Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO IX EN EL CAFÉ VARELA #3
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CAPÍTULO IX EN EL CAFÉ VARELA #3

—Eso es lo que parece, aunque tú y yo somos hombres de derechas.

Y tú no sé, pero yo también soy progre. ¡Qué es eso de que solo los de izquierda son progres!

El que yo vote al Partido Popular no quiere decir nada.

Cuando estuve destinado en Zamora su alcalde era un tal Francisco Guarido.

De Izquierda Unida y no lo hacía nada mal. Siempre me entendí bien con él.

Tras un encogimiento de hombros acompañado de una pícara sonrisa, Matías recupera a Trump como tantas veces lo hace y pregunta:

—Esa ojeriza que al parecer tiene Trump respecto a nosotros, me imagino que la ha provocado además del Grupo de Puebla la posición de España en la OTAN.

—No lo dudes. Para nuestro gobierno la guerra de Irán no es la nuestra. Un no que se ha extendido por toda la Unión Europea.

—Bueno, la Giorgia Meloni también es del mismo parecer.

—La buena mujer y desde que Trump se puso con el Papa no ha tenido otra opción. Italia es Italia.

—Ese Trump es como un elefante en una cacharrería —responde Matías sonriente.

—Hasta cierto punto. En otras palabras, mucho ruido y pocas nueces. De todas formas, es un elefante que conoce de que material están hechos los secretos del Vaticano. Sabe que el Papa callará por mucho que León XIV diga que no le tiene miedo a su administración.

—Y sobre los atentados que sufre Trump, ¿qué opináis en el CNI?

—¡Si yo te contara!

— ¡Cuenta! ¡Cuenta!

—Otro día, Matías.

Y mientras un sonriente Bauza da por terminado su café y Matías hinca el diente en una de las anchoas, este último aprovecha para decir que Concha lo debe estar maldiciendo.

Ha dejado el móvil en modo avión y seguro que le debe querer preguntar si irá a almorzar y si va que le confirme a qué hora para echar el arroz, pues hoy, ahora que lo recuerda, toca paella.

—No te preocupes por Concha. Almorzarás en casa. En treinta minutos est ás allí.

—De acuerdo. ¿ Tienes alguna información importante para mí, Paco?

—Una de muy importante. Supongo que te han dicho que tu misión corre prisa.

—Eso me han dicho.

—Sospechamos que algo va a ocurrir. El próximo mes, el Rey y la Reina van a emprender un viaje de Estado…

— ¿Y? —interrumpe Matías, temeroso de que se produzca un golpe de estado civil o militar.

—Tenemos la mosca en la oreja. Presentimos que algo va a ocurrir. Prepara un falso discurso de despedida del Rey. Un discurso preocupante, pero que, al mismo tiempo, potencie la libertad individual y la moderación política.

—De acuerdo. Un discurso preocupante y moderado al mismo tiempo. Lo intentaré.

—Solo será un experimento. Redáctalo esta semana y la próxima me lo entregas por escrito en el Café Comercial, nuestra próxima parada. Te estaré esperando el día y a la hora que tú me digas. E insisto, no te retrases.

— ¿El Comercial? Un café también con solera literaria si no ando mal informado.

—Cierto. Y no solo literario. También político. Acudía el alcalde Tierno Galván.

—No me gustan los políticos y respecto a la movida madrileña siempre mantuve mis recelos. Por cierto, tengo una duda.

— ¿Qué duda, Matías?

—Alfredo me dijo que cuando lo creyera oportuno me pusiera en contacto con Jaime y que no dejara ninguna pista escrita en papel y mucho menos en un móvil .

—Lo sé. Destruiré el folio del discurso delante de ti. Solo absorberé las ideas nucleares vía ocular .

— ¿ Lo destruirás en el propio Café?

—Cuando hayamos salido y ante tu presencia.

—De acuerdo. ¿Alguna cosa más por hoy?

—Nada más. Coge el suburbano y para Delicias. El arroz pasado no vale nada y tal y como es Concha, no te perdonará tu tardanza. Otra cosa. Si trabajas con ahínco, quizá ya podríamos elegir el día y la hora en el Comercial. Incluso un día de esta misma semana.

—Me parece bien. El experimento respecto al texto de despedida del Rey lo puedo tener preparado para este viernes por la mañana. Hacia las once. ¿Qué te parece?

—Me parece bien. Una buena hora.

—Prepararé otra coartada para Concha. Eso de tener amigos peñistas es cosa buena. A las once de este viernes estaré como un clavo en el Café Comercial.

—De acuerdo. Allí te esperaré y tengo presupuesto para un brunch de categoría.

— ¿Un café anglófilo?

—Tomaremos un revuelto de champiñón portobello con queso pecorino de primero y de segundo, unos huevos benedictinos con salmón ahumado y aguacate. ¿¡Qué te parece! ?

— ¡ Vaya! ¡ Qué espl é ndido eres! Espero que ese día Concha no me haga cocido. No sabes cómo disfruto con él.

—Antes de salir el viernes dile que no tienes mucho apetito.

—Mis mentiras Concha las caza al vuelo y mucho más si se refieren a la comida. Reconozco que soy un glotón. Si hay cocido no tendré otro remedio que engullírmelo.

—De acuerdo. Si hay cocido madrileño lo engulles e invéntate otra reunión con tus amigos peñistas con almuerzo incluido. Si le haces saber que hay almuerzo solo se limitará a preguntarte qué has comido.

—Lo intentaré. Entonces hasta el viernes a las once en punto.

—Así quedamos. Y recuerda. Haz volar tu imaginación, pero dejando al Rey en buen lugar. Como un señor. Sin dejar el menor rastro de duda. Felipe VI se lo merece.

—No te preocupes. Y, además, demostraré que tiene agallas.

—Pero no te pases, Matías. Yo también conozco como las gastas.