CAPÍTULO VIII EN LA SEDE DEL MINISTERIO DE DEFENSA #7
—No está nada mal, ¡ pero qu é nada mal!
El segundo de oro se podría llevar a cabo en dicha apertura.
Nadie mejor que el poder judicial por quedarse boquiabierto, pese a que algunos magistrados, sean conservadores, sean progresistas, no entenderán la cuña.
Y, a través de ese no entender, por ahí empezará la ofensiva del Rey.
Una ofensiva constitucional, respetuosa con el Parlamento, el Gobierno y el Poder Judicial y, además, con un añadido positivo.
Le servir á para consolidar de una vez por todas la división de poderes.
Toda una excelente oportunidad para mejorar el equilibrio constitucional.
Alfredo interviene para hacerle saber que en la inauguración del Año Judicial el Rey se limita a inaugurarlo, en otras palabras, no hay discurso. Como mucho, rostro serio y entrecejo sombrío.
— ¡ Vaya por Dios! Entonces seguid buscando.
Martínez Seco chasquea el pulgar contra el dedo corazón y le dice que quizá ya ha encontrado el momento ideal.
— ¿ Cuál? —pregunta Matías.
—En la toma de posesión de los nuevos jueces. Ahí sí que el Rey hace su discurso y razonablemente largo.
—Perfecto. La primera cuña, como os digo, se limitará a no más de diez palabras colocadas cuando inicie su discurso —responde Matías con una mirada radiante y prosigue.
—El desconcierto de los presentes en el acto será digno de verlo y comentarlo.
Miradas de sorpresa al vecino de la butaca de la derecha, al de la izquierda; comisuras de los labios caídas, cejas subidas, ojos abiertos como platos…
Y ante cualquier pregunta privada al término del acto la respuesta del Rey será el silencio.
Un silencio sin ambigüedad alguna. Un silencio absoluto con el apoyo de una mirada ausente, pero sin mostrar enfado o disgusto alguno.
— ¿ Cómo se consigue un silencio absoluto y se mantiene esa mirada ausente sin mostrar enfado o disgusto alguno? —pregunta Alfredo.
—Ensayando, ensayando, amigo mío. Si la vida ya es de por sí un gran teatro, no veas lo que es un discurso con segundas intenciones, pero, al mismo tiempo, vacío de intenciones. Ya me entendéis. Un disparo de salvas que ha de dejar estupefactos a los oyentes.
— ¿Y podemos saber cuáles serán esas diez palabras al inicio del discurso? —pregunta Martínez Seco.
Matías, mientras las cuenta con los dedos de su mano derecha, se limita a contestar en primera instancia que serán muy ambiguas.
— ¿Có mo de ambiguas? —preguntan.
— ¿ Cómo os lo diría yo? Lo más cercano a la nada.
Y a lo hecho, pecho. En fin, el Rey no deberá responder.
Como muy bien sabéis domina a la perfección el gesto del entrecejo fruncido.
Pues en este caso, ni siquiera el entrecejo fruncido.
Al fin y al cabo, mi primera cuña solo será el preludio de su estrategia constitucional. Siempre constitucional, que conste.
—Pero ¿ nos puedes hacer saber de una vez por todas el contenido de esa primera cuña?
—Muy fácil. Cuando inicie su discurso ante los nuevos jueces se ha de limitar a decir textualmente: « En este año político que se presenta tan difícil para la Corona es para mí un honor dirigirme a todos vosotros… y bla, bla, bla ».
— ¿ Y por qué ha de ser un año político tan difícil para la Corona? —pregunta Martínez Seco.
—Esta misma pregunta se la harán todos los presentes. Nadie, absolutamente nadie, encontrará la respuesta precisa porque el Rey continuará con su discurso como si tal cosa.
—No nos meterás en ningún lío, ¿verdad, Matías?
Ya sabes que el Rey no puede dirigirse a nadie sin el consentimiento del Gobierno y sin haberlo consultado con el personal de la Zarzuela o incluso con Letizia o con la princesa Leonor que ya ha alcanzado la mayoría de edad —le recuerda Alfredo sin mostrar sonrisa alguna.
—Estad tranquilos. Conmigo el CNI ha hecho un gran fichaje.
Tengo por costumbre comenzar por la parte más negativa posible y desde ella voy poniendo las piezas hasta que construyo o deconstruyo el rompecabezas sin que falle ninguna pieza.
Ese ha sido siempre mi método. Mientras fui policía, todos los casos los resolvía siguiendo esa pauta.
A veces alguno no me acababa de salir del todo bien, lo reconozco, y si encima, no había pedido el permiso correspondiente, imaginaros los que sucedía.
— ¿ Qué sucedía, Matías? —pregunta Alfredo.
— ¿No lo sabéis? S iempre tenía un superior encima de mí y no veas si había un muerto de por medio, uno de esos que no lo puedes resucitar por más que le soples en la boca o le golpees sobre el corazón hasta romperle el esternón. Claro que…
— ¿ Claro qué? —pregunta de nuevo Alfredo.
—En algunas ocasiones eso de resucitarlos me lo habría pensado mucho.
—Porque tú fuiste su ejecutor, ¿no es así?
—No necesariamente. Los hay que son malos de verdad. Si los resucitas vuelven a matar. ¿Crees que es ético devolverlos a la vida sabiendo que matarán a más gente? ¿Acaso no hay que pensar en las futuras víctimas? Muerto el perro se acabó la rabia, dice nuestro refranero.
— ¡Vaya con Matías y sus refranes! —interviene Alfredo dirigiendo su mirada a Martínez Seco.
—Algo de eso nos insinuó el difunto Laínez —dice Martínez Seco.
— ¿ Qué os insinuó?
—Tu negro sentido del humor al tiempo que te agarras como una lapa al refranero castellano.
—No me puedo creer que fuera él quien os habló de mí cuando liquidé a la Paula Andrea. ¡Qué callado se lo llevaba el muy jodido! Debí habérmelo imaginado con tantas conversaciones políticas que mantuvimos. Por cierto, ¿qué os ha parecido mi primera cuña?