lo hacen, el CNI debe tener a mano y junto a otras logísticas un discurso para darlo a conocer de inmediato a los españoles vía televisión y radio.

Felipe VI podrá elegir de entre todos los discursos que le lleguen el que mejor crea ante su inevitable destronamiento.

Como si aquel lejano 23 de febrero de 1981 pudiera volver a repetirse, pero con resultado distinto.

Suerte que, en aquella ocasión, unos cuantos vehementes disparos al techo del he miciclo del Congreso lo jodieron todo.

Armada y Milans del Bosch debieron exclamar: «¡ Imbéciles!

Habéis comprometido la suerte del golpe.

Ya nadie se creerá ni nuestras intenciones ni nuestras explicaciones » .

Eso al menos es lo que piensa nuestro comisario ejerciendo ya de agente del CNI.

Un Matías que siempre ha estado convencido de que el elefante blanco sí entró aquella noche en el Congreso y habló con Tejero.

Y buen cabreó que se llevó. «Primero te mato y luego me mato yo».

— ¿Por qué se tenía que matar Tejero? ¿Por qué?

¡Cómo iba a abandonar a su suerte a los guardias civiles bajo su mando por muy armados que fueran!

—siempre se ha preguntado Matías. Porque Tejero distinguió entre el falso elefante blanco y el auténtico que estaba desactivando el golpe ante sus propias narices.

¡Claro que los distinguió! ¿Por qué iba a tratar de tú a un teniente general?

A partir de aquel momento supo que ya solo le quedaba una rendición digna y en un lugar adecuado.

¿En qué lugar? Lo tuvo muy claro: En el acuartelamiento de San Quintín situado en El Pardo.

Matías cierra los ojos e inspira. El encabezamiento de un discurso real es fácil.

« Españoles » , pero ¿cómo seguir? ¿ Entrando directamente al trapo o dando un rodeo?

Dado que será el último discurso de la Corona, a Matías no le cabe la menor duda.

Dará un cierto rodeo que, al mismo tiempo, mantenga en vilo a todos los ciudadanos durante un más que razonable espacio de tiempo.

Tiempo medido con premeditados silencios.

Abre un paréntesis. Dentro de él coloca algunos detalles previos.

¿Qué tipo de detalles? El Rey aparecerá en la televisión vestido de paisano, con un traje azul marino y corbata color azur.

Hablará con calculada lentitud y utilizará el lenguaje más familiar posible, un lenguaje que penetre con suavidad en todos los hogares.

Nada de entrecejo fruncido que insinúe enfado.

Todo lo contrario. Naturalidad y tono de voz tranquilo.

Atención: nada de bla, bla, bla. El discurso ha de convencer a todo el mundo que le ha salido del alma y del corazón al mismo tiempo si es que ambas cosas son distintas.

Y su ritmo debe ser tan lento como fluido.

Que no se note que ha habido ensayo previo.

No. Ha de ser espontáneo, manteniendo un excelente equilibrio entre sus palabras y su mirada comprensiva ante las cámaras, o sea, ante los españoles.

Tras estas primeras y breves reflexiones, Matías cierra el paréntesis sin olvidar de que debe conjugar la moderación política con un contenido tirando a preocupante.

Se coloca las manos cogidas por detrás de la nuca y dirige su mirada hacia la ventana que da al paseo de las Delicias.

Se siente un tipo importante sin serlo. Relee lo que ha escrito entre paréntesis y lo deja tal cual.

Con cierta inquietud que a su vez le comporta algunas dosis de pereza inicial, se introduce de lleno en el discurso. Al principio el texto estará plagado de enmiendas y tachones. No importa. El borrador se convertirá al finalizarlo en un texto impecable. Mira al techo y ahí va.

Españoles:

Ante la precipitación de los acontecimientos que se han producido me dirijo a todos vosotros con el que tal vez sea mi último mensaje como Rey de España.

Desde que nací me prepararon para ser rey.

Una misión y un servicio que los acepté de muy buen grado.

A lo largo de todos estos años ha sido para mí un honor y una gran ilusión serviros y servir a España.

Sabéis que he querido ser un buen rey constitucional.

Desde el primer día que asumí la jefatura del Estado mi misión no ha sido otra que dar vida a una Monarquía constitucional, parlamentaria y democrática.

Una monarquía idéntica a cualquiera de las monarquías europeas existentes hoy en día en Europa.

Analicé y estudié a fondo el funcionamiento de las monarquías inglesa, belga, holandesa, sueca, danesa, noruega, el Gran Ducado de Luxemburgo y sin olvidar los principados de Liechtenstein y Andorra.

Matías, entre las primeras tachaduras y enmiendas que van marcando el ritmo del redactado, se toma un pequeño descanso.

Revisa una y otra vez lo que ha escrito.

Incluso duda si debe incorporar los principados de Andorra y Liechtenstein.

Tras una rápida consulta vía Wikipedia sobre las constituciones de ambos pequeños estados decide incorporarlos pese a la mala reputación que arrastran por estar catalogados como paraísos fiscales.

Al Reino Unido por su soberanía parlamentaria y el respeto al imperio de la ley lo elige el primero. Prosigue con el redactado.

Desde el más escrupuloso respeto a la Constitución de 1978 y a los tres poderes que definen nuestro sistema político, el legislativo, el ejecutivo y el judicial, me impuse la tarea de unir a todos los españoles y a todas las comunidades autónomas que configuran España y, por supuesto, someti éndome siempre a las decisiones de los diferentes gobiernos de la Nación.

Incluso las que me disgustaban o me disgustan, no os quiero mentir, pero, como Rey constitucional, sabéis muy bien que he cumplido con el máximo rigor todas las funciones que exigen mi cargo.

Ese era y sigue siendo mi deber. Nunca he conspirado contra nadie pese a que también sabéis muy bien que ha habido partidos políticos y personas que no me ha puesto las cosas nada fáciles .

Matías, que quiere escribir un discurso que no sea ni muy breve ni muy largo se decide, de momento, ampliar su introducción vinculando la función del Rey con la política exterior de España.